El coqueteo, la risa, la fascinación y la muerte

9003egipto-esencial_3Ella recordaba que Roma era un caos, que gobernaba uno, y otro, y otro… Que Pompeyo, que Craso… Pero Roma era Roma, y ella había estado esquivando la invasión de manera admirable. Sí, admirable. Sin embargo la aparición de Cayo Julio César fue otra cosa. Jamás haía tenido la oportunidad de ver un hombre así, de esa talla.

Para ella Julio César era un hombre, pero además él mismo era un imperio. Era un general que se marchaba a la Galia y hacía de aquel berenjenal un territorio poderoso, y después de diez años de hacer crecer y dominar a aquel pueblo, a sus cincuenta años, vuelve a Roma… y todos escapan. Julio César nunca es viejo. Nunca era viejo…, nunca “fue” viejo, pensó mientras se acariciaba el pelo con su mirada vacía apuntando a cualquier parte. Y ahora, ahora que ella había llegado hasta él, que lo había sorprendido tan gratamente colándose en sus aposentos enrrollada en una alfombra… ¡Cómo se rió de aquella ocurrencia…! Llegar a Egipto y que la faraona aparezca sensualmente vestida enrrollada en una alfombra que le acercaran dos súbditos sin ninguna jerarquía…

A Julio César le hacía falta una mujer que lo hiciera reír un poco, pensó. Y sonrió. Siempre supo que tenía un talento especial para presentir a los hombres. Y un coraje particular para animársele a cualquiera de ellos que le pudiera servir para algo. Cayo Julio César no reaccionó como cualquier otro degenerado lo hubiera hecho, pensó. Era un señor; su oratoria abrumaba, sus conocimientos, sus experiencias, sus viajes… Pero no pudo reprimir su cara de desconcierto cuando se desenrrolló la alfombra y apareció la faraona, él estaba sin su uniforme, apenas vestido.

Y rió, rió como cuando lo tenía enfrente, con su armadura, sus pómulos de piedra, sus marcas en el cuerpo, las líneas en relieve que le trazaban la piel por todas partes, espadas que lamieron la sangre de este gobernante imparable. Y rió igual, insolente, irrespetuosa, como una niña. Como una faraona caprichosa conquistada que le pide de regalo su propio imperio, y él…

— ¡Señora!

…y él se lo da.

La puerta de la habitación se abre y la luz de la tarde penetra como un rayo de fuego quemando la humedad oscura de aquella estancia.

Ella giró la cabeza, pero todavía tenía la mente llena del aplomo de aquel gobernante regio, soberbio, que pudo contra los galos, contra Pompeyo, contra todos excepto contra su encanto, contra su genética femenina. Contra ella no pudo.

–Señora –dijo ya más bajo un hombre de pie sobre el umbral de aquella puerta–, debemos partir. Ahora mismo.

Pero ella tampoco pudo contra él, y ahora que su gigante yacía acuchillado entre las piernas de sus traidores, de aquellos que temían el poder de una faraona tan hermosa, tan irresistible… se dio cuenta de que gobernar ya no era tan fascinante. Se dio cuenta de que su vida acababa de morir con su guerrero romano, y que ahora la que debía escapar de Roma cuanto antes era la faraona de Egipto, no Cleopatra. La faraona de Egipto con el heredero de ese regista que no alcanzó a dar su discurso, que murió desangrado antes de decir qué es lo que quería para Roma. Parecían condenados como dos navegantes solares internados en la Duat, la larga noche de la muerte, a enfrentarse a una Apofis eterna, una serpiente infernal donde ya todos saben que gana la batalla, pero nunca llega, nunca aparece en aquel transcurrir oscuro de la barca hacia el occidente, al tiempo que ellos continúan ahí, en la proa de una barca que no va a llegar, en la barca eterna del naufragio futuro y de la tragedia por venir, perpetuados por una historia irrepetible.

–Señora…
–Sí, búsquen a Cesarión. Nos vamos.

Y los súbditos acompañaron a la faraona y a su hijo, el último faraón que tuvo Egipto, cruza de un césar y una larga dinastía, hasta el carruaje, y escaparon al anochecer.