El Mandato

Waitress carrying dirty plates in restaurant, rear viewCaminaban por la plaza, todavía no hacía calor, pero ya era entrada la primavera. Él no lo notaba, pero ella lo miraba cada tanto.
— No vas a hablar, ¿no?
Él la miró, la miró con una cara mansa, con la guardia baja. La miró con esa cara de no encontrar las palabras, la terrorífica cara de no encontrar las palabras…
— Bueno —siguió ella, arrepentida de intentar que hable y que se le ocurra sacar todo lo que su cara ya estaba diciendo a los gritos—, no importa.

Y caminaron un poco más, pero él la tomó del brazo y le señaló un bando donde se sentaron. Ella refregó las manos entre sus rodillas, pero no hacía frío tampoco.
— Marina, no sé cómo decir esto.
— Mirá, decilo, porque lo tenés pintado en tu cara.
— ¿Qué tengo pintado?
— Que ya no me querés más.
Marina lo dijo rápido y fuerte, para que él lo niegue y se saque de encima esa frase aunque sea con excusas, pero él miró para adelante, a otro lado, y no dijo nada.
— ¿Es eso? —preguntó Marina con la voz temblorosa.
— Sí.
Ella se levantó y empezó a caminar rápido hacia cualquier parte, en cambio él se levantó despacio y la siguió detrás. Marina volvió.
— Pero… Pero ¿qué pasó?
— Marina, hay cosas… Hay cosas que no se explican, que no… no tienen explicación.
— Sí, Alberto, pero vos sos profesor de filosofía, escritor, catedrático de la facultad, y yo soy socióloga, consultora… Hacé algo, buscá la forma, pero te pido que me des una explicación.
— No sé… necesito estar solo… siento que…
— Dale, Alberto. Decime la verdad. Te conozco. Sé que hay otra mujer, pero necesito que me lo digas.
Alberto ahora la miró con decisión.
— No estuve con otra mujer, pero sí, hay otra.
— ¿Estuviste o no estuv…?
— Me enamoré de otra mujer, Marina. No estuve con ella, no hablé sobre nada sentimental… No te engañaría, pero es evidente que estoy enamorado. Hasta vos te diste cuenta.
Marina se llevó lentamente las manos a la cara, luego las bajó con rapidez e hizo otros movimientos extraños, propio del desconcierto, del pánico, y luego respiró profundo, más de una vez, y se sentó. Alberto se sentó también.

Estuvieron en silencio un rato largo. Ella le tomó la mano, él se la dio. Luego se la soltó. Luego lo miraba, luego ya no. Luego lloró en su hombro. Luego él le acarició el pelo. Luego se separó de él. Luego pasó el tiempo mientras ellos como dos estatuas se petrificaban de tristeza. Al fin, Marina lo miró ya controlada.
— No quiero hacer una escena, te creo que no estuviste con ella, sé que me lo dirías si así fuere. Pero necesito saber… ¿Es catedrática de filosofía? ¿O es profesora…?
— No.
image08 — ¿Es de la facultad? ¿Hicieron algún estudio juntos?
— No, Marina.
— Es… —Marina no se animaba a preguntar— ¿es una alumna?
— No.
— ¿Dónde la conociste?
— En el bar de enfrente de la facultad.
— ¿Es escritora? ¿Poeta…?
— No…
— ¿¿¿Qué carajo es, Alberto??? ¿Me querés decir?
— Es la moza del bar.
— ¿La… moza?
— Sí.
Marina titubeó, y una media sonrisa se le empezó a escapar por la comisura izquierda de la boca.
— Pero… Alberto, entonces no estás enamorado.
— Me temo que sí, Marina.
— ¡Betito, vos estás caliente, no estás enamorado!
Alberto la miró con piedad, y enseguida bajó la mirada.
— Pero… ¿cómo te vas a enamorar de una moza? ¿vos? ¡Si la moza se te va a dormir cuando le empieces a hablar de Spinoza, de Séneca!
Alberto miraba el piso.
— Alberto… A ver, pará. Oíme. Una calentura le pasa a cualquiera. Olvidate, hagamos un viajecito. En realidad me parece que la culpable de esto soy yo, hace tiempo que te tengo olvidado, ¡qué pelotuda! Betito, ¡vamos a Salta! Vos querías…
Marina se calló. Beto seguía mirando el piso.
— Marina, perdóname.
Marina lo miró incrédula.
— Me enamoré.
— Pero… Alberto, ¿no te das cuenta de que no te podés enamorar de una moza? No es nada contra las mozas, pero cuando le empieces a contar de tus clases, de tus historias…
— De mis historias. Mirá, te lo voy a explicar. Cuando llego al bar, ella atiende a los pocos que hay en el horario en que me tomo mi recreo, y a mí me sienta entre el mostrador y la puerta, que está como medio escondido. Deja la bandeja, se pone el repasador sobre el muslo y me pregunta: “¿Y hoy qué enseñaste?”. Entonces le digo que conté la historia de Montaigne y de su biblioteca, le cuento de Epicuro y su pasión por el queso, le cuento de Platón, de la Atlántida, o le cuento de cómo era Sócrates, de cómo era de sencillo, y ella acoda el mentón en sus manos y me escucha como si el mundo estuviese en pausa. Y si la llaman se lo tengo que hacer notar, entonces ella los atiende y les cuenta a los clientes de lo que le estoy contando. Alguna vez vino otro cliente a escuchar también de Sófocles, de Kant, y entonces me pregunta, me pregunta todo, y lo compara con la vida, entonces hablamos de economía, de sociología, y ella me desafía con lo que sabe, y le doy la razón, y cuando hago eso ella sonríe de una manera que… que… Y me mira además. Me mira y por un segundo no decimos nada, sólo nos miramos. Es muy poquito tiempo, y entonces interrumpe con algo, o yo interrumpo con algo, porque con ella me he vuelto algo así como gracioso, aunque ella dice que no hago reír ni por compromiso. Pero ella se ríe, entonces yo se lo marco, y me dice que se ríe porque está divertida, no porque yo sea gracioso, ¿entendés? Pero me animo a decir esos chistes malos, y ella me burla, entonces le cuento de algún escritor, algún novelista, le cuento la vida de Maupassant, por ejemplo, y ella me hace la comparación con Victoria Xipolitakis, que es una mujer de las revistas de la farándula, y dice que hacen las mismas partuzas, así les dice ella, partuzas, las mismas orgías, y entonces se levanta y busca una revista, y la llama un cliente, y me tira la revista y me dice que me fije en la página central, que está esta mujer, y yo hago que miro la revista, pero la miro a ella de reojo que…
— Está bien, Alberto.
Se hizo un silencio breve.
— Marina, con la Coqui nunca…
— ¿La Coqui?
— Sí, no sé su nombre. Con la Coqui nunca pasó nada.
— Lo que me contás es suficiente.
— Sí, precisamente.
Hubo otro silencio.
87621503_XS — ¿Podrías definirme en dos o tres palabras qué es lo que te gusta de ella?
Alberto la miro, le costaba abrir la boca.
— Que no sabe nada. Que se ríe todo el tiempo. Que me carga, que me río. Que me siento más humano…
— ¿Más humano? ¿Conmigo no te sentías humano?
— No es eso, Marina. No es “con vos”. Es que ella me hace sentir así, nunca me había sentido así con nadie.
— ¿Pero vos no te das cuenta de que apenas trates de tener una historia con ella vas a durar un polvo? ¿Qué no…?
— Sí, lo sé. O al menos estoy convencido de que no puede durar.
— ¿Y entonces?
Alberto titubeó.
— No sé, Marina… Me enamoré.
— Ah, no. Sos un pelotudo.
Marina se dio vuelta y dio ocho, nueve pasos, pero se detuvo. Se quedó dándole la espalda unos segundos, y regresó caminando más lentamente.
— Perdoname, Alberto. Perdoname. Entiendo, te enamoraste. Y te agradezco que no hayas tenido ninguna historia con ella estando conmigo… Y te agradezco que hayas sido honesto. Me da rabia que todo lo que te doy no alcance para cuatro boludeces que te da ella. Me da rabia eso.
— Lo que vos das, Marina, alcanza y sobra. No compares porque esto es otra cosa. Yo estos meses descub…
— ¿Meses?
Alberto se detuvo.
— Un año y dos meses hace que voy a ese bar.
— ¿Un año y dos…? ¿Y nunca pasó nada, decís?
— No.
— Pero ¿vos te crees que soy pelotuda?
— No, Marina, nunca pasó nada.
— Pero… ¿Y por qué nunca pasó nada?
— Porque yo le hablé muchas veces de vos.
— ¿Y qué le dijiste de mí?
— No sé, muchas veces le… le conté de tus seminarios en Iguazú, de ese trabajo que escribiste con el ayudante de cátedra, le conté del tu viaje de estudio, el viaje último, le conté de tus alumnos, de las láminas que pusiste en tu clase, le conté de cómo estudiás, la Coqui siempre me dice lo que te admira, lo que le hubiese gustado ser así, “inteligente”, me dice. Le cuento de… —a Alberto le tembló la voz.
— Callate, Alberto.
Marina se sintió tan aburrida, tan vieja, tan desteñída.
— Perdoname, no debí haberte contado todo esto.
Otro silencio.
— No, sí, estuviste bien en contármelo. ¿Sabés? Existe como un mito, o no sé, en mi familia que dice que a los hombres les parecen sexy las mujeres inteligentes. Es un mito, algo que siempre se dijo, pero que yo creí. Yo siempre me sentí seductora con mis conocimientos… pero me equivoqué.
La conversación se estiraba, y entre uno y otro cada vez que callaban ganaban unos segundos de silencio.
— Es sexy la inteligencia.
— Callate. ¡Y más vos! ¡Cállate, pelotudo!
Un colectivo, una moto, una camioneta que pasaban y copaban el sonido.
— Es sexy de verdad. Lo que no es sexy es cuando la inteligencia nos vuelve importantes.
— A vos sí te queda sexy.
— No mientas.
— No miento.
— No me ves sexy, te agrado, te gusto…
— Te quiero.
Otra vez los sonidos de la plaza.
— Me voy, Marina. Te acompaño.
— No, dejá. Gracias.
Otra vez el rumor de una calle indiferente.
— Me pasa algo raro —continuó Marina—. Tal vez… de alguna manera me estás liberando de algo denso, de un mandato familiar pesado… Siempre inteligente, siempre elegante… Bueno, Alberto, gracias por tu honestidad. Es un gran valor que tenés.
Alberto la miró a los ojos.
— Sé que me querés, Alberto. De otra manera, pero me querés.
— Sí, Marina.
— Te deseo una buena vida.
Se sorprendió ella misma de ya no sentir la presión en el pecho ni la angustia rebalsar de sus ojos, al contrario, empezaba a sentir como un alivio, como que se derrumbaba una consigna, un mandato que jamás habría osado desafiar.
— Gracias, Marina… Gracias. A vos también.
Marina empezó a sentir que pujaba por emerger desde sus entrañas una euforia que debía contener. Se sentía descolocada. Alberto ya caminaba alejándose, y aunque lo quería mucho, era solo eso, alguien a quién quería mucho. Tal vez el candidato ideal para compensar sus crueles mandatos, mientras estos estuvieran vigentes, claro.

“Una moza”, pensó, “la Cuqui” y la comisura izquierda volvió a contener una sonrisa. Se dio vuelta, un paso, dos, tres, cinco pasos, seis, y sin darse cuenta se desabrochó un botón de la camisa, sacudió con sus manos su melena, y descubrió que sus pies desfilaban los tacos por la plaza con una provocación que le salía tan natural como elegante. Sonrió. Sonrió y sintió vergüenza. Alberto por ser hombre supo ver la presión de aquel mandato que los mantuvo juntos y obedientes tanto tiempo, pero ella por ser mujer supo perfectamente y desde el primer momento, que eso que sentía Alberto, y que ella empezaba a sentir cosquilleándole la piel, no era amor. Era una lindísima y floreciente calentura.

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