¿Cómo tendríamos que reaccionar si ganara Macri?

Una francesa, que había venido de viaje ocasional a la Argentina, me dijo luego de haber agarrado confianza: “En realidad, Eric, uno viaja por el mundo con la excusa de encontrar monumentos históricos y paisajes soñados. Pero eso no es verdad, nadie se va de su casa para ver edificios viejos o paisajes exóticos. Lo verdaderamente importa está en poder contrastar la vida de una sociedad con la nuestra, tanto así que ni siquiera parecemos de la misma especie; inclusive, como ellos son felices con cosas que a nosotros nos parecen tristes.”

No sé si mi amiga tenía razón, pero por lo menos puso en relieve las enormes diferencias culturales entre una sociedad y otra, y cómo tendemos a normalizar nuestras costumbres como si fueran conductas fácticas del ser humano.

A cualquier persona, sea cual sea su lugar de nacimiento, le cuesta mucho aceptar las costumbres de sociedades ajenas. En la mayoría de los países árabes, por dar un ejemplo, se estudia como los “occidentales” tratamos a las mujeres como si fueran objetos sexuales, al incentivarlas a usar faldas o escotes. En muchos de esos países no se cuestión si ellos son los que cosificada a las mujeres al hacerlas vestir con burkas. Para ellos, nosotros somos los animales, al igual que ellos son para nosotros.

La idiosincrasia de los países más orientales, es quizás más curiosa. Ellos ni siquiera estudian la segunda guerra mundial porque no lo consideran un hecho fundamental en el siglo veinte, y mucho menos en la historia mundial. Lo que para un alemán o un inglés es el acontecimiento capital de los últimos doscientos años de historia, para ellos no significa siquiera un capítulo en un bolillero. Para los asiáticos, el personaje principal del siglo veinte fue Mao Zedong, el hombre que le dio forma al último siglo, el fundador de la época moderna.

Mao Zedong fue el primer dictador comunista de china. Llegó al poder por medio de un golpe de estado, para luego e instaurar una dictadura de izquierda. Fue el responsable de inaugurar un sistema económico sin propiedad privada, restringir los derechos de los ciudadanos y ejercer el poder con un despotismo criminal, trasformado al gobierno chino en una máquina de picar carne.

Desde sus primeros años como dictador de la china comunista, Mao solo tuvo un hombre de confianza entre sus filas: Xiaoping.

Xiaoping obtuvo el beneplácito de Mao hasta que osó a cuestionarles el rumbo que estaba tomando el país, haciéndole notar la profunda crisis económica y social que ocasionaban sus decisiones.

Mao, como no podía ser de otra forma, abrazó a su amigo y le dijo que iba a pensar en sus palabras. Xiaoping, feliz por la respuesta recibida, agradeció a su compañero y regresó a su casa aliviado, pues tenía miedo que su amigo se enojara con él y le hiciera bajar de rango en la cúpula militar. No se esperó que un oficial del ejército lo estuviera esperando en la puerta de su residencia.

-Señor- le dijo el soldado- tengo una buena y una mala noticia para usted.

-Hable- respondió Xiaoping, mientras pensaba que su amigo había entrado en un estado de delirio tan grande que era capaz de transformarlo en soldado raso solo por el comentario realizado.

– Su hijo acaba de morir- dijo el soldado con la frialdad propia de un militar.

-Oh-

– Y esa es la buena noticia. La mala es que usted y su esposa van a venir conmigo.

Y sí, Mao ordenó matar al hijo de Xiaoping tirándolo por la ventana de la facultad, mientras que a su compañero, que siempre había estado a su lado, terminó confinado en un pueblo del interior de china, obligado a trabajar en tareas inhumanas junto con su esposa.

Con la misma venencia con que Mao trato a su amigo fue cómo gobernó china hasta el día de su muerte. Pudo gobernar con la tranquilidad del déspota, pero al ser tan megalomaníaco en su forma de dirigir, nunca planeó una sucesión en la conducción del país cuando él no estuviese, ocasionando una guerra civil al término de su muerte.

Solo ahí, cuando Mao estuvo muerto y el país había quedado sumergido en una anarquía total, Xiaoping volvió a entrar en escena. Uno de los bandos combatientes lo fue a buscar, sabiendo que era uno de los pocos estandartes morales que aun quedaba en china por aquellos años, pidiéndole ayuda para acabar con la guerra civil. Xiaoping aceptó gustoso y, luego de varias idas y venidas, terminó por volver al gobierno y agarrar la conducción de la nación, transformándose en el nuevo gobernador de la china comunista.

Pero Xiaoping, una vez en el poder, supo que el problema no se había acabado: ahora se enfrentaba a una sociedad que adoraba a Mao como si hubiera sido la reencarnación de dios en la tierra y que solo ocasionaría más muerte si intentaba esclarecer todas las atrocidades que había realizado. De este modo, Xiaoping empezó a hacer monumentos de Mao en todo lo ancho y largo del país, sabiendo de antemano que aquellas estatuas eran para consagrar a la persona que había matado a su hijo y lo había confinado a años de torturas y vejaciones.

Bueno, salvando las grandes y enormes diferencias entre la china comunistas y la época contemporánea, esta historia tiene el mismo escenario en la argentina actual, por lo menos en su forma conceptual.

Todos sabemos que si gana Scioli todo va a seguir igual de mal; él representa la misma ideología que nos dividió en estos doce años. Pero, si gana Macri, intentemos olvidar nuestras diferencias y no pasar facturas a aquellas personas que creyeron legítimamente en este modelo de gobierno. Te aseguro que ellos, los peronistas, creyeron por pura convicción (por lo menos en la mayoría de los casos, obvio).

Si gana Macri, intentemos volver a unirnos como país que somos y entendamos que siempre tuvo que haber sido así, que solo los malos nos quieren dividir y que un gran país se construye entre todos. Sea bueno o malo, por lo menos intentemos que el futuro nos encuentre todos juntos.