¿A qué Dios le gusta el choripan?

Todo empezó cuando José nos invito a su casa de fin de semana para comer un asado y jugar un partido de fútbol. Tincho, uno de nuestros amigos, estaba ahí. Él es vegetariano desde hace dos años y, como todo buen talibán de las verduras, siempre busca el momento oportuno para argumentar en contra de la carne.

Mientras todos esperábamos a que José traiga la comida a la mesa, Tincho, que estaba sentado frente a su pequeño plato de ensalada, hizo un comentarios de los suyos cuando vio que José traía una bandeja de choripanes.

– ¡Ay! pero los chorizos y las morcillas dan cáncer- Dijo Tincho

– No rompas las pelotas, Tincho- contestó José, mientras ponía la bandeja en la mesa- acá el único peligro es que te robes unas de las plantas de mi jardín para tener sexo con ella.

Tincho se refería a un publicación de la Organización Mundial de la Salud, que sacó un comunicado enunciando que las morcillas y los choripanes (entre otros alimentos) aumentan las posibilidades de contraer cáncer. La noticia se publicó el año pasado y fue un furor en los medios del mundo.

A mí no me importó en su momento la publicación, lo tomé como quién lee un hecho curioso en el diario. Por eso mismo no pude creer cuando dos de mis amigos, ahí presente en la juntada, decidieron no aceptar el choripan. Me puse a pensar en cuantas cosas dejamos de hacer solamente por querer alargar nuestra existencia. Y que solamente en occidente –o lo que nosotros concebimos como occidente en el imaginario colectivo— se es tan temeroso de la muerte.

Es casi histórico: la muerte siempre ocupó un rol protagónico en occidente más que en el resto del mudo, pero no fue hasta el siglo pasado cuándo se trasformó en una obsesión difícil de comparar con otras civilizaciones. Es muy parecido a la locura que se vivió en la época del imperio bizantino, poco antes de cambiar formalmente de religión al Islam, donde intelectuales de distintas índoles debatían sobre si los ángeles tenían sexo entre ellos o si mantenían una rigurosa castidad para honrar a su padre. Discutimos, nosotros también, sobre un problema que no debería ser llamado así: el problema de la muerte.

Todos tenemos un sentido de conservación por el simple hecho de ser humanos, está impreso en nuestra biología y no es superado salvo casos excepcionales. Nos sentimos obligados por nuestra genética a resguardarnos de todo mal físico o psicológico para prevenir una futura extinción de la especie. Pero lo que es un proceso natural, como es la muerte, nosotros, los “occidentales”, lo hemos transformado en el problema central de nuestra existencia.

Otras culturas aceptan la idea de morir y lo canalizan de diferentes formas. Algunos lo celebran o lo respetan, cada una hace su propia interpretación de la finitud de la vida, pero todos tienen el determinador común de aceptar la muerte como algo orgánico e inviolable. Nosotros, por el contrario, lo consideramos una tragedia en sí mismo. Tenemos la curiosa manía de desaprobarlo, como si estuviera ligado a una consideración moral, además de rechazarla, de igual manera que los niño se resisten a creer que el domingo le precede al lunes.

Hace tres años Google fundó una empresa con el explicito fin de “encontrar una cura a la muerte”, que no es un disparate viniendo de una empresa tan seria como Google, y que podría llevarse a cabo en un futuro no muy lejano, dejando a la ciencia ficción el molesto trabajo de resultar demasiado realista para ser cierto. Pero tan ambicioso emprendimiento no hace más que sacar a relucir cómo el miedo a la muerte nos hace realizar actos sin analizar sus consecuencias. Porque si se llevara a cabo este plan, el planeta no podría soportar el flujo constante de los recién nacidos sin fallecimientos suficientes para menguar la enorme cantidad de personas que habrían para alimentar; se estaría dando vida eterna a unos algunos pocos pero a condición de trasformar al mundo en un lugar insoportable.

Otros de los problemas de la inmortalidad seria perder el sentido de la vida. Borges ya retrató este tema en el cuento El Inmortal, de su libro el Aleph, donde un general, herido en el motín de sus propios soldados, busca un rio sagrado para obtener la inmortalidad y así escapar de una muerte asegurada. Al final termina por encontrar el rio y adquiere la inmortalidad, pero a cambio de eso pierde por completo toda clase de sentimientos humanos, tanto el amor como el miedo, y pasa a sentir tanto como una roca seca en el desierto. El cuento sigue y el protagonista termina haciendo una reflexión sobre el concepto de la mortalidad. Descubre que es la finitud de nuestros actos lo que da la tensión a nuestras decisiones, que cada momento es especial porque es único e irrepetible. Pues, si vos supieras que vas a vivir para siempre, no te importaría cortar con tu novia o perder tu trabajo porque, si fueras inmortal, tarde o temprano siempre volverías con la misma persona y ejercerías la misma profesión, y terminarías por no valorar nada.

El cuento es una alegoría un poco sofisticada sobre la inmortalidad y el paso del tiempo, pero el ejemplo se puede dar en un aspecto más terrenal.

Hace unos años se hizo el primer y último test de felicidad en el mundo. India, uno de los países  donde la mayoría de su población ni siquiera ha soñado con tener un plato de comida todos los días en su mesa, resultó ser el país con más habitantes felices en el mundo. Mientras España, país con uno de los estados de bienestar más sólidos en la unión europea, quedó último.

Muchos sociólogos, economistas y antropólogos salieron a explicar el por qué de ésta situación.  Algunos quedaron angustiados al admitir que un desarrollo económico no es directamente proporcional a la felicidad de su población, y por lo tanto habría que replantearse un nuevo horizonte para la tan perfecta sociedad europea. Aun hoy se escriben ensayos muy rebuscados para explicar un hecho ordinario como este. Pero creo yo que la respuesta es más simple de lo que parece.

Hablar de la idiosincrasia hindú es hablar del hinduismo, que es la religión mayoritaria de la India y que ha pasado a formar parte de la mentalidad del país desde tiempo inmemoriales. Uno de sus dioses más conocidos de dicha religión, Shiva, el Dios de la muerte, representa uno de los más importantes, el cual es adorado por millones de personas.

A los occidentales nos parece curioso que una religión sacralice una figura como Shiva, generalmente nuestras deidades tienen más relación con el amor y la compasión y estamos acostumbrados a tener Dioses menos conflictivos. Pero la idea de Shiva, por lo menos en su lado simbólico, no es mala; es lo que ha ayudado a los hinduistas a ser más felices que otras culturas.

Shiva, como representación de la muerte, también es un símbolo de lo efímero de la vida en todos sus aspectos; celebrar su existencia es tomar conciencia que todo lo que nace tuvo que haber muerto con anterioridad. Por eso los hindúes son felices. Tienden otra concepción de la finitud y, por consiguiente, tienen una relación más sana con la muerte y con la vida: pueden apreciar mejor cada momento, cada circunstancia, sin entristecerse cuando termina un ciclo.

Porque es feliz solo aquel que sabe que todo es efímero, único e irrepetible; aquel que admite que hasta la tristeza es dichosa cuando entendemos que es nuestra tristeza, y que el peor de los mundos hubiera sido no haber sentido nada. Por todo esto, te aseguro, Shiva hubiera aceptado el choripan de José.