¿Quién nos impide legalizar las drogas?

 

Cuando hablamos de temas tan discutidos como es el caso de las drogas solemos caer en lugares comunes para intentar convencer a los demás de nuestra posición. Sea en un bar o en una juntada con nuestros amigos, solamente nos limitamos a discutir con argumentos acartonados. Y es que hemos escuchado tantas veces los mismos discursos de ambos bandos que no nos detenemos a pensar sobre lo que estamos diciendo, sea a favor o en contra del asunto; simplemente tiramos ideas muertas en el debate como si fueran naipes en un juego de póquer, esperando ganar la partida sin ni siquiera ver la mano del oponente. Por eso, antes que nada, quiero aclarar cuál es la discusión básica acerca de la prohibición o la legalización de cualquier tema en particular, por lo menos para darle sentido a las dos posturas y mostrar que ambas posiciones tienen sus fundamentos.

Cada vez que debatimos sobre legalizar cualquier cosa, sea cual sea el tema a tratar, siempre estamos discutiendo sobre la tensión que hay entre la libertad y el orden público, aunque nunca se diga de forma explícita. El orden público es el más denigrados de los dos conceptos, quizás porque se considera una palabra propia conservadurismo, pero, aun así, lo necesitamos para vivir en sociedad. Sin él, el chofer del colectivo podría cambiar de recorrido cuando se le antojara o el juez podría faltar a la corte para ver el final de temporada de Walking Dead. Gracias a él tenemos estabilidad en la sociedad. Pero, del otro lado, está la libertad, su principal enemiga, que es el único motivo por lo cual vale la pena estar vivo.

Lo interesante es que ambos valores se contraponen entre sí y ambos nos son necesarios; son como dos hermanos siameses odiándose mutuamente entre sí, pero obligados a vivir juntos en una misma casa. Y esa casa, siguiendo con la metáfora, es lo que nosotros llamamos país.

Los detractores de la legalización asumen como un hecho indiscutible que legitimar su uso por parte del estado puede corroer el tejido social: dependencia psicofísica, marginalidad, delincuencia, exclusión de la vida social. Pero, creo yo, el principal problema para legalizar las drogas, mucho más problemático que los sectores más conservadores de la sociedad, somos nosotros, los que queremos legalizarlo.

Desde hace algún tiempo intentamos convencer a los demás de formas equivocadas. Los liberales solamente nos hemos resignado a escupir frases de filósofos ingleses pre-revolución francesa y a ejemplificar con la Ley Seca de los Estados Unidos sobre los peligros de la prohibición de cualquier índole, mientras hablamos desde el cómodo sillón de la clase media y media alta.

Creo que necesitamos un poco más de sensibilidad social y entender que no es lo mismo avalar el consumo en sectores más acomodados que en los más vulnerables, porque la gente de bajos recursos no suele considerar a las drogas como un divertimento ocasional, sino que, al igual que cualquier vicio, lo vuelven una parte sustancial de su vida y les hace muy difícil disociarlo de un mero pasatiempo. Y, sobre todo, estaría bueno que nos dejemos de mentirnos sobre que la marihuana no hace daño, cuando todos sabemos que todas las drogas –desde la marihuana hasta la merca—queman el cerebro hasta dejarnos hechos unos bobos.

Para cambiar la mentalidad de toda una sociedad, tendríamos que cambiar primero nosotros mismos.