Historia de amor

Estaba enamorado de la luna. Álvaro pasaba noches enteras observando al astro. Lo deslumbraba como podía algo tan pequeño iluminar la inmensidad de la noche con tanta potencia. Amaba su resplandor, amaba los colores con los que cubría las cosas al anochecer, desde su telescopio se conocía de memoria cada kilómetro de su extensión.

Estudiaba física, pero en todos sus ratos libre absorbía todo el conocimiento que podía sobre la luna. Tenía cientos de escritos, videos sobre la llegada a ella, fotos e historias. La había hecho su compañera, su amante y su guía en esta vida.

Esperaba con ansias la noche para poder quedarse hasta altas horas de la madrugada contemplando a tan magnífico satélite natural. Su devoción era pasional y no existía nadie que no supiese de ella, sus amantes, su familia, sus amigos. Todos conocían su amor por la luna. Incluso una de sus escasas amantes había llegado hasta sentir celos de tan austera y lejana mujer. Celos de su devoción.

Siempre soñó con ser astronauta, para poder llegar algún día allí, aunque con el correr de los años y usando la razón, se dio cuenta que desde el fin del mundo, al sur, e nuestra tercermundista Argentina, era muy difícil conseguir estas cosas tan “del norte”.

Conocía de fechas, de sucesos, obviamente el calendario lunar, conocía de días especiales, de cuando la luna llena estaba más llena y cuando más vacía, conocía todo con la exactitud de un loco obsesivo. Aunque su obsesión lo hacía feliz.

Su departamento en el centro de la ciudad le venía muy cómodo, la terraza era su guarida, y en las noches de verano, en vacaciones, no perdía un instante por conocer lugares nuevos… la luna en verano es cuando mejor se aprecia, pensaba. Así transcurrían sus veranos, y todas sus temporadas, cualquier época era hermosa para deleitarse con su compañera nocturna.

Aquella noche, como de costumbre, terminó sus estudios con prisa para poder salir a tomar fresco y observar como estaba el cielo. Era una noche especial, hoy había luna llena, cuando más redonda e iluminada estaba. Preparo su telescopio, fiel amigo de observaciones, sus apuntes, su té de tilo y subió a la terraza. La noche estaba completamente despejada… y oscura.

Buscó por todas partes, hacia todos los puntos y nada… no había nada, solo la oscuridad sofocante de una noche sin luna. Corrió en busca de su calendario lunar y sorpresivamente ratificó que debía haber luna llena, volvió a la terraza y buscó desesperado… quizás habían nubes que no alcanzaba a ver. Siguió intentado varias horas y averiguando por Internet sobre el clima… no había nada anormal. Llamó a Ignacio, su amigo, a altas horas de la madrugada para preguntarle por el extraño suceso. Entre gruñidos y balbuceos Ignacio calmó a Álvaro y le dijo que quizás era todo una confusión de fechas, que al otro día lo estudiarían en la facultad. Ignacio era el único que aún le tenía paciencia.

Álvaro trató de quedarse despierto, esperando que la luna aparezca hasta tarde. Cansado de esperar se fue a dormir intranquilo, algo estaba pasando… algo raro pasaba. Le costó mucho dormir, la ansiedad y los nervios le carcomían la cabeza, hasta que por fin el sueño llegó.

Sumergido en confusos sueños, de túneles oscuros y paredes invisibles despertó de golpe. Estaba solo…

Su cama había desaparecido, con todo su cuarto, su casa y su barrio. Estaba en un campo desierto, acostado sobre polvo fino y blanquecino. Miró a su alrededor y vio montañas y algo parecido a un cañón. El cielo estaba oscuro, pero una luz tenue iluminaba todo de color blanco. Se puso de pié y a su lado estaba su telescopio, desconcertado camino hacia un alto que había cerca. Desde allí no pudo ver más que kilómetros y kilómetros de desierto, montañas e irregularidades geográficas. Pronto se dio cuenta donde estaba… estaba en la luna.

Confundido entre lo real y lo onírico corrió como un loco saltando de alegría, rogando que aquello no fuese un sueño, solo él y su telescopio estaban en aquel hermoso lugar. Caminó fascinado varios kilómetros, buscando relacionar algún punto con los que su memoria recordaba… ¡estaba allí! ¡En el lugar de sus sueños, en el lugar que tanto imaginó! Esto era demasiado para él, era demasiado irreal, pero había decidido disfrutar su estadía mientras durase su locura.

Trató de no dormir, de caminar todo lo que pudiese, temía que al dormir volvería a levantarse en la Tierra para nunca más regresar allí. Los fenómenos físicos no le impedían ni caminar ni respirar con normalidad. Caminó, observó, palpó y absorbió cada instante que pudo, hasta que el cansancio lo venció y tuvo que parar a dormir. Bajo una roca que hacía reparo, se acostó.

Al despertar estaba allí, en el mismo lugar. Feliz siguió con su caminata turística, no podía creer ser tan afortunado, esto era un milagro en el que él estaba incluido… ¡tanto pedir y soñar estar aquí y por fin estaba!

Pasaron los días y Álvaro continuaba en la luna. Una tarde, se sentó en lo alto de una colina y sintió la soledad en la que estaba sumido. Tomó su telescopio y miró hacia la Tierra. ¡Desde allí era tan distinto aquel lugar! Observó los mares azules, las selvas frondosas de Centroamérica, las nieves eternas de la cordillera de Los Andes. Observó los polos, con su blanco manchando los extremos del planeta. Observó hermosos lagos y ríos que jamás imaginó que fuesen tan extensos. Recorrió con su mirada las planicies, las estepas, las grandes plantaciones, las ciudades como hormigas, dispersas las unas de las otras. Volvió a mirar a su alrededor y solo vio soledad y silencio… por un instante sintió que su vida era eso mismo.

Con el miedo y la bronca del que ha deseado tanto algo que no era como lo esperaba, volvió a mirar hacia la Tierra. Pensó en la cantidad de lugares que le faltaron conocer, la cantidad de momentos que perdió ilusionado y enamorado de tan absurda y solitaria mujer, pensó en todo lo que había dejado por ella, por estar a su lado, por tenerla, por hacerse dueño de sus tierras, de sus montañas. Pensó en todo lo que habría dado por estar aquí, lo que había descuidado, lo que había abandonado… y ahora que estaba y que veía la realidad, solo se lamentaba de haber sido el único en jugarse y resignar tanto, en desear tanto. Tan altiva y brillante, a tantos hombres había iluminado, había hecho soñar, a tantos extraños dejó perplejos, y ahora que la conocía profundamente, solo tristeza y dolor le había comenzado a generar.

Él… que dejó de lado toda la gente que lo quería por un lugar como este, por un lugar tan vacío. Él que tanto buscó estar aquí, ahora estaba… y ahora se daba cuenta de lo poco que había valido la pena perder tanto tiempo e invertir tanta vida en un lugar frío, cortante y solitario, en una luna que solo vive para ella misma, egoísta, que solo ilumina porque su suelos son brillantes, pero su interior es seco y si vida, ni siquiera agua hay en su superficie, ni vestigios de vida. Está sola y sola se merece estar. Maldijo a la luna, maldijo su suerte y maldijo el día que se enamoro de algo tan abstracto.

Sentado, solo y abandonado, con toda la gente que lo apreciaba tan lejos de él, con tanto que le quedó conocer, vivir, disfrutar, en compañía de alguien tan miserable y egoísta, sin más que la nada entre sus dedos, Álvaro lloró.