Dos años después

tourne bouchon bar paris HRSe abrieron las puertas del café y entró con un tailleur azul oscuro muy elegante, de falda ajustada, un escote sobrio y un saco liviano, fresco. Sus tacos no eran stiletto aunque lograban con éxito hacer trepar las miradas por las vertientes sólidas de sus piernas. Una carterita en una mano y la muñeca quebrada en la otra. Le faltaba un sombrerito con el velo con puntos y era la tapa de Vogue.

Caminó recto dos mesas, dobló y esquivó otra, volvió a doblar y tomó la silla vacía que yo tenía en frente, la corrió con su mano blanca y delgada, subí la mirada por su brazo hasta sus ojos, dejó florecer una sonrisa blanca de acolchado borde rojo y se sentó.
— Gracias por venir, Marcos.
— No aprendí a faltar a tus citas, Marcela.
Ella sonrió.
Y siguió sonriendo.
— Tu ignorancia es tan poco creíble como la de Sócrates.
— No subestimes el conocimiento ancestral de la testosterona, Marcela. Yo no sé faltar a tus citas genéticamente, desde que un ancestro mío dejó olvidada una flor en la montaña. Lo recuerdo como si fuera hace diez mil años.
— ¿Una flor? Pensé que sería una mujer.
— No, una flor. No sé, sería gay. Pero en mis genes está escrito “una flor”.
— No sé si es muy romántica tu historia.
Tomé un sobrecito de azúcar y lo hice bailar en mis dedos. Era cierto, el chiste de la flor me había salido pésimo. Y ella estaba impresionante. Reconocí que no la creí capaz de tanta belleza. En realidad no fui con ninguna otra intención que escucharla.
— Una flor de Marcela — dije justo antes de que pase el tema, y ella apretó sus ojos con su sonrisa, y volví a reconocer que la había subestimado, que no la había creído capaz de tanta belleza.
— Entonces no era gay —dijo buscando al mozo con la mirada.
Largué el sobrecito de azúcar y me sentí molesto. No tenía ningún plan de levantármela, éramos amigos y ella quería hablar conmigo. Además yo quería que se mantuviera de ese lado de la mesa, justo en frente. Que se siente al costado facilitaría que le tomase la mano, que nos mirásemos de soslayo, situaciones que yo, ante semejante empalago de mujer, cedería en segundos. Pero la paso bien con Marcela, no quiero perderla. Y las minas que entran en mi cama se transforman en algo que nunca alcanzo a comprender del todo.
originalUn café au lait, s’il vous plaît.
— très bien, mademoiselle.

El mozo se fue y como si le hubiesen dado permiso, se recostó más relajada sobre su silla y me miró con esos ojos que alguna vez me buscaron para otra cosa.
— Estás bien, se te ve bien, Marcos.
— Gracias, Marcela. ¿Cómo te fue a vos?
— Justamente quería agradecerte aquel consejo que me diste hace un año…
— Un año y medio.
— …sí, dos, y ¡qué mejor manera de agradecerte que mostrándote lo bien que estoy!
— La verdad, Marcela…
— Ya lo sé, Marcos. Estoy muy bien. Se me ve muy bien.
— Sí, es verdad.
— Un poquito… —dijo ella y levanté la cara para mirarla y encontrarla con su sonrisa cómplice, con su cabeza un poco agachada como buscando mi aprobación— …un poquito te calentaste, Marcos, decime la verdad.
Me reí. Y ella se rió más fuerte. No sé si hay cosas más lindas en el mundo que las risas de los chiquitos y las de las mujeres cuando son naturales.
— Esas cosas no se preguntan, se marcan, como los goles, en el área de las sábanas.
— Sé que te gustan estos conjuntitos.
— Sí, tengo algo medio bizarro adentro mío.
— ¡Pero este tailleur no es nada bizarro! ¡Es elegantísimo!
— Sí, pero me gusta desde ese lugar. Me gusta tanto como la peluca celeste de Shakira en el video este… en el que canta con la peluca…
— Sí, sí, no me sale ahora, pero recuerdo el video.
— Tu vestido… o tu conjunto, mejor dicho, es tan elegante que parece artificial, como aquella peluca.

— Es artificial. En bolas no soy tan elegante —y volvió a reírse fuerte, pero yo apenas sonreí; cuando me caliento sonrío menos, no sé por qué—. Pero no es sólo mi porte elegante lo que quería mostrarte… ni el figurón que tallé en el gimnasio… —y volvió a reírse, y me acordé de esa frase de Antonio Banderas que decía que cuando un hombre y una mujer se ríen están más cerca de la cama, y me sentí tibio, no quería caer en sus provocaciones, no quería cambiarla de lugar; me divierto mucho con Marcela, no tengo ganas de que pase por mi cama y se desvanezca, y que finalmente germine de raíz en ese planeta de sentimientos que no controlo y donde todo se va al carajo indefectiblemente.
— …perdóname, estoy tentada. Bueno, te decía que quería mostrarte esto justamente. Que estoy bien, que me río. Así de boluda ando todo el tiempo y eso me hace muy feliz.
Bajé la mirada y me pregunté para qué quería ser amigo de Marcela. No creo en la amistad entre el hombre y la mujer, creo en las relaciones amistosas, en relaciones puntuales que se pueden dar entre ambos. ¿Qué tipo de relación tenía yo con Marcela? ¿Valía tanto la pena como para evitar sumergirla entre mis sábanas y navegar sobre sus muslos, sobre esa cintura curvilínea, encallar en ese culo rebozante, colmado de miles de reflejos de espejos y de miradas en todas y cada una de las calles del mundo?
— ¿Vos cómo estás?
Su pregunta fue un dardo en la mano. Las tres palabras sonaron asexuadas después de aquella seguidilla de chistes que me manosearon obscenamente y me dejaron así, flojito. Creo que prefería…
— ¿Marcos?
— Ah… perdóname. Es que… Pero ¿qué fue lo que hiciste para estar así, tan bien, Marcela?
— Vos me habías dicho que me regalaba a los tipos, que siempre estaba pendiente a sus aprobaciones, que si había hecho bien esto o lo otro. Y un día me dijiste que deje de salir con hombres por dos años, que vaya a un psicólogo y le pida que me enseñe a quererme a mí misma, a respetarme a mí, que me enseñe a divertirme conmigo, a sentir en carne propia lo que valgo. Yo te dije que no podía no salir por dos años, ¿te acordás?
Tardé un poco en responder porque no me esperaba la pregunta y mis ojos se estaban recreando en la curva de su teta derecha que desafiaba el grueso doblez de la solapa del saco.
— Eh, sí, claro.
— Bueno, entonces me dijiste que me busque un tipo reservado, bien tímido, y me lo cogiera dos veces a la semana sin crear ningún otro vínculo con él. Sólo cama. Y me pareció imposible, ¿dónde iba a encontrar a un tipo tímido? No conocía a ninguno. Bah, creí que no, porque un día subiendo en el ascensor a casa, subí con mi vecino. Ni recordaba su existencia de lo introvertido que era. Fue perfecto. Vivía en casa y el tipo ni se animaba a llamarme para nada. Bueno, no fue dos veces a la semana, pero cada tanto yo me animaba a golpear a su puerta con algún pretexto y él no decía ni sí ni no, nada. Me alcanzaba para sacarme el temblequeo de las piernas. Además era bastante más grande que yo… Me parece que esos días en que estuve en su cama fueron los más felices de su vida —y volvió a reír.
— Qué afortun… —me callé, aunque no significaba nada ponderar la fortuna del tímido vecino, lo reprimí porque la expresión nació de mis huevos, de lo más profundo de mi deseo, era una frase líquida, derramada, tibia que se vertía accidentalmente sobre el paño donde se proyectaba aquel sueño. Mis ojos no enfocaban con claridad, sentí un poco de fiebre.
— ¿Hola? —Marcela atendió un celular que nunca escuché sonar—. Me tengo que ir, Marcos. Estoy saliendo con un tipo muy interesante, ya te contaré. Pero le va muy bien y ahora nos estamos yendo a la Polinesia unos días.
Yo no hablaba. No podía. Pensé en decirle que me devolviera el favor que le hice y que cogiéramos esa misma tarde, que no me deje, que me equivoqué.
— ¿Estás bien?
— Sí, sí… es… Es el aroma del café…
— ¿Cuándo te vas, Marcos?
— Mañana.
— ¿Y volvés a París?
— No sé, voy a probar con el Quini.
Se rió, y sentí un brote de varicela despuntar en mi espalda. Ya debía estar alcanzando los 38 grados de calentura.
— Bueno, sino vendemos la ciudad. Acordate que tenemos París.
— París apenas vale una misa. No me pago ni un cuarto en lo del tímido de tu vecino.
Otra vez desparramó esa risa suya y mi cuadro febril se hizo notorio.
— ¿Che, seguro que estás bien?
— Sí, Marcela. Oíme, estás muy linda.
Ella sonrió.
— Gracias. Lo sé. Y vos también. Lástima que no te tuve a mano antes de encontrar a Gerard. Hubiese mandado a la mierda nuestra amistad y te hubiese…
Me paré como un resorte y cuando levanté la mano para agarrarla de la nuca y devorar esos labios carnosos, ella, que no me vio ponerme de pie, volvió a tomar el celular.
— ¿Dónde estás? ¡Ah, ahí te veo! —dijo mirando la vidriera— Me tengo que ir, Marcos.

Y me dio un beso en la mejilla que no tenía ningún valor. Un beso donde me juraba que nunca iba a pasar nada entre nosotros. Un beso rápido, un beso formal.

Recién cuando estuvo a tres o cuatro metros, aún en el bar, noté que mi mano todavía flotaba en el aire con la garra congelada con la que pensaba tironearle de aquella melena oscura y abundante, y la bajé.

La vi cruzar la calle, subirse a un muy lindo Audi, e irse saludando ella y el muy forro.

El mozo me dijo algo pero no le entendí, no sé francés. Pagué y dijo “merci” o algo así, agarré mis cosas y salí. Me pregunté si valió la pena ver a Marcela en lugar de ir otra vez al Pompidou o a cualquier otra parte. La calle tenía los sonidos cambiados, típicos del extranjero. Sí, sí valió la pena. Marcela había aprendido a quererse y se había vuelto irresistiblemente atractiva, y siempre vale la pena ver a una mujer atractiva. “No creo que lo de Gerard dure mucho”, pensé. Después sonreí. Y me fui para el hotel.