Poder decir adiós… ¿es crecer?

Mis abuelos son de Lavalle, nacieron y vivieron toda la vida allá, hasta que por problemas de salud decidieron venirse a vivir a la ciudad. Además la cercanía con nosotros, sus nietos y sus hijos, les permite vernos con más frecuencia. Alquilan un departamento en el centro, pero nunca vendieron su casa en Lavalle. Esa casa en la que pasé toda mi infancia. Recuerdo que mi vida de chico consistía en padecer nueve meses de clases para que lleguen las vacaciones e irme a quedar a lo de mis abuelos. La vida para mí era eso que pasaba entre diciembre y febrero en Lavalle.

Ahí pasé los mejores días de mi infancia, era toda una aventura que mis viejos me dejaran quedarme. No solamente mis abuelos me consentían en todos los gustos, como tortillas de papas, helado todas las noches y tele hasta tarde, sino que vivía todo el día en la calle, abusando de la tranquilidad del pueblo. Ahí aprendía a andar en bici, a construir una pista de carreras, a andar sin “rueditas”, a caerme y lastimarme las rodillas, para levantarme y volver a andar. Ahí aprendí a armar una pileta con mi abuelo, como un ritual veraniego que hacíamos todos los años con mis primos. Ahí aprendí a pedalear varios kilómetros hasta la finca, a andar en calles de tierra, de barro, de arena y piedra. Ahí aprendí a jugar en los jardines fantásticos de mi abuela, a observar bichos, a disfrutar entre risas los “retos” de la dulce voz de la vieja cuando le rompíamos una maceta. Ahí aprendí a reírme de mí y de la gente con mis primos más grandes, cuando nos burlábamos de los personajes de la plaza y de nosotros mismos. Ahí aprendí a jugar en manada, a cuidar a mis hermanos, a armar equipos, a trabajar en grupo. Ahí descubrí mi fascinación por lo misterioso, cuando nos quedábamos hasta tarde contándonos historias de terror e íbamos a una casa abandonada llena de murciélagos a masoquearnos de miedo. Ahí descubrí que me encanta buscar, revisar, preguntar, cuando le dábamos vuelta los placares de mis abuelos atestados de recuerdos. Ahí descubrí mi pasión por la historia y la política, cuando me pasaba horas escuchando a mi abuelo hablar de la Marina, de la segunda guerra mundial, de los presidentes y de la historia de Lavalle, una especie de Macondo mendocino. Ahí comí las mejores tortitas del mundo y las pastas más maravillosas que unos brazos pueden amasar, los de mi abuela. Ahí tuve mis mejores amaneceres, en aquella pieza amarilla, que el primer sol bañaba de luz. Ahí descubrí mi melomanía, cuando me pasaba horas escuchando los casets de mis primos más grandes. Ahí aprendí a divertirme con cosas simples de la vida, me dí cuenta que no necesitaba más que una manguera, sol, pasto, agua y familia para ser feliz. Ahí me enamoré por primera vez, como siempre, de mujeres imposibles, así que ahí también por primera vez sufrí por amor, sentí vergüenza por primera vez, rencor, pasión y toda la mixtura del enamorado no correspondido. Ahí me fui haciendo grande, en todo sentido. Ahí me emborraché por primera vez y dí mi primer beso, ahí planté con mi abuela una planta que hoy es un árbol. Ahí fui parte de lo que soy ahora.

Este fin de semana pasado busqué a mis abuelos por el centro y nos fuimos a comer un asado a Lavalle, a la casa de ellos. Cuando llegue vi en el portón un cartel de “Se Vende”. Se me hizo un nudo en la garganta, un nudo atroz, casi palpable, pero ahí me hice fuerte y descubrí que cuando hay otros que la están pasando peor, las tristezas propias hay que tragárselas… y mis abuelos no la están pasando bien. Traté de convencerme con la idea de que una casa sin habitantes se va deteriorando sola, ahí me di cuenta que es verdad. La casita se esta viniendo abajo por no vivir nadie. Pensé en la idea de que si la venden se podrían comprar una casa grande en la ciudad y dejar de pagar alquiler.

Cuando salí al patio se me vino todo a la cabeza, mientras hacía el fuego en aquella churrasquera que tanta carne ha visto asar caminé por esos veredines en los que tanto jugué, debo reconocer que varias veces tuve que mirar hacia arriba para no romper en lágrimas. Entonces escuché el llanto de mi hija bebé rompiendo el silencio dominguero… ahí en esa casa, esa que tantos llantos de bebés cobijó y cuando fui a ver qué pasaba la vi en los brazos de mi abuela, tranquila nuevamente, como en casa. Ahí me di cuenta que “poder decir adiós es crecer”, pero también ahí me di cuenta que no quiero crecer… porque duele.