La lealtad como base sublime de construcción política

Políticamente hablando, hay diversas formas de construir poder. Existe una forma rápida y efectiva, que es a través del dinero. Si queremos construir una masa militante y tenemos guita para bancarla a nadie le va a importar lo sólido de nuestro discurso, lo brillante de nuestras ideas o el efecto que generamos en los demás. Hay plata, hay gente. Es directamente proporcional a la cantidad con la que contamos o que deseamos invertir. A mayor desembolso, mayor embolso de militantes. Esta forma sin dudas tiene un efecto urgente, notorio y veloz, pero es volátil y efímera si se usa como “carta de presentación”, tanto para el dirigente deseoso de ser seguido, que en el fondo sabe que nadie viene por él, como para el militante que carece de algún tipo de conexión con su “líder”. Para este tipo de militancia rentada, el único líder, al que le son fieles y leales, es la guita. Entonces cuando aparece otro dirigente, más deseoso se ser acompañado y está dispuesto a gastar un poquito más, esa masa de gente “convencida”, compacta, vibrante y fiel, se mueve con urgencia a otros rumbos, otros partidos, otras ideas, otro color… que tampoco es venerado ni seguido en lo más mínimo. También podemos hablar de intercambio de cargos por militancia, pero es lo mismo… cuando otro dirigente ofrece cargos más tentadores, se acaba la joda.

Una manera menos efímera (y mucho más barata) es ganar militancia en base a la repartija de esperanza y promesas. Es comenzar un camino tentando a un grupo de gente con futuros beneficios a cambio de militar un espacio. El dirigente seduce a sus militantes prometiendo ubicarlos en diversos lugares, manteniendo la esperanza de los mismos encendida, motivados a actuar. Esta forma no deja de ser una mentira, igual que el dinero, cuando el discurso únicamente se basa en este recurso y no se “riegan” otros asuntos. El dirigente que únicamente promete esperanza, si tarde o temprano no puede concretar, materializar sus promesas, demostrar con hechos todos los actos con los que ilusionó a su gente, este pierde el carácter de líder, se desinfla y diluye. Incluso si aparece otro dirigente, con esperanzas y promesas más tentadoras, esa masa de militantes migra inmediatamente. Con el rostro duro y sin chistar.

Y aquí llegamos a la tercera manera de construcción, la más difícil, la más compleja, la que lleva más tiempo, pero la verdaderamente sólida, inquebrantable, casi imposible de romper, y es la generación de lealtad. La lealtad política es un vínculo que une al militante con su dirigente, que se construye en base a la confianza, el diálogo, el debate de ideas, la construcción conjunta de planes y proyectos de gobierno, la complicidad de dar oportunidades de demostrar, la generación de “sentido de pertenencia”, el trabajo en equipo, la apertura, tolerancia, empatía y seducción discursiva. Cuando un dirigente puede despertar esperanza sin ofrecerla, puede hacer idealizar a sus militantes sin techos jerárquicos, puede generar un sentido de inclusión, de participación, de que la voz del militante no es solamente un voto más, no es un número más, no es uno más, sino que es escuchado, atendido, tenido en cuenta, comienza a generarse es vínculo indestructible, que va mucho más allá de elecciones políticas o momentos coyunturales desfavorables. Y ojo… a todos nos gusta la guita y el poder, a todos nos motiva el dinero y las esperanzas, pero si no se construye primero la lealtad, lo demás se diluye rápidamente, se escapa como arena en la mano.

Una vez consolidado el vínculo de lealtad entre el dirigente y sus militantes, cualquier retribución es bien aceptada y agradecida sin importar cuantía, porque esto ya es secundario. Un militante convencido de su dirigente, fiel y leal a él, es un nodo, un polo de atracción, un autogenerador, un defensor incurable, un perro fiel, un lobo de caza, un león. Lógicamente es lo más difícil de lograr, pero siempre lo más difícil es lo que más se disfruta obtener. Un militante leal equivale a diez esperanzados y a cien rentados, porque piensa, defiende, actúa y transmite. Por esto y mucho más pienso que no hay condición más sublime en la política que la lealtad, vínculo tam complejo de construir pero tan grato de sentir.