El escritor de Best Sellers – “El MacGuffin del Héroe”

 

– Todo relato reclama una voz propia, en él se debe crear un marco donde se presenten los acontecimientos.

– ¿Tenés algo de la idea central o de la trama?

– Estoy tratando de definir el comienzo, me costó unos cuantos borradores. No quería ser muy evidente presentando varios principios plausibles, como si se tratase de, viste… esa novela de Italo Calvino. ¿Cómo se llamaba?

– ¿La que empiezan a leer varios lectores? No es… ¿Si una noche de invierno un viajero?

– Esa misma, no sé qué me espera hacia el final. Se trata de un concurso Nacional y no quiero mandar algo de lo que se avergonzarían mis hijos, si los tuviese. El “tópico” es el tema del héroe; el héroe visto desde perspectivas múltiples. Puede ser alguien cercano, o un héroe histórico, algo así

– ¿Y en cuál has pensado? Me parece que teniendo tantas libertades se puede hacer un poco más difícil darle al blanco. Adelantame algo, a ver.

– Bueno, lo primero que se me ocurrió fue comenzar la trama con un escritor novato y no muy listo que digamos. El clásico antihéroe pero parecido a nosotros, de esos que leen buenos libros, pero de los que sólo se les ocurre escribir un monólogo interior o una anécdota insípida. Un mauvais écrivain para decirlo de algún modo, pero que había tenido una única buena idea en su vida; inventar una máquina que contara historias.

– Pará, pará, pará. Pero eso me suena, ¿no estarás robándole a Piglia, no?. ¿Esa no es el leitmotiv de La ciudad ausente? Aparte, ¿Qué tiene que ver la trama del héroe, como vos mencionabas antes, con un tipo que quiere inventar una máquina que cuenta historias?

– Aguantá viejo, aún no está definido todo, pero por algo hay que empezar. La cosa es así, ahora que lo decís, puede ser que haya plagiado un poco, pero es distinto el enfoque, ¿entendés?…

–  Por lo que vas contando hasta ahora, no entiendo mucho.

– Lo que te digo es que la máquina que quiere inventar nuestro héroe no cuenta cualquier historia, cuenta historias que son best sellers. Sí, como oís, best sellers. El vago, en un arrojo de sinceridad se da cuenta de que la única manera de poder llenarse de guita es vendiendo historias de contenido liviano que le pueda gustar a la gente. Quizás no sean las historias que él leería, pero vendiéndolas podría tener tiempo y sobre todo dinero para buscar aquellas que sí, pero que su condición de lumpen se lo negaba.

– ¿Te parece que prepare un trago? ¿Qué querés tomar?

– ¿Tenés los ingredientes para preparar un negroni?, los de la otra vez fueron muy superiores.

– No, sólo menta, ron, una botellita de espumante y… jugo de naranja.

– Bueno que sea un mojito, ¿soda tenés?

– Sí, mi viejo siempre guarda, a ver… si acá hay. Bueno seguí. El loco quiere fabricar esta máquina, pero… ¿cómo hace un tipo como vos o como yo para fabricar una máquina, y para colmo una que escriba best sellers?

– ¿Aún no entendés cómo funciona la literatura fantástica? Nunca importa el cómo, lo que importa es qué motivó al personaje a hacer eso y qué consecuencias tuvo. Si querés hacer comedia, obviamente las consecuencias deben ser nefastas. No sé, la máquina empieza a tener problemas existenciales, o un día despertás y te das cuenta de que pasaste una noche de amor con la máquina, cosas de ese estilo. Si querés crear una historia seria, le das un tinte solemne a las cosas y la vas piloteando.

– Tomá tu trago, ¿le pongo un chorrito de limón?

– Dale, no viene mal. Gracias.

– Bueno seguí, de a poco me va convenciendo, pero sé un poco más expeditivo, por favor.

– ¡Por favor las pelotas! ¡Siempre con tus intervenciones vos!

– Bue, bue… dale, ¿querés?

– Bien, la idea general es como te venía detallando, que el tipo quiere construir esta máquina. Luego de frustrados intentos, logra una primer versión, pero es una máquina que no escribe best sellers, lo que hace es básicamente plagiar ideas de Woody Allen.

– ¿Cómo, de Woody Allen?

– Si, plagiar ideas de Woody Allen. Primero la máquina escribe un cuento corto donde un tipo, uno de esos personajes grises que suele retratar Woody, va a ver a un mago que lo mete en una historia de amor, en la que termina involucrado con el personaje femenino principal.

– ¿Me estás cargando? ¿Ese no es El episodio Kugelmass?

– Sí, tal cual. Después empieza a deformar historias de películas de Bergman y de Fellini. La cosa es que le empieza a dar dolores de cabeza y sabe que aún faltan grandes cambios y decide tomar cartas en el asunto. Le ajusta unos circuitos por un lado, empieza a llenar la base de datos con variaciones de las novelas de Stephen King por el otro, aventuras “aparentemente” fantásticas, al mejor estilo Wilbur Smith más allá, y algún que otro tinte erótico de los folletines de los puestos de revistas más acá. Para rematarlo conecta los circuitos de la máquina a una cafetera de filtro con unas cuantas fotos del grupo OuLiPo (para la creatividad) y un cassette de una grabación completa del grupo humorístico español “Los morancos”. Cuando llega a esta parte y antes de que la máquina monstruosa vea la luz, intenté describir el ambiente como un laboratorio donde se preparan brebajes, con fuentes eléctricas y todo eso, como en el joven Frankenstein. Al final, antes de que la máquina vea la luz, aparece la cara del joven iluminada maléficamente. Justo cuando está a punto de decir la celebérrima frase “¡He creado un monstruo!”, aparece la madre diciéndole que es hora de cenar, que deje los trastos y toda esa cháchara para luego.

– Me gusta, pero aún no logro unir los cabos sueltos. ¿Cómo vas a conectar esta historia que parece una comedia posmoderna, con los varios principios que mencionabas?

– Allí quiero llegar. Esos principios me van a servir para ilustrar al lector de lo que es posible la máquina. El tipo la prueba primero metiéndole un libraco de historia argentina de los 70’s. Una historia contada por una facción intelectual montonera. Mientras la máquina trabaja, nuestro héroe se pone a ver una película de Almodóvar, Pepi, Luci y Bom y otras chicas del montón. Al parecer, cualquier cosa que ocurra en el ambiente tiene cierta incidencia en la obra que construye la máquina. Lo que le escupe entonces es una serie de tres libros, que hablan de la historia argentina, pero retratadas por personajes que subliman todo a través de un fetiche.

– ¿Pero esa no es la serie de Alan Pauls, La trilogía de los años 70?

– ¡Claro! El vago las lee y sabe que de alguna manera pueden funcionar, entonces empieza a buscar a escritores menores (pero de mediana edad) de la literatura argentina, pretendiendo vender los derechos intelectuales de los libros. El único que pica es Alan Pauls, que le da algo de guita que le viene bien para independizarse un tiempo. El resultado es que esa trilogía termina siendo algo así como un best seller, pero para esnobs. Esto le da la derecha de que la máquina funciona y la esperanza de que puede hacer mejores cosas, que le ayuden a acercarse a su objetivo.

– Astuto y sagaz, ¿Y luego qué viene?

– Ya con algo de plata comienza a hacer compras, recorre las librerías de la ciudad y ojea lo que está sobre las mesas. Agudiza bien la vista y se da cuenta de que la gente está llevando manuales de póker, hay muchos libros del tipo “póker para dummies”, y demás. Se lleva unos cuantos ejemplares a su casa para probar otro experimento. Cuando llega le tira a la máquina esos libros, para ver si puede sacar un best seller que le gane a los demás. La cosa es que se le va, sin que se dé cuenta, un libro de anécdotas de Landriscina y un libro de cuchilleros de Borges. Lo que sale es una cosa rarísima, un híbrido que se intitula Cartas Marcadas.

– ¡¡¡Ese es el libro de Dolina…!!!

–  Sí, pebete. El flaco piensa que no se lo va a encajar a nadie. Algo tan raro es difícil de clasificar, hasta que un día, como por arte de la providencia divina o de las malas gestiones radiales de los últimos veinte años, escucha a medianoche un programa cómico. El estilo del programa, la metáfora del barrio como mito formador de un culto y todas esas cosas que gusta a los porteños lo entusiasma. Escucha a Alejandro Dolina, cuya voz tiene un aire de radioteatro que engalana. Abandona los vagabundeos mentales y se propone armar una reunión con Dolina. Luego de un tiempo logra concertar una cita. En esa reunión le miente, le dice que es escritor, pero que no le interesa la fama, sólo escribir para los demás y tener algo de tiempo para leer. Así sigue la cosa y luego de una extensa charla llega al acuerdo de que se va a quedar con el 10% de las regalías que genere el libro. Si al libro le iba bien, a él también le iría bien. Resulta que apenas aparece el libro, éste se convierte en un éxito sensacional. Se vuelve loco al ver en cada librería nuevos ejemplares de Cartas Marcadas. La máquina lo hizo de nuevo; se está volviendo adinerado sin esfuerzo alguno. Hasta acá he llegado con la idea.

– Pero pará, ¿justo cuando se está volviendo interesante la cortás?

– Bueno, se me han ocurrido algunas ideas, pero no las puedo relatar si no me servís otro trago. Hice fondo blanco recién y me refrescó el gallote, pero hace mucho calor en tu casa.

– ¿Sale otro?

– Dale. Vamos con otro igual, pero no seas rata con la menta, echá un poquito más… y de hielo también.

–  Oka. Che, que loco esto. Vos sabés que el mes pasado me compré un libro bastante raro de un autor catalán, el libro se llama Bartleby y compañía. Hice lo que hago siempre; lo compré, lo anduve ojeando en el bondi y lo tiré en…

– ¿Corto un limoncito para el trago que estás haciendo?

–  … bueno dale, la cosa es que llego a casa y lo dejo junto a la pila de libros que tengo en la pieza. Estaba aburriéndome con uno de Thomas Pynchon, un libro inmenso que no llevaba a nada y en ese momento me acordé de Bartleby…

– No me dijiste cómo se llamaba el autor.

– Ah, cierto; Enrique Vila-Matas, con guion entre el Vila y el Matas. Bien, lo empecé a leer con mayor atención. El tipo presenta diversos casos de grandes autores (y no tan grandes), que de un momento a otro y por diversas circunstancias dejan de escribir. El libro es un compendio de pequeñas notas de un jorobado que quiere volver a escribir luego de muchos años de “silencio de autor”. Lo que me llamó la atención de tu historia es que parece una variante de uno de los relatos que aparece ahí.

– ¿Ah sí, de qué se trata? Por ahí puedo sacar algo de material para mi historia.

– Todo lo que venís retratándome recuerda a Iba siempre delante y era extraño, extrañito. Un cuento del libro Guía de lacónicos de Antonio de la Mota Ruiz. El personaje principal es uno loco al que apodan Paranoico Pérez, un tipo que anda diciendo que nunca puede escribir, porque cuando se le ocurre una gran idea, viene Saramago y se la roba. En el relato, te dice cómo, cada vez que Paranoico sueña algo fantástico o está inspirado, fruto de un gran momento de genio, pasa por una librería y ve materializado (y a la vez destrozado) su sueño en un volumen de quién más sino el mismísimo José Saramago. El cuento presenta un escenario donde es plausible que alguien insignificante, como Paranoico, pueda imaginar un libro que luego se le atribuya a otro. No sé si es muy parecido al concepto que querés transmitir en tu relato, pero lo quería contar, me gustó ese cuento jaja. Ah, acá está tu trago.

– Sos un boludo.

– Volvamos a la historia mejor, ¿cómo imaginás ese final?

– En principio creo que para que la historia siga teniendo la misma intensidad hay que meterle algo de ambición, algo por lo cual el personaje pueda terminar en la ruina. Quizás vendría bien que la máquina se descompusiese y empezara a escribir libros sólo para académicos. Lo cual presentaría una amarga paradoja que la máquina termine escribiendo algo que él podría haber escrito, con las mismas consecuencias, esto es… que nadie quiera leerlo.

Podría ser que cuando esté a punto de tocar fondo, vea una nueva oportunidad; un concurso literario Nacional, donde hay buena guita.

– ¿Vas a mezclar la historia que estás contando con tu historia personal?

– No sé, quizás tenga potencial, esto tiene que ser creíble. Tal vez, no sé, se me acaba de ocurrir pero podría ser algo como esto: El flaco sabe que necesita dinero, ergo tiene que escribir algo bueno para un concurso Nacional, entonces piensa ¿qué podría llamar la atención por su originalidad y que no sea demasiado descabellado? Y a la vez, ¿qué historia podría llegar a mucha gente, sin caer en algo demasiado cliché, inclusive para un best seller? ¿Quizás algo de ciencia ficción? Sí, eso puede ser. ¿Se te ocurre algún autor de ciencia ficción que sea masivo y a la vez creativo?

– Mirá, la ciencia ficción siempre fue un género menor, como la novela negra por ejemplo. Pero lo bueno de la ciencia ficción es que te permite incluir a la novela negra… ¡Ya sé! ¿Por qué no encajar el MacGuffin, por decirlo de alguna manera, de la novela noir, como lo son un asesinato o un robo, en una historia de ciencia ficción, como los robots o los viajes en el tiempo? Ya lo tengo… Isaac Asimov es tu hombre. Tu historia tiene que tener algo del estilo de Isaac Asimov.

– Dejame pensarlo… Isaac Asimov, no he leído mucho, salvo unos cuentos. Ahora, no sé cómo enganchar todo esto con la máquina de los best sellers.

– Me extraña, ¿no dijiste que no importaba el cómo? Hace todo como lo venías contando. Que el tipo le tire unos libros y que la máquina escupa una historia sobre un héroe del futuro y todas esas bagatelas.

– Mejor aún, creo que ya lo tengo. El flaco, retomando la senda de la inspiración compra unos libros de Asimov, llega a su casa y cuando se dispone a tirarlos ve algo que lo abruma. Mira toda la secuencia como en cámara lenta: Su padre ha creído que ese aparato era donde se guardaban las cosas que nadie lee y ha arrojado las conversaciones de Sabato y Borges, las cartas entre Paul Auster y John Maxwell Coetzee, unos ejemplares viejos de la revista Caras y las reflexiones histórico-literarias de David Viñas. La máquina colapsa, es demasiado irrelevante la información que tiene que procesar, le cuesta mucho imprimir las hojas. El loco mira aterrado toda la acción, el sudor comienza a correrle por la frente. Se acerca, parece que va a estallar cuando…

Juan lee entristecido la última línea que le dio lo que quedó de la máquina. El texto es tan malo que hasta parece escrito por él mismo. Se sintió vacío como la cuenta bancaria de un empleado público a mediados de mes. Sabe que no podrá participar del concurso, como también sabe que pronto e irremediablemente, sin excusas ni disculpas, tendrá que buscar un trabajo de verdad.

FIN

Escrito por Raúl Andrés Cuello