El amor en una noche de estrellas

La vida de Tiziano estaba sumida en la rutina de los hombres comunes, de la gente corriente, del humano promedio. Sus días pasaban uno a uno, sin poder detener el tiempo, sin poder frenar el paso de las horas, el envejecimiento y el óxido. Pequeñas alegrías iluminaban sus momentos, nada fuera de lo común. Las obligaciones de la vida lo mantenían alerta, pendiente, despierto y atareado, pero sentía que sus años poco a poco se iba yendo y no encontraba forma de frenar esta sensación, como la mano apretada que pretende mantener la arena del mar. Estaba solo en un mar de gente, no encontraba reparo en nadie, asilo en ningún cuerpo. Sus gritos se perdían en el eco de las multitudes, de cientos de personas que no decían nada.

Había un solo lugar y momento donde se desconectaba de todo para conectarse con él. Donde todo lo exterior se apagaba para encender su interior, donde el mundo paraba y su corazón arrancaba a latir con otro ritmo, con otro sentimiento.

Camino a su hogar se desviaba un par de kilómetros, entrando por calles citadinas que poco a poco se iban apagando, que poco a poco se iban convirtiendo en campo, que poco a poco se iban sumiendo en un manto rural. Manejaba tranquilo pero impaciente de poder llegar. Las luces de la ciudad iban quedando atrás, bajaba los vidrios de su auto y sentía cómo el fresco de la montaña lo invadía, cómo el olor a tierra mojada perfumaba su vida, como el silencio de la noche se volvía un ruido perfecto. Entonces estacionaba en el mismo lugar, se bajaba y caminaba algunos metros, por un sendero que conocía de memoria, que jamás había visto de día.

Se detenía en un punto exacto, se recostaba en la tierra boca arriba y extendía sus brazos y piernas. Con sus manos tocaba el suelo, la tierra, las piedras. Un cielo infinito, plagado de estrellas, brillante, eterno y fabuloso adornaba sus ojos. El cantar de grillos y chicharras hacían de banda sonora de la perfección de ese momento. Cerraba los ojos, respiraba profundo y de pronto los abría, para enfrentarse a la inmensidad de la noche, millones de luces lo observaban, infinitos kilómetros de vida. Pensaba en que ese mismo cielo había sido admirado por toda la humanidad y sin dudas también era admirado por otros seres. Intentaba buscar constelaciones, formas, dibujos, pero muy en el fondo sabía que encontraba algo mucho mejor… respuestas. Volvía a cerrar sus ojos intentando desviar lo inevitable… y aparecía ella.

Laura era su amor imposible. Infinitamente bella, hermosa muñeca con pulseras, eufórica y apasionada. Todos los días él la miraba sin que ella lo supiese, preciosa bailarina de la vida, danzando a siete metros de la realidad, flotando entre las sillas, la gente, los escenarios y la vida de los tipos corrientes. Laura brillaba con luz propia, única, perfecta, mágica y audaz. Su pelo era la noche, su cintura cósmica, sus ojos la perdición. Era un puñado de sentimientos en vida, un manojo de emociones, un despiadado ejercito de salvaje romanticismo. Ella estaba en su mundo, jamás supo de Tiziano. Él la miraba a escondidas, tímido y avergonzado como un niño. La observaba desde su oscura soledad, desde lo incógnito, como tantos otros. Casi todos los días la veía, sin que ella lo supiese, la espiaba a lo lejos, la miraba crecer, entrar, salir, vivir… Años sin animarse a nada, sin intentar, sin probar su suerte.

En aquel cielo, en aquellas noches, bajo aquellas estrellas, cuando lograba desconectarse, cuando por fin cuerpo y alma se alineaban con el atlas de las nubes, con la eternidad, con el infinito, era cuando aparecía ella. El huía ahí de todo… y en cada huida estaba Laura.

Vinieron semanas pesadas de arduo trabajo. Las horas extras más llevarse trabajo a casa imposibilitaban la tregua que Tiziano solía tomarse. A la rutina se le había sumado la presión laboral, por lo que esos días pasaban lentos y agobiantes, sin descanso. La soledad y el silencio de su hogar era utilizado únicamente para dormir un par de horas, cayendo rendido a su cama.

Una tarde por fin colapsó. Ya estaba a punto de terminar cuando se dio cuenta que un día más así le iba a hacer mal, así que ordenó todo para tomarse un par de horas y poder escapar a su lugar en el mundo. La emoción de saber que podría escapar lo mantuvo activo y feliz durante toda la tarde, acelerando el trabajo. Por fin salió y huyó despavorido hacia la montaña.

Condujo a mayor velocidad de la usual, ansioso por llegar. Se detuvo en el lugar de siempre y caminó a paso apresurado, con el cansancio como mochila del alma. Se sentó en el piso, como cada vez que iniciaba su ritual. Cerró los ojos, respiró hondo y pensó en que todo se pare, en que todo se detenga, en que el mundo deje de girar. Lentamente se fue recostando, extendió sus piernas y sus brazos, el perfume del campo lo invadió, los sonidos de la noche llegaron dulces, con sus dedos fue recorriendo el suelo, las piedritas, la arenilla… entonces palpó algo distinto… algo suave, delgado, tibio, deditos, anillos, piel, pulseras. Lentamente giró a observar…. Entonces todo se detuvo, como un reloj ancestral que de pronto deja de hacer “tic tac”, como el instante cuando se corta la luz y pareciese que el ambiente se desinfla y apaga, descansa y respira, como una foto que retrata un instante eterno, como el mundo de un niño que suspira para no ser escuchado mientras juega a las escondidas, como cuando el animal encuentra a su presa, como el silencio del tiempo entre el relámpago y el estruendo. Su corazón también se detuvo… ahí estaba Laura, agarrando su mano y disfrutando la misma noche estrellada que él.