La glicina

 

 

 

Ranger-1024x768Ya no se miraban si no era estrictamente necesario, aunque nunca lo decidieron así, simplemente la economía afectiva lo resolvió de ese modo. Se hablaban bien, con suavidad, pero eso era tal vez lo más doloroso. Los años habían suavizado todo, habían ido erosionando las aristas, las rugosidades, y hasta los sentimientos. Ya no había jamás un grito, una voz levantada, ni tampoco una carcajada, o una risa fuerte. No había preocupaciones por la solidez de la pareja, se habían ido soldando como se sueldan los corales a los cascos de los barcos hundidos en las profundidades oscuras del océano. Estaban blindados.

El desayuno ya no traería jamás una sorpresa, y en eso estaban felizmente de acuerdo. Porque lo que rompiese aquella rutina era algo fuera del control marital, y lo que saliera de aquel dominio era, evidentemente, una mala noticia. Las comidas tenían un poco más de apertura ya que a veces podía haber un tercero, o la misma chica que les servía la mesa aportaba algún comentario, o la noticia de la tele, o las nuevas rebeldías a las que nos tiene acostumbrados últimamente la naturaleza. Cualquiera que se apurase juzgaría de que aquellos dos no se amaban, pero yo no me animaría a la misma sentencia. Entre aquel hombre y aquella mujer no cabía un alfiler. Tan compactos eran en su proyecto de vida, tan de acuerdo estaban en lo que sí y lo que no, que es inapropiado cualquier juicio.

Nada de esto habría sido posible, creo, de no ser por una buena posición económica. Un trabajo tranquilo y un buen capital de inversión habían ido explicando que para que los balances den siempre cero era fundamental que se repitan las acciones y los consecuentes resultados del período anterior, y ese mecanismo contra el miedo funcionó en los exceles. Y luego también funcionó en la cama. Y cuando la cama se solidificó, funcionó en el desayuno. Y así, mientras todo se volvía de piedra, el balance siempre resultaba en un inalterable cero.

Una tarde, Mercedes cayó de un árbol mientras intentaba hilvanar la joven rama de una glicina por una horqueta natural de las ramas de un fresno muy elegante que desfilaba estático en el frente de la casa. Se quejó con prudencia y Alejandro, que andaba por ahí, como siempre, la rescató del suelo y la subió a la camioneta. La dejó en la camioneta, buscó su cartera con las cosas que ella le iba indicando desde la ventanilla, tomó sus camperas por si refrescaba, un libro de la mesita de luz, su neceser de flores de la repisa de boticcino del baño, volvió a la camioneta y salieron para el pueblo.

La partida en situación de emergencia hacia el sanatorio no alteraba la rutina, porque los protocolos de la vida conyugal no se hicieron de un día para el otro, y en tantos años de casados sabían qué iban a hacer allá. Alejandro no llevó su libro porque le regalaría revistas a su mujer que dejaría su libro de lado para comentar sobre un sweater de crochet, o un divorcio sorpresivo, y Alejandro leería el diario. Esto, claro, si se demoraban en el sanatorio. Sino, a la salida de la guardia irían a un café frente a la plaza, comerían un tostado, un café con leche, comprarían las mismas revistas pero esta vez para leerlas frente al fuego, “en casa”.

Se dio la chance 1, se quedaba en cama unos días, en el sanatorio, así que ella le pidió que le llevara algunas cosas más, como ropa interior, camisones, cosas para el pelo, pantuflas, etc. Alejandro se fue y volvió a las dos horas con todo, y abrió el diario, y Mercedes le comentó de la casa de un diputado en Córdoba, y él le respondió con algo afín, y al rato leyó en voz alta un título de economía con una medida que afectaría los resultados de sus negocios, y ella le preguntó si habría algún riesgo, y él le dijo que no, que sólo había que apretarse el cinturón un tiempo. Y después Alejandro salió y tomó un jugo de naranja abajo, en un bar, y ella prendió la tele.

Recién a la tercera semana Alejandro se sintió incómodo. Las rutinas de ir al sanatorio, de volver a trabajar, y de volver al sanatorio eran cansadoras, pero lo peor aún, excluían las rutinas titulares, las del desayuno en bata en el breakfast, la del almuerzo con los chimentos de Andrea, la chica que ayudaba en la casa, las tardes con la radio y las noticias… pero no dijo nada. Prefirió no decir nada. Mercedes parecía estar muy bien, y eso era lo más importante.

Una mañana en que Alejandro llegó empapado porque afuera diluviaba, Mercedes lo recibió con una expresión triste. Alejandro quedó paralizado del miedo en la puerta.
— ¿Qué pasó, Mercedes?
— Hoy cumplimos dos meses acá.
— Mercedes, sacá esa cara… ¡Traje facturas calentitas! Y te cuento que las glicinas que enredaste en el fresno agarraron, y están firmes.
Y Mercedes sonrió, y todo volvió a dar cero.

Un día, un sábado, Alejandro llegó y Mercedes no estaba. Preguntó a la enfermera y esta le dijo que el cuadro había empeorado, que la estaban operando, o interviniendo, o algo así. Alejandro sintió un frío correrle por todo el cuerpo. Se sentó en el sillón de al lado de su cama, abrió el diario y miró las páginas. Así estuvo las horas hasta que la enfermera apareció en el cuarto para pedirle que salga un rato para que la “ingresasen” a Mercedes a la habitación. Alejandro salió y volvió horas después, tarde, cuando ya no había sol. Mercedes la recibió con una sonrisa, estaba contenta, aunque pálida y muy flaca.
— Qué flaca que estás.
— Hace tiempo que estoy flaca, Alejandro. Lo que estoy es pálida, por la operación.
— ¿Cómo salió la operación?
— Bien… ¿el médico no habló con vos?
— No, ¿de qué?
— No, no sé. Me dijo que había hablado con vos. Dijo que la operación salió bien y que estoy pálida por.
— Ah, bueno. Tomá, acá tenés las revistas.
— Gracias, Alejandro, pero creo que voy a dormir un poco. Siento que me.
— Dale, descansá. Yo me voy a casa, Mercedes.

El domingo cuando Alejandro llegó al cuarto de Mercedes la cama estaba vacía. Miró la mesita de luz y, si bien estaban sus cosas, estaban movidas. Alguien las había corrido sin muchas ganas y había frasquitos volcados, platitos amontonados. En el sofá había… “¡Por favor, señor!” …un delantal blanco, aunque debía ser una bata. Pero no, era un delantal blanco. Era raro porque Mer… “¡Señor, ¿me escucha?! ¡¿Me escucha?!” …cedes no se levantaba de la cama, y si lo hacía usaría la bata blanca que le llevó él, y quiso acercarse al delantal pero sintió algo en el cuerpo, una leve corriente eléctrica. Miró si había tocado algo, pero seguía el cosquilleo hasta que un chorro de agua en la cara le trajo en un segundo la imagen de un médico agarrándolo de los hombros, una enfermera con un vaso vacío en la mano, y otras personas detrás, todos con delantales blancos. Alejandro no podía entender lo que estaba pasando, aparecieron de la nada.
— ¡Señor! ¿Me escucha? ¿Me escucha?
— S… sí, sí.
Recién ahí el hombre lo soltó de los brazos y se llevó las manos a la cara. Lo volvió a mirar.
— Señor, ¿seguro que comprende lo que le pasó a su mujer?
— Sí, sí… seguro.
— Dígamelo, por favor.
Alejandro giró la cabeza y vio el delantal blanco. Debía ser l abata de Mercedes, quería verlo porque era claro que era un delantal.
— Dígamelo, por favor…
— Mu… murió. ¿No?
Los médicos y las enfermeras se miraron desconcertados.
— Sí. Sí. Ella murió esta madrugada. Disculpe, es que cuando nos atendió en el teléfono esta mañana parecía hablar de otra cosa… y ahora… bueno. Igual no se vaya sin verme, señor.
— De acuerdo.

Dos enfermeras se quedaron mirando a Alejandro desde afuera de la habitación. Alejandro se acercó al delantal, lo levantó y lo dejó donde estaba. Acomodó los frasquitos en la mesita de luz y arregló platitos y papeles que desordenaban el lugar. Salió de la clínica con su camioneta sin ver al doctor y con las facturas tibias en el asiento del acompañante. En el boulevard de eucaliptus, con el acelerador apretado a fondo, eligió el último árbol, el que daba paso al parque donde, en el fondo, se veía colgar del fresno una tupida mata de glicinas.