Una civilización fascinante

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…y el cielo se pintó de plata apenas se posó sobre las aguas del lago, y me dijo que siempre quiso que le regalasen una cadenita de plata. Y yo miré el lago y sí, se había pintado todo de plata. “Cuando el cielo se vuelve plata, significa que una viuda cobra una herencia”, me dijo. La miré, sé que ella pensaba que masticaba su reciente augurio áspero de cualquier poesía, pero es que era una extraña, no la conocía sino de hacía unas horas atrás, y la miraba tratando de entender si de verdad ella creía que yo pensaba en eso de la viuda. Y le agarré la mano que tenía apoyada sobre la piedra, la agarré mal, la apreté con el puño sin que ella pudiera moverla ya que tenía el cuerpo apoyado sobre esa mano, y la besé. Sus labios eran tan suaves como lejanos nuestros mundos. Sentía los mimos de sus labios moviéndose entre los míos, y levantó su mano, y se movió, y la abracé. La abracé raro, porque estabamos lejos. Lejos en las mentes. Yo supe enseguida que ella estaba en otra parte. Pero la abracé, y cuando me abrazó la sentí transportada, la sentí en un lugar donde ella estaba bien, contenta, en un sitio donde había cosas que la estimulaban, que le daban contención. Y se excitaba. Se excitaba allá, en aquel mundo, sólo que yo, el receptor de aquella frecuencia emocional, percibía el deleite de su mente entregándose a cualquier morbo, o a un amor imposible, o sumergiéndose en un desprecio humillante que yo, tal vez, le estimularía. Nuestras manos impúdicas nos violaron los secretos, lo guardado, aquello que tanto ansiábamos que otras manos nos descubran y nos manoseen sin ningún respeto, páramos afectivos resecos al solazo del abandono. Bajo nuestras ropas la piel se abria a tajos ardientes de deseo. Y los labios siguieron sobando nuestras bocas. Pero de pronto se terminó. No sé si fui yo o fue ella, pero alguien retiró sus manos primero y el otro después, y los labios se despegaron, y yo giré mi cara pero me incandilé con un fogonazo de plata que me disparaban las aguas tibias, y volví mi cara a ella, que otra vez se apoyaba en su mano, un poco más distante, pero ofreciéndome su misma desnudez envuelta en toda aquella ropa. Los dos estábamos para sedarnos, para darnos aquello que habíamos llegado buscando. Yo, yo había sacado las manos primero. La miré; sus ojos comunes, su nariz común, sus labios comunes, su pelo cualquiera cayendo en tirabuzón sobre sus pómulos como guirnaldas de una fiesta que ya pasó, como se mira un salón a la mañana siguiente. Me miró y vio que la estaba mirando, y me excité. Supe que íbamos a bajar a la orilla cubierta de arbustos y que nos desnudaríamos. Eso lo supe, lo demás ya era menos importante, ambos nos entregaríamos hasta el exceso, estaba claro, o no, porque no era para nada importante. La ansiedad era en quedarnos desnudos a la vista del otro y ya no sentirnos más perdidos, como ruinas de una civilización fascinante que nunca nadie encuentra. Lo supe apenas me miró. Y también supe enseguida que no sería yo quién le compre aquella cadenita de plata.