La invocación de Manuela Rosa

imagen-18 (Esta historia está extraída del libro “Mano a mano con el diablo. Crónicas de un exorcista”, del padre Mancuso, donde cuenta sus experiencias. Me tomé el trabajo de transcribir esta historia en particular porque, siendo verídica, me pareció, además de muy bien escrita, sin desperdicio.)

 

Este fue un caso extraordinario. Por su cuenta y riesgo, Manuela Rosa decidió llamar al Legionario Eurinome: un demonio que comanda un ejército de moscas verdes y zumbantes.

Desde el primer día en que falleció su padre adoptó una actitud de huérfana en pleno gimoteo. Pero su necesidad de llanto no la abarcaba sólo a ella: necesitaba que cualquiera que la rodease se sumara a su dolor. Cuando sus familiares o amigos no cumplían con esta exigencia, solia desaforarse, enfurecer como bestia salvaje. Su situación fue in crescendo.

Un día, regresó al antiguo caserón en el que vivía , no sin antes discutir con cualquier persona que se cruzara en su camino. Al llegar al portón, pesado y gigantesco, no encontró la llave. Lejos de buscar un cerrajero que la ayude, Manuela Rosa arrancó la puerta de cuajo, de una sola patada. Ingresó en su morada sin haber sufrido ni una pequeña lastimadura en el pie. En sus instantes de furia golpeaba espejos hasta hacerlos trizas, pero nunca se dañaba los puños.

Cultivó su soledad con tenacidad. Dentro de la casa caminaba gruñendo e invocando a su padre. Su madre había muerto durante una fuerte discusión con ella. Ya no asistía ni a la capilla, lugar en el que, además, no la extrañaban en absoluto: famosa se había hecho por distraer a los fieles con ademanes de adoración, delante de los santos de los altares e incluso en momentos en que el cura celebraba misa.

Finalmente decidió comenzar a acudir a un templo satánico. Solicitó al gran santón que le dedicara un diablo personal, capaz de devolverle a su padre, el único ser que la amó y la entendió. El gran santón le ofreció a Eurinome. Manuela Rosa debió confesar en ese momento que ya lo había invocado, lo que produjo sorpresa en su interlocutor.

Las misas negras se celebraban los martes y los viernes, y de acuerdo con el signo del oferente, variaba el victimado, que podía ser animal o, en extrema circunstancia, un humano.

Tanta cantidad de moscas invadieron el templo que los concurrentes a los oficios manotearon sin parar durante todo el tiempo que duró el encuentro. Otros utilizaban abanicos para espantar a los insectos. Sólo los que prestaron atención descubrieron que las moscas sólo se posaban encima de Manuela Rosa.

Desde entonces era común verla caminar por la calle, con una figura que ganaba cada vez más kilos (la obesidad era otro problema que la venía acompañando desde hacía bastante tiempo), seguida y cubierta de una suerte de nube de cuerpecitos alados. Era la única persona a la que el cúmulo de alimañas parecía no molestar. El resto de los humanos consideraba insoportable el zumbido, además de ciertamente repugnante la acumulación de invertebrados. Sólo un detalle afectaba a Manuela Rosa: su padre, motivación de la convivencia con las moscas, no se hacía presente. Por eso se presentó nuevamente ante el santón y le solicitó volver hacia atrás con la invocación. “No”, respondió su líder, molesto ante la perspectiva de tener que enfrentarse al difícil trance de revertir el efecto milagroso que había logrado, no sin esfuerzo, a través de la acción de diversas fuerzas espirituales. Manuela Rosa tuvo la pésima idea de insultar al santón. Sus adláteres se hicieron presentes y, sin miramientos, empujaron a la mujer a la vía pública, envuelta en su vestido de insectos.

Esa misma noche, junto a su cama, Manuela Rosa experimentó finalmente la visita de su padre. Despertó de repente y lo vio allí, sentado. Estaba irreconocible, envuelto en una capa de estilo español, confeccionada por moscas.

En plena madrugada alguien golpeó la puerta de mi parroquia. Salí a ver quién llamaba a esas horas. Me encontré en la puerta a Manuela Rosa, con ropa de dormir, envuelta en una frazada, cubierta de lágrimas. La hice pasar a la sala de recepción donde me contó la historia tal como la transcribí en las líneas precedentes. Me desveló, pero no podía actuar hasta el alba, cuando acudirían seis de mis ayudantes.

Ya en la mañana, cuando estábamos prestos a comenzar la ceremonia, nos llama la atención que la mujer estaba muy serena, a pesar de que ella misma declaraba estar poseída por Eurinome. Había arrancado una puerta de cuajo, tranquilamente podría destrozar el lugar y aniquilarnos. Pero no, estaba sentada allí, tranquila. Le hice las preguntas inquisidoras sobre su situación y no se inmutó. Dijo que ya no quería invocar más a su padre y reconoció que las pastillas para adelgazar, de las que estaba tomando tres o cuatro por día, no le estaban haciendo bien y que podían haberla afincado en la idea fija de resucitar a un muerto.

No era Eurinome quien había estado operando, sino las anfetaminas. Su psiquis estaba descontrolada, porque esa droga crea y recrea un entorno que responde a las exigencias del enfermo que la ingiere. De ahí que Manuela Rosa creara un universo de moscas que no sólo la asolaban, sino que la ataban a un universo circundante de su propia autoría. Estaba sola, se sentía abandonada, se sobrealimentaba con dulces, bebía alcohol, pasaba buena parte del día viendo televisión… No había exorcismo para hacer, sólo algunas palabras de consuelo.

Pidió el teléfono y llamó a alguien. Tal vez un pariente, tal vez una amiga que había logrado escapar a ese cerco de soledad que Manuela Rosa tenía trazado a su alrededor. Como sea, esta persona vino a buscarla en un auto. Desde mi despacho oí el arranque del motor del automóvil. “Que Dios se apiade de ella”, pensé, mientras el ronco sonido llegaba cada vez más distante.