El replicador que nunca fui

volcanes-tierra-primitivaPijoan cuenta en su Historia del Mundo que un meteorito como tantos otros cayó sobre una tierra en ebullición, atravesando densas nubes negras de gases tóxicos y, sumergiéndose en un océano hirviendo, se depositó en el fondo oceánico junto a volcanes submarinos en erupción. Y cuenta que en ese meteoro, y tal vez en otros más o tal vez no, vino la primera molécula de ADN, y que así comenzó la vida.

Claro, esto deja tras un velo infranqueable cómo corno se creó ese complejo ser molecular antes de llegar hasta acá. Entonces, desde 1930 ó 1950 que Pijoan reprodujo aquella teoría hasta hoy las cosas se completaron un poco más, con la teoría de una molécula que ante el fuego de los volcanes, los rayos de aquellas cruentas tormentas y la radiación ultravioleta, 4.000 millones de años atrás derivó en el primer replicador, esto es, una molécula que podía hacer una copia de sí mismo. Después habría habido varios replicadores y algunos fallaron y se extinguieron por no poder continuar replicándose con éxito, y otros mutaron a un organismo más complejo que compitieron por la nutrición de los más primitivos y vencieron. En algún momento esos replicadores alcanzaron el podio y fueron ADN.

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Estructura molecular del replicador

Cualquiera que sea la manera, todos nosotros podemos imaginar a estos organismos primitivos como nada, como tierra, como organismos insensibles que sólo se nutrían y se reproducían. Sin embargo dentro de millones de años el hombre puede evolucionar de tal manera que modifique la resolución de sus necesidades de manera intelectual y transforme lo que nosotros llamamos “vivir” en algo que sucede estimulando directamente las sustancias del cerebro que nos producen placer y satisfacción sin tener que pasar por el proceso de prueba y error, como hacer la comida y que se queme y tener que cocinar de nuevo, o tratar de levantarse a una mina y fallar y probar con otra, etc. Estos seres con un desarrollo intelectual inimaginable para nosotros podrían referirse a nuestra generación como nosotros lo hacemos con aquellas moléculas primitivas.

Es difícil imaginarlo, pero si aquellas moléculas competían por los nutrientes, y algunas ganaron y otras perdieron y murieron, es probable que aquel mundo haya sido… emocionante. Es seguro que no tenían gobierno pero, ¿habría un patriarcado/matriarcado asexuado que se imponía por sobre su progenie replicadora, la cual respondía a la voluntad de su caudillo? ¿Y si ese fue el resultado del éxito de unos contra el fracaso y extinción de otros, y no su mejoría en la modificación genética? Es imposible saberlo. Imaginemos que aquellos suprahumanos de millones de años en el futuro piensen esto mismo de nosotros.

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Jorge Luis Borges

Este punto de vista es semejante al hombre que sueña, de Borges, que también es soñado por otro. La diferencia es que el sueño es algo irreal, y esto de lo que hablo es real, pasó y nosotros formamos parte de la cadena. Hoy somos la cúspide, pero en millones de años seremos petróleo. Estos replicadores en algún momento fueron actuales, y fueron lo último, la revolución. Una molécula como cualquier otra que no necesita de otros compuestos, ni del calor ni del agua para formar otro compuesto, sino que ella misma se replica muchas veces hasta que muere. Sus réplicas hacen lo mismo. Podemos imaginar lo que habrán sentido, si es que pueden hacerlo, las moléculas de azufre o de carbono o cualquier otra. Habrían podido crear ellas mismas la famosísima frase que Escila le dedicó a Mesalina: “esta infeliz tiene las entrañas de acero”.

Precisamente su capacidad de comer la hizo evolucionar, lo mismo que al Homo habilis y Homo rudolfensis comer carne les desarrolló el cerebro. Mientras las otras moléculas “copulaban” química, electrolítica y mecánicamente con otros minerales y fenómenos, los replicadores, nuestros antecesores, comían. Ellos mismos producían la supuesta cópula de elementos en su interior y el producto, en lugar de ser algo diferente, era una copia igualita a ellos mismos y que hacía lo mismo, nutrirse para formar dentro de sí mismos una copia igual a ella misma. En aquel tiempo la posta no era interactuar con otros, sino comer. Aquel comportamiento del replicador aún se ve en algunas personas en nuestros días.

Si estos organismos se divertían es imposible saberlo. Pero no podemos decir que no, porque si el replicador desarrolló este comportamiento reproductor tan apreciado en nuestro tiempo, y lo hizo siendo una molécula primitiva, algo interesante habrá encontrado en esta actividad para hacerla el eje definitorio de su vida. ¿Cuántas botineras hoy viven de la misma manera que esta antigua estructura molecular?

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Polvo de estrellas. Las hermanas Willis.

“Somos polvo de estrellas” dijo Carl Sagan, “de estrellas hechas polvo”, omitió agregar. Pero con eso evidenció que todo lo que hay en el universo, es producto de la composición de la materia estelar. No hay nada externo al cosmos que se haya agregado a la materia cósmica que flotaba por el espacio mientras el mundo se creaba. Somos eso, somos esas rocas, esos bólidos, esos meteoros que impactaron, se fusionaron, cayeron y mutaron, y volvieron a mutarse ya mutados cuando el mundo reaccionaba química, mecánica y electromagnéticamente. Nada de lo que hay en el espacio desapareció ni nada nuevo se incorporó al universo desde que lo que sea que haya pasado pasó. Por eso es complicado decir que el replicador un día comenzó a vivir. ¿Quién puede afirmar que una piedra de Apatito, un escombro pequeño de Malaquita no siente nada? Nosotros al ver que no tiene organismo, que no produce ni hace nada, entonces entendemos que no tiene vida, no siente. Pero en aquel primer apocalipsis donde el replicador comenzó a alimentarse… ¿sentía o no sentía? Un minuto antes de comenzar a alimentarse, ¿era un organismo o era un mineral? ¿Qué los diferenciaba a uno del otro? ¿Puede ser que la vida sea una idea sólo del vestusto replicador?

¿Es posible que la vida sea una combinación de procesos como los que relata Mary Shelley que hicieron con Frankenstein, o todo tiene vida pero los otros minerales precisan de procesos químicos con otros productos naturales para reproducirse en la forma de otros materiales diferentes? Si bien no lo sabemos, no tiene propósito averiguarlo tampoco, salvo para apretar los párpados de sólo imaginar lo que sentirán las piedritas de yeso cuando vuelan una cantera. Mala suerte, lo único que faltan hoy en día son Miganos, los veganos minerales, y no pretendo eso. Incluso, soy entusiasta partidario de seguir haciendo crecer el cerebro con el mismo método que usaron los Homo habilis y Homo rudolfensis pero con una parrilla y un cabernet sauvignon sacrílegamente helado.

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El joven Frankenstein

El otro punto sería imaginarnos dos fetos dentro de las panzas de sus madres. Imaginemos estos seres en el tiempo de gestación que les parezca. Ellos oyen a la madre, al padre, oyen voces y cosas de afuera. Oyen música. Pero es improbable que entiendan todo esto. Ellos deben vivir la voz de la madre como propia, y deben desarrollar un pensamiento rudimentario basado en las sensaciones que no alcanzan para ser sentimientos, porque todo lo traducen según lo que sienta la madre. Y oirán más a menudo o no la voz del padre, de la abuela o de quién sea, que ellos la incorporarán a la madre, y si esa voz produce miedo, la tomarán, no sé, como una patología, una enfermedad. Y la música será algo así como una epifanía. Es imposible que ellos, los bebitos, crean que un día van a salir de adentro de ninguna parte y que van a tener millones de experiencias absolutamente diferentes a las que están teniendo, que van a dejar de comer por el ombligo o que se van a especializar en algún oficio o profesión de lo cual hasta ese momento ignoran hasta por concepto. De hecho, el parto a los bebes les produce miedo, es traumático. Debe ser que viven la experiencia de la muerte, motivo por el que ya la traemos incorporada en la memoria y de esa manera imaginamos la que nos espera. Pero hasta ahora no hubo un gemelo que le diga al otro feto: “Detrás de esta membrana, de este cielo donde cada día se ilumina y se apaga el día, afuera de este acuoso planeta de sonidos y sensaciones poderosas, de bioclimas y cuidados, hay un mundo impresionante, donde los bebes no flotan, sino que caminan, y pueden ir a muchas partes, de hecho, si tratasen de recorrer toda la panza que hay del otro lado morirían de tan grande que es. Y no tienen mangueras conectadas a nada, y se nutren de cosas que ellos consiguen, y ellos mismos producen sonidos, y ellos mismos se provocan las sensaciones que quieren…”, como nosotros que tenemos la fe para el momento de nuestra muerte.

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Los primeros hombres que inventaron el asado para desarrollar el cerebro. Ojo, recién empezaban…

A este marco ahora hay que sumergirlo en la física quántica, donde un eje cartesiano marca un punto pero estando contenido por otro eje cartesiano que lo define en un sitio. Un ejemplo claro para entender esto es que si yo voy en un tren y tiro una piedra dentro del vagón, la piedra cae en línea recta, pero si la tiro por la ventana hace una parábola. Exactamente el concepto borgiano del hombre que sueña y es soñado por otro al mismo tiempo donde los sueños tienen (en teoría) una casi plena independencia salvo su sustento de vida de la mente de su soñador. Esta idea supone múltiples dimensiones paralelas donde el tiempo se comporta de maneras diferentes. Si el tiempo se puede manipular en un agujero de gusano en el espacio, entonces el tiempo no es un concepto sino un elemento concreto modificable. El tiempo pasa perforando las ideas y modificando planetas, galaxias y cuerpos humanos. Pero a través de los agujeros de gusano el tiempo se comporta de otra manera. Esto podría explicar que el primitivo replicador haya sido un organismo que evolucionó diferente a los demás en otra dimensión, en otro eje cartesiano, atravesando montado en un asteroide, un agujero de gusano.

Ahora, si desde el principio de los tiempos comer y reproducirnos es el secreto de la primacía de los humanos sobre la creación, si la carne nos desarrolló el cerebro, y si el tiempo se puede manejar… la única explicación para que este sábado a la noche no esté comiendo un asado con minas, amigos y un buen vino que nos traspole a otra dimensión, es porque pertenezco a la rama de algún replicador de mierda que hizo todo para el orto desde el principio de la historia de la humanidad. O tal vez yo sea descendiente de una Malaquita escupida de un volcán y electrificada a puro rayo, sedimentada por la abulia del soplar de un viento eterno que vio extinguirse miles de especies incipientes que también vio aparecer, en una cordillera hoy vuelta cerrito, extraída con dinamita, purificada con arsénico contaminante y mutada en un replicador político, un opinador de actualidad, un crítico literario con entrañas de piedra, con un temple granítico, con un humor sulfuroso, un moái sin elegancia, torcido, pómez, que extinguiéndose una y otra vez en la cadena de la subsistencia, persiste petrificado en un pupitre municipal que nadie advierte que, este mismo sábado, no fue a ningún asado con minas, amigos y un buen cabernet sauvignon sacrílegamente helado que lo traspole a cualquier otra dimensión.

La historia de la evolución la escriben los que ganan.

 

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