El mercader del deseo

Kate Moss

Kate Moss en la tapa de Playboy

La noticia de que Playboy ya no mostrará más mujeres desnudas en sus publicaciones es, antes que nada, un signo de los tiempos. Playboy ya no puede competir con Internet. “La batalla la peleamos y la ganamos” dijo uno de los ejecutivos de la revista refiriéndose con alguna melancolía a la vieja lucha contra la censura.

Que Playboy baje los brazos ante la oferta sexual que desborda en Internet es algo que en algún momento merecerá un análisis, pero ¿qué piensa hacer Playboy ahora? ¿Recetas de cocina? No, mostrará mujeres en “posiciones sugerentes”.

El que crea que Playboy va a hacer esto para sobrevivir se equivoca. Sobrevivir era lo que venía haciendo hasta ahora.

A pesar de que hoy existe hasta un porno amateur, y el erotismo está al alcance de todos, siempre hay un deseo que conquistar y Playboy está dispuesto a buscar ese camino. Todo lo que aparezca en la revista es inevitable que tarde o temprano se replique en la red y de manera gratuita, pero ¿y si Playboy, ahora sin desnudos, se transformase en la marca de una manera de intelectualidad y empiece a estar bien visto verla sobre los escritorios de los intelectuales y dirigentes?

Araceli Gonzalez

Las “mujeres en poses sugerentes” entraron a los hogares hace muchos años ya.

Si Playboy deja los desnudos perdería el motivo de su existencia. El golpe de timón de la revista no lo saca del camino de la mujer deseada sino del desnudo, y que lo habilita a entrar a la oferta de revistas de cualquier familia o tal vez en los escritorios más académicos. El inconveniente estaría en que la marca está asociada al sexo, aunque eso puede cambiar con mucha facilidad si los colaboradores de las notas de las próximas revistas son de primera línea en ámbitos destacados.

Si Playboy ahora hablase de la política de USA, de los avances rusos en Siria, de la debilidad de la Eurozona, y entre página y página una señorita se muestra en situaciones sugerentes como si estuviese exhibiendo ropa de marca o como si fuese cualquier celebrity de las osadas revistas del corazón, probablemente con tres o cuatro notas trascendentes la revista pasaría rápidamente a ocupar un lugar en la política, en la economía o en la intelectualidad, ya que la marca “Playboy” tiene incorporado un gran prestigio como algo exclusivo y, sobre todo, el glamour del sexo, aunque ya no se viesen mujeres desnudas. Luego, volver a desvestir a las chicas de las revistas será lo más sencillo. Sólo que tiene que pasar un tiempo para establecer su nuevo sitio en la mesa del desayuno o en la sala de espera de los consultorios, o en los escritorios ejecutivos. Lo que tal vez nos está indicando esta decisión, en todo caso, es que el mundo editorial cree que próximamente el desnudo cohabitará en la mesa del desayuno con el bagaje editorial familiar.

Ahora, si ya nos acostumbramos tanto al desnudo, a la pornografía, a cualquier morbo, ¿hacia dónde está yendo nuestro deseo? ¿Estará muriendo el erotismo y la pornografía para darle paso a las parafilias y perversiones más elaboradas?

Pero fundamentalmente la pregunta que me inquieta es: ¿y quién va a lucrar con eso? ¿Quién va a ser el próximo Hugh Hefner que nos venda el deseo que sólo él nos pueda proporcinar?

 

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Hugh Hefner