La estación de servicio

nochePuse cuarta y le volví a mirar las piernas. Realmente no podía creer haberme levantado a una mina tan linda así, tan de golpe, tan rápido. Las luces del auto iluminaban la ruta, la noche estaba tibia, perfecta.
— Yo a vos te conozco —dijo ella.
El comentario no era estúpido. Recién había parado a cargar nafta y la encontré en el bar con un bidón esperando a alguien que vaya para el sur que era donde había quedado el auto y el novio. Pero eran varios kilómetros y de noche no podía hacerlos sola así que esperaba su fortuna mientras se calentaba la garganta con un café.
— ¿De dónde me conocés?
El diálogo tampoco era tan inocente como parece. Yo pasé por la mesa, me preguntó si iba para el sur, me senté, nos pusimos a conversar, y enseguida una mano cruzó por delante, agarramos una botella de agua a la vez, otro roce, y me cambié de silla a una al lado suyo. Y ella sonrió.
— Vos jugás al fútbol los jueves en las canchitas de El Cano.
La puse de cara contra la pared atrás de los baños, que hay como unos arbustos, y le di hasta cansarme. En esa estación de servicio, si no es en temporada, nunca hay nadie. El aire estaba cálido, y los aromas hicieron que aquella aventura supiera deliciosa.
— Sí, juego los jueves. ¿Cómo sabés?
Después le dije que fuéramos al auto así le llevábamos la nafta al novio, pero ella no apuró el paso, sino que me agarró del brazo y se colgó cansada y sonriente, y yo me puse remolón, y la abracé también.
— Porque te he visto.
Y volvimos a hacer el amor en el auto.
— ¿Y qué hacías en las canchas?
Y arrancamos, ella, el bidón y yo, a internarnos en esa noche tibia y cerrada.
— Te miraba.
— ¿Cómo…? ¿A mí?
— Sí, Matías.
— ¿Cómo sabés mi nombre?
— Porque cada jueves iba hasta las canchas y te miraba.
— Pero… Pero ¿de dónde me conocés?
— De una vez que estuve en esas canchas con mi novio que jugaba un partido y vos te acercaste a hablarme. Mi novio siempre fue muy celoso y vino apenas terminó el partido, y vos te fuiste. Y desde ahí que iba cada jueves a verte.
— ¡Pero me hubieras avisado! ¡La próxima vez avísame! Te das cuenta… ¡Lo que me estuve perdiendo!
Ella sonrió.
Se hizo un silencio breve.
— Y qué casualidad que nos encontráramos en la estación de…
En el momento en que empecé a decir eso algo no me pareció creíble.
— En la estación de servicio —completó ella—, sí.
Ahora el silencio era como el de antes, pero ya no había nada de excitación en el ambiente. Una sensación de angustia, de amargura empezó a ganar entre los dos.
— No puedo creer que tuvimos sexo, que entraste adentro mío.
Yo no estaba cómodo, me faltaba el aire pero no me animaba a abrir la ventana. De alguna manera ya entendía todo lo que estaba pasando, pero no podía asimilarlo.
—¿ Hace cuánto que te espera tu novio en el auto?
— Uh, hace mucho.
Su sonrisa que antes parecía serena, ahora parecía perversa.
— ¿Sabés? Yo tengo que volver con mi novio, pero ahora que entraste adentro mío te llevo encima para siempre.
— ¿Sí? —pregunté ahora con notorio miedo.
— Sí. Y vamos a volver a vernos, Matías. Y vas a volver a entrar en mí.

Anduvimos un rato en silencio, iluminados por las lucesitas de la consola y el reflejo de los focos del auto sobre el pavimento.
— Después de la curva, Matías.
Dando la curva me pareció ver algo así como el auto; un parabrisas, o las ruedas, no sé, no quise ver. Fui frenando despacio hasta que detuve el auto.
— Gracias —me dijo; después miró por su ventana con sigilo y se volvió otra vez a mí, y tomándome de la mano, me besó suavemente la mejilla.
Abrió la puerta y, con algo de trabajo, tironeó del bidón de nafta. Dio un paso y comprendí que iba a dejar la puerta abierta, y sentí terror.
— ¡Gooordo! —gritó suave y tediosamente ella.
— ¡La puerta! —grité, y en el mismo momento me arrepentí; me dio terror de que se diera vuelta, de que aquella cara ya no fuese la misma, no la quería ni ver, y además la penumbra le iba ganando al reflejo de las luces a medida que ella se internaba en la banquina.
Me desabroché el cinturón, estiré mi mano hacia la puerta y sentí un frío correrme por el cuerpo. Ella se seguía internando en la banquina oscura y volvía a llamar a su novio. Totalmente recostado en el asiento del acompañante alcancé la puerta, y de un tirón, la cerré. Mientras me incorporaba sentí mucho miedo de ver algo nuevo frente al parabrisas, o en la ventana de mi puerta. No sabía si le temía a algo paranormal o a dos psicópatas, o a una trastornada. Estaba aterrado.

Finalmente miré hacia adelante y no había nada. Puse primera, segunda, tercera y recién ahí volví a respirar. Cuarta, quinta, y el auto ya iba ligero. Todavía se sentía el olor del bidón de nafta. No podía pensar en otra cosa, los árboles pasaban pintados de luz y se deshacían negros en la penumbra de los costados del parabrisas.

A medida que el tiempo pasaba me fui relajando. Vi otra estación de servicio pero seguí. Necesitaba hablar con alguien, pero preferí seguir para llegar cuanto antes. A los veinte kilómetros de aquella otra estación de servicio el auto empezó a tironear. En el mismo instante recordé que con el encuentro de la chica en el bar olvidé cargar nafta, y para eso había parado. Ahora acababa de pasar una segunda estación de servicio… El auto volvió a tironear una, dos veces, comenzó a bajar la velocidad indiferente a mi pie en el acelerador, y cuando ya estaba yendo a veinte kilómetros por hora, me volqué hacia la banquina y frené. El auto tosió, y se apagó el motor.

No tenía por qué tener miedo, había dejado a aquella mujer a, al menos, ¡ochenta kilómetros! Bajé del auto. La noche estaba tibia, no soplaba el viento, y los aromas de las plantas lo endulzaban todo. Cerré el auto. No se veía nada, ni siquiera el resplandor lejano de aquella estación de servicio que acababa de pasar hacía un rato. La espalda se me puso de piedra, sentí un escalofrío correrme por todo el cuerpo y, tanteando con el pie el borde del asfalto, empecé a caminar hacia atrás, desandando el camino que estaba haciendo.