La máquina del tiempo

Estaba algo nervioso ya, cuando por fin encontré un cartel que indicaba a 5 kilómetros bomba de nafta. Era un desvío inhóspito en un pueblo inhóspito en el medio de la ruta. Conduje los cinco kilómetros despacio, la luz roja del tanque vacío no paraba de parpadear, estaba en las últimas. Pero iba relajado porque sabía que por lo menos debería caminar poco con la moto al lado para cargar nafta.

Cómo será de envejecida y deteriorada que estaba aquella estación que me la pasé sin darme cuenta, creyendo que era un edificio abandonado. Suerte encontré un campesino que me remarcó dónde estaba, no sin antes indicarme que era preferible hacer 30 kilómetros más hasta el próximo pueblo antes de cargar ahí. No llegaba, así que retrocedí hasta la vieja estación.

El sol incandescente de la siesta se fusionaba con un viento seco y un polvo insoportable que quemaba la garganta. Solamente quería llenar el tanque y llegar a Catamarca. Me detuve en el arruinado edificio amarillento, antaño estación YPF… hoy convertida en una estación de bandera blanca con combustibles de dudosa procedencia y curso legal. No había nadie en la playa. Toque bocina… no apareció ningún bombero.

Baje de la moto, sin nafta no me iba a ir. Tomé la manguera con ánimos de que apareciese apurado algún personaje, pensando que quizás no me querían atender con semejante calor. Apareció… pero no apurado. Era un hombre grande, moreno, con barba de un par de días. Instantáneamente le miré la cara, ya que tenía un ojo completamente blanco, perdido, vacío, el otro era oscuro y pequeño. Me saludó seco, me preguntó cuánta nafta iba a cargar. Le pedí tanque lleno y le pregunté por los baños. Sacándome la manguera de la mano me señaló hacia el campo… lógicamente no había baño. Miré el lugar y vi que había una especie de drusgtore, tal vez tuviesen al menos una gaseosa para tomar. La puerta se mecía al ritmo del viento.

Entre al negocio, habían dos mesas y una silla de cada color. Tenían dos heladeras viejas, una vacía y apagada, la otra prendida con algunos sifones de soda y una caja de vino abierta. Me arrimé hacia el mostrador, si había alguien por lo menos le iba a pedir un vaso de soda. Golpee la madera del mismo… nada. Aplaudí, como se hace en el campo… nada. Dije “hola” fuerta… nada. Entonces me posé sobre el mostrador para mirar hacia los costados y si nadie me miraba ver si abajo había algún vaso para servirme solo. A la derecha no había nadie, pero a la izquierda algo me llamó la atención. Había una especie de cabina vidriada, con una cortina negra y un cartel sucio y desprolijo que decía “máquina del tiempo”. Me dio mucha risa, no podía irme sin correr la cortina de ese artefacto y ver con qué me iba a encontrar. Caminé hacia allí, tomé la cortina y sentí un estruendo, ¡pum! De pronto la puerta de entrada se abrió de par en par. El corazón se me detuvo un segundo, me llevé tremendo susto y giré bruscamente, quedando a metros del bombero que me miraba fijo con su ojo inquisidor.

Me preguntó que iba a hacer, déspota y poco amable. Le contesté que me había llamado la atención el aparato ese, pero que solamente quería un vaso de soda. Me dijo que me fuera, que ya estaba el tanque lleno, que la máquina del tiempo no era un juguete. Apenas terminó de hablar me atacó una risa imparable. Me preguntó de que me reía, esta vez tuteándome agresivo. Le respondí que el nombre del aparato. Nuevamente sin bajar el tono me dijo que no era un “aparato”, sino que era una máquina del tiempo y que era muy peligrosa. Le pregunté si podía entrar. Me dijo que no y me volvió a pedir que me vaya, esta vez arrimándose peligrosamente hacia mí.

No quería tener problemas, mucho menos con un tuerto en el medio de la nada. Así que le dije que se tranquilizara que me iba a ir. Salí del local, le pague la nafta, me subí a la moto y arranqué, sin mirar atrás.

Luego de conducir un par de kilómetros, entre risas e incertidumbre, no me pude resistir a la idea de ver por dentro aquella batahola inmunda. Así que volví lentamente hasta estacionarme a unos doscientos metros de la estación. Paré la moto, la dejé al lado de unos árboles y caminé por el campo, para aparecer detrás de la estación.

Lentamente me dirigí hacia el drugstore. No sin antes agarrar un palo, por las dudas. No quería dramas, pero si se me aparecía el tuerto de golpe le iba a asestar un palazo en el primer lugar que pudiese e iba a huir despavorido. Como un espía militar me infiltré en el playón, mirando hacia todos lados, no pude divisar al hombre. Lentamente me acerqué hacia el local, con la espalda contra la pared. Abrí la puerta lentamente con una mano, mientras con la otra tenía firme mi garrote. En puntas de pié caminé hacia la máquina, corrí la cortina y vi que el interior era oscuro y tenía una silla y un pequeño tablero. Entré despacio, cerré la puerta y quede en penumbras. Había olor a humedad y todo estaba desgastado por el roce, por excesivo uso. Me senté en la silla destartalada y miré el antiguo tablero. Tenía cuatro botones numéricos y un botón rojo, similar a un interruptor. Los cuatro botones iban del 0 al 9, sin dejar de sonreír y con algo de temor a que apareciese de pronto el dueño, moví los cuatro botones, casi sin pensarlo, 1460. Apreté el botón rojo… nada. Solamente un pequeño zumbido en mis oídos. Lo volví a apretar… nada. Suspiré… ¡en la que me había metido por curioso! Entonces me paré, y abrí la puerta del aparato.

La claridad total del sol me lastimó los ojos, quedé totalmente ciego por un instante. Al cabo de unos segundos mis pupilas comenzaron a visualizar el entorno… desierto. Total, absoluto. No había nada, nada de nada, ni drugstore, ni estación, ni ruta, ni nada… El paisaje era el mismo, pero distinto, los árboles estaban en otra ubicación. Mi corazón comenzó a latir rápidamente. Apenas salí de la máquina algo zumbó, un estallido como un rayo me empujó varios metros hacia adelante, caí de bruces al piso. Di media vuelta y el aparato ya no estaba… estaba solo en el medio de la nada.

Me paré y comencé a mirar hacia los costados, caminé unos metros, una sensación de vacío se comenzó a gestar dentro mío. Empecé sintiéndome un ridículo por el desconcierto. Probablemente era un truco del tuerto… pero era demasiado bueno para ser un truco. Corrí hasta una parte que el terreno estaba más alto y pude ver kilómetros y kilómetros de la nada misma, me desorienté, perdí noción de dónde había dejado la moto, los nervios comenzaron a atacarme.

Grité ruidos extraños, caminé algunos metros con miedo a perderme, por el campo, sin ninguna huella que me oriente. Pensé que tal vez el tuerto me había drogado con algo mientras estaba en la cabina, había quedado inconsciente y luego me había tirado a kilómetros de la estación para hacerme asustar.. eso debía ser.

Debía ser la tarde, el pueblo estaba hacia el este de la estación, así que comencé a caminar rápido con el sol a mis espaldas. Caminé, camińe y caminé, atravesando la nada misma, sin siquiera cruzarme una huella o algo de civilización, ahora sentía ahogo y miedo… estaba completamente desconcertado. Pronto empezó a oscurecer, poco a poco el sol se fue apagando, con las últimas luces que quedaban, muy a lo lejos, pude ver una especie de punto incandescente, supuse que era una fogata.

El sol se perdió a mis espaldas y el punto se transformó, efectivamente en una fogata. Cuando estuve a algunos metros pude divisar que habían tres hombres al rededor del fuego. Por fin sentí algo de alivio. Les grité “eyyyy hola” y los saludé con ambas manos, feliz de ver alguien por fin. Los tres me miraron instantáneamente, uno se asustó. “Eeee amigos, hola, estoy perdido”, les grité para prevenir malos entendidos mientras caminaba hacia ellos. Entonces los tres se agacharon y tomaron unos palos en punta que tenían, dejando al descubierto algunos animales muertos. Caminé un poco más haciendo señas como que estaba todo en orden, que se relajaran, entonces pude ver que no eran hombres comunes y corrientes.

Los tres estaban vestidos con pieles, y ataduras de cuero, eran morenos y de abundante cabellera negra. Tenían rasgos fuertes, extraños y ojos oscuros como la noche, algo estaba mal… no eran tipos corrientes. Uno dijo algo que no etendí, gritaron al cielo y los tres se abalanzaron hacia mí. Como animales en una cacería.

El pánico me invadió, me quedé helado unos segundos es instintivamente comencé a correr, poco a poco sentí como se me iban acercando, hablaban otro idioma, a los gritos, el cansancio me invadió, terror, ahogo, me faltaba el aire, entonces uno apareció frente a mí, alzaba una piedra enorme entre los robustos brazos, me lo crucé de frente… oscuro, violento, de nariz aguileña y rasgos andinos, dejo caer la piedra sobre mi cabeza… dolor, blanco, palos… y no sentí más nada.