Convertirse en un comunicador social sin querer serlo

Hay una anécdota muy particular, de la cuál tengo la certeza que es casi mitológica, pero se ha hecho popular en el mundillo filosófico de café urbano. La misma habla sobre unas declaraciones que en algún momento supo emitir, aparentemente, el inmenso Clint Eastwood. Estas decían algo así… “Si hay una marcha en contra del racismo o la homofóbia, voy a ser el primero en estar entre esas filas, con pancartas, con mi puño en alto y acompañando a la gente, lo que no quiere decir que en mi mesa quiera compartir el pan con un negro o un gay”. Creo que es una analogía maravillosa respecto al pensamiento propio y al pensamiento social, a la postura “puertas adentro” y a la postura al mundo.

Es verdad que está bárbaro esa actitud de la gente que “siempre dice lo que piensa”, que le importa muy poco la ética, la moral y las buenas costumbres y vomita lo primero que se le cruza por la cabeza a los cuatro vientos, incluso personalmente debo reconocer que muchas veces que caído en ese defecto verborrágico. Pero no deja de ser un defecto, ¿por qué?, pues porque uno es esclavo de sus palabras, y aunque se las lleva el viento, lo que dejan en nuestro entorno es imborrable.

Cuesta muchísimo entender el papel de “comunicador social” que tiene inconscientemente cada uno, el rol de tener que ser cautelosos en nuestros dichos ya que repercuten en nuestro ámbito. Sobre todo en este mundo globalizado e hiper conectado donde nos enteramos de todo al instante.

Podemos procesar una postura, madurarla, fundarla y estar convencidos de ella, pero jamás seremos dueños de la verdad, jamás nuestra idea será la correcta o la verdadera, porque para mi vecino lo correcto o verdadero puede ser otra cosa totalmente distinta.

Entonces, con temas tan delicados e inflamables como la sexualidad, la religión o la política, hay que tener la capacidad intelectual para jugar con una ambigüedad de pensamientos. Sobre todo si somos personas con llegada a mucha gente, a muchos ámbitos o espacios. Hay que tener un pensamiento propio, personal, sincero y profundo, que, puertas adentro, puedo mantenerlo y propagarlo entre mis íntimos como una idea personal e incluso sin sostén o fundamento. Pensar libremente es un derecho que hay que defender a rajatabla, de las diferencias de pensamientos surgen los más sublimes proyectos. Pero tengo que tener la suficiente inteligencia y empatía para ponerme en el lugar del otro y pensar como sociedad, como masa, como multitud, al momento de hacer públicas mis posturas. Entonces, utilizando el (teóricamente) dicho de Clint, yo podría pensar en mi seno familiar cualquier barbaridad, pero debo entender que mi pensamiento esta errado, que si bien no puedo ir en contra de mis principios, puede que mis principios sean aberrantes, anacrónicos y desagradables, entonces debo hacerme cargo de mis ideas y entender que mi postura es extremista e ignorante, porque mi mensaje al mundo debe ser conciliador y equitativo, que busque el progreso de la sociedad y el equilibro, la justicia y la igualdad. Esa capacidad de poder defender nuestras ideas, pero entender que al mundo debo propagar principios justos, es una de las más difíciles virtudes de adquirir.

Personalmente tengo una permanente lucha diaria con este tema, creo que solo los errores enseñan, que solo los defectos nos hacen pensar y que gracias a esos errores, podemos darnos cuenta qué esta bien y que esta mal. Es difícil asumir el rol de comunicador social, pero lamentablemente es algo que uno no elige, que la vida, el trabajo, la sociedad, el entorno o el ámbito lo empujan y ponen en ese lugar. Y es ahí donde uno tiene que adquirir los sublimes dondes de la tolerancia, el respeto y la mesura. Finalmente los dejo con una cita de Mandela, como para que quede claro que nunca hay que dejar de pulir esta piedra bruta que somos:

“Nadie es tan bueno como lo mejor que hizo, ni tan malo como su peor acción”