Angelina

Hace unos años atrás me fui a Buenos Aires por un viaje mío de negocios y ella me recogió en el aeropuerto. La recuerdo alta y con el porte soberbio como el de una reina. De hecho, cuando la vi caminar en medio de la muchedumbre pensé en ella como un gran crucero: el Queen Elizabeth cuando entró en el puerto de New York.

“Sos bonito”,  me dijo un par de días más tarde cuando nuestra historia se consolidó un poco más. Desconfío de los cumplidos de las mujeres enamoradas… y como siempre me reí. Tomé su mano y caminamos sin hablar por los Bosques de Palermo.
— Vos sos bonita… ¡La más bonita del mundo!
Ella se rió.
— Lo era de joven. Cuando entraba en alguna parte sentía todos los ojos sobre mí.
— Todavía tenés todos los ojos sobre vos. No como un crucero, ¡sino como una nave insignia!
Demoré un poco antes de explicarle el significado de la comparación. Hablábamos en italiano, no hablo español. Era mediados de mayo. El otoño argentino me pareció la más bella de las estaciones.

Un día, caminando por el barrio latino de París entramos en una galería de arte. Era de un italiano, uno de Bérgamo que se ufanaba de conocer el gran mundo parisino. Comenzó a preguntarme si conocía a monsieur X o a monsieur Y… No, no conocía a ninguno pero tenía el aspecto de alguien que podría haberlos conocido. El objetivo de aquella visita era el de poder organizar una muestra de las fotografías de Angelina que trabajaba de fotógrafa profesional. Mientras el hombre de Bérgamo me hablaba del monsieur Z, una señora entró en el negocio y toda excitada dijo: “¡Francesco (debía ser el tipo), vení! ¡Está Chirac en el bar de al lado! ¡Vení que te lo presento!” ¿Cómo se podía perder aquella ocasión? ¡Sumar entre sus monsieur al ex presidente francés! Su galería de personajes se vería seguramente valorizada.

Salió casi corriendo sin molestarse por nosotros, y Angelina y yo quedamos solos en aquel negocio.
— Te deseo.
— Pero cómo… ¿acá…? Sé razonable, pueden volver en cualquier momento… ¡Además acá al lado está Chirac!
Traté de escapar, pero cuando las argentinas se meten algo en la cabeza… Lo hicimos abriéndonos un poco la ropa, apoyados contra el mostrador de la galería de arte, y escondidos detrás de un caballete que sostenía una gran tela. Después dejamos el negocio que quedó desierto quién sabe por cuánto tiempo más.

Una mañana me desperté temprano, como siempre, y me puse a navegar por internet. Quería curiosear si en la red encontraba las fotos de Angelina que, imaginaba, serían numerosas. En efecto, encontré muchísimas. Su estilo es inconfundible y era capaz de impregnar su carácter decidido también en las fotos de los catálogos. Curiosié un poco mientras tomaba mi café hasta que me topé con una foto un poco vieja de una joven con el pelo largo sentada en un tronco en una playa desolada y ventosa. La clickeé y aparecieron en la pantalla decenas de fotos de mujeres, la mayoría rubias y nórdicas. Había topado con una página auto-celebrativa de un señor argentino que en un cierto momento de su vida había decidido irse a vivir a Escandinavia. Debe haber sido un empedernido Don Juan, un tanto exhibicionista, porque había puesto en una sección de su sitio todas las mujeres que había tenido en su vida. Es verdad que empezar de joven a coleccionar fotos para mostrar sus trofeos en la edad madura hablaba mucho de la psicología del personaje. Volví a remontar  todas las conquistas del Don Juan argentino y tuve la impresión de encontrarme subiendo una escalera en contramano mientras un río de mujeres la descendía. Finalmente alcancé a poner el pie en el primer escalón de arriba del todo y encontré a la chica de pelo largo.

El coleccionista sudamericano debía de ser un tipo muy preciso, porque debajo de cada fotografía ponía un pie de foto. Se trataba de la imagen de su tercera presa en orden cronológico y educadamente se excusaba (con el eventual lector, en este caso yo) porque había perdido las fotografías de la primera y la segunda. Pero decía de la chica sonriente: Angelina Martino, 17 años.
— ¿Qué estás haciendo? —me pregunta apareciendo por detrás llegando directamente de la playa.
— Te miro. Me habría gustado tanto ser yo el que sacó esta foto, y te juro que después de haberte conocido no habría adjuntado a ninguna otra en la lista.
Me miró dubitativa y analizó la pantalla sobre mis hombros. Me sacó los anteojos, se enfocó para ver mejor de lo que le hablaba…
— ¡Ah, ese de ahí! ¡Ese de ahí es un idiota! ¡Un sorete! Era un amigo de mi hermano.
Me di un pellizco para calmar los celos que aumentaban dentro de mí. ¿Por qué los soretes llegan siempre antes? Estaba seguro que si lo hubiese tenido en frente le habría destrozado la cara a ese de ahí. Pero ¿cómo se puede estar celoso de cosas que sucedieron hace cuarenta años atrás? Era un domingo a la mañana de finales de junio.  En París finalmente empezaba a hacer calor.

No dormimos mucho en esa noche siciliana. Habíamos organizado una cena con amigos que se habían quedado bien pasada la medianoche. Ella me pidió que fuésemos a ver el amanecer a la orilla del mar. En el corto viaje entre Noto y la playa no hablamos. La ruta estaba desierta y yo manejaba despacio con las ventanas abiertas sin aire acondicionado. El aire húmedo y ligeramente fresco entraba en el habitáculo del auto y nos acariciaba la cara. Angelina tenía su cámara de fotos sobre las rodillas. La acariciaba con sus largos dedos como si fuese un animalito mimoso.
— ¿Lo extrañás, Bonita? —le pregunté sobre la perrita de pelo largo y gris que le hacía compañía en su estudio en Buenos Aires.
— Un poco.
Puse mi mano sobre la suya.
— Me dirás vos dónde querés esperar el amanecer.
Llegamos a Marzamemi y manejé a lo largo de la calle que, costeando el mar, llevaba a Portopalo.
— Está bien acá.
Estacioné en un ensanche en la arena. Una duna nos separaba del mar cuyo sonido resonaba en la noche con el ritmo de las olas que morían en la playa. Dejamos el auto para mirar la penumbra y escuchar más cerca el rugido de la marea. Nos sentamos en la arena y le pasé mi brazo por la espalda. Mi cabeza estaba vacía, todos mis pensamientos habían escapado. Me dormí y ella quedó despierta sobre mí. Me sacudió despacio.
— Italo —no dijo nada más.
A lo lejos, los primeros rayos del sol como cuchillas cortaban la oscuridad troquelando la línea del horizonte. Parecía que desde Calabria llegase el resplandor de un incendio.
— Tengo frío — dijo.
— Perdoname, me quedé dormido —entonces la abracé más y le froté los brazos.
— Está bien. Sos bonito cuando dormís.
— Terminala. Si seguís diciendo eso voy a terminar creyéndolo. Además lo sé: yo ronco. Justamente ayer acá llegó una barca llena de pobres desgraciados que escapaban de África. Adentro encontraron dos chiquitos muertos…
Ella me mira, no entiende. Claro, Angelina es argentina, ¡qué sabe ella de los inmigrantes…! (*)
— Esta es mi tierra. Es acá donde quiero morir, pero antes quiero hacer cosas, conocer… aprender más.
Quiero encontrar otras personas todavía, y escribir sobre ellos, contar sus historias…
— Si eso es lo que te gusta, hacelo.
El disco de fuego ya se asomaba más allá de la línea del mar pero la luz todavía no había terminado su batalla contra la oscuridad. La miré a los ojos. Su mirada era serena, limpia. Le di un beso en los labios y me dije que yo también habría querido ser sabio como ella.
— Lo voy a hacer… sí, lo voy a hacer… ¿Vos crees que la muerte esperará?
No. No responde. Trató de consolarme besándome la mejilla.
— Te quiero —dijo.
¡Bendita mujer!
Era una mañana de mediados de agosto. El mar de Sicilia parecía cubierto por una marea de topacios.

El día de visitas me había agotado. A los márgenes del desierto hacía calor. Decidí hacer ese viaje a Argelia porque los informes que me llegaron daban un cuadro bastante preocupante y el negocio no alcanzaba a despegar. Quería darme cuenta estando ahí de las dificultades. Los franceses son reticentes y no van de buena gana a su ex-colonia. Las cicatrices todavía no están del todo cerradas, no lo admiten, pero es así. Las nieblas de viejos rencores y enraizados prejuicios no se evaporaron todavía y aletean como viejos fantasmas. Como italiano, a mí no me importa. Un problema de trabajo es un problema de trabajo aunque sea en Magreb. No pude escapar a los viajes de los sitios de producción y me llevaron hasta los márgenes del desierto para ver una cantera de yeso y una fábrica deshecha. Me hicieron asistir también, a la distancia debida, a las explosiones de las cargas para extraer el yeso de las laderas de una colina. También tuve que soportar en las sofocantes oficinas de la fábrica una improbable presentación con planes de desarrollo de unos crecimientos exponenciales y absolutamente irreales. Fui besado repetidamente por el jefe de contabilidad al que le habían contado que yo era el gran jefe de Finanzas de París. La pertenencia al mismo sector desencadenó todo su afecto al punto que me lo encontraba en el camino a cada eventualidad. Cuando nos sacamos la foto de recuerdo se puso a mi lado y me estrechó la mano como si fuésemos dos jefes de Estado. Recién al día siguiente pude embarcarme en el avión que me llevó de nuevo a Argelia. Pedí a mis compañeros que me disculparan de la cena aduciendo que debía responder unos e-mails de Paris. Cuando llegué a la habitación del hotel no me demoré ni un segundo en desvestirme y meterme debajo de la ducha. Recién después del baño pedí  que me comunicaran con París, el celular en Ghardaia (así se llama ese lugar) no conseguía.

— ¡Hola, Angelina! Soy Italo, ¿cómo estás?
— ¡Murió mi tía!
No, no fue el fresco del aire acondicionado que me dio un escalofrío. Sabía lo cercana que era a su tía, la consideraba casi su madre. Cuando era chica había pasado mucho tiempo con ella y había sido casi adoptada. La tía no podía tener hijos. La anciana desde hacía ya algunos años estaba padeciendo alzheimer y estaba al cuidado de una señora que la cuidaba. Me hablaba a menudo de su tía y de la pena que le daba ahora que estaba enferma.
—¡Qué pena! ¡Lo siento mucho!

Estaba más que apenado, estaba aniquilado por la impotencia y por la soledad que debía sentir Angelina en París sin ninguno que la consolase en un país que desconocía la lengua. Habría podido alcanzarla al día siguiente cuando habría aterrizado en Roissy en el vuelo de la tarde. Me sentía culpable por ese viaje de trabajo.

Me quedé en el teléfono con ella, y busqué consolarla con algunas palabras gentiles. Ella, del otro lado de la línea, lloraba desconsolada. Me di cuenta, por primera vez, del sacrificio que Angelina había hecho al venirse a vivir conmigo. Entendí también lo egoísta que había sido yo. Ella tenía al otro lado del océano a sus padres ancianos que adoraba. Se me cerró el estómago pensando en cómo podría vivir otras malas noticias.

Mientras escuchaba sus sollozos dejé vagar mi mirada por las paredes agrietadas de la habitación. Me dije que no se puede pedir a ninguno de destrozarse por dentro. Estábamos en los primeros días de octubre. Afuera, un viento cargado de arena del desierto barría Ghardaia.

Llovía y el limpiaparabrisas con su movimiento lento recogía las pocas gotas que morían sobre el parabrisas. Angelina y yo nonos decíamos ninguna palabra dentro del auto. Cada palabra parecía inútil y nuestros pensamientos se proyectaban al futuro. Casi seis meses viviendo juntos, intensamente. De pronto una grieta de abrió en mi cabeza y, lentamente, se vació. Era como un autómata que registraba imágenes y que se movía con el impulso de estímulos eléctricos. Simplemente dejé de pensar, tal vez para impedir seguir sufriendo. Estacioné el auto en el subsuelo del aeropuerto. Nos teníamos de la mano mientras el ascensor nos llevaba al piso de la salida. Seguí un poco distante de ella mientras hacía el check-in. La miré. El sobretodo que habíamos comprado juntos era elegante y ella lo llevaba de manera impecable.No le habría servido en Buenos Aires donde el verano era inminente. Sintiendo mi mirada sobre ella, se volvió y me sonrió. La acompañé al control de pasaporte. Antes de atravesar la línea a la cual yo no puedo acceder se volvió, me dio un beso al tiempo que me acariciaba la mejilla.
— Hola.
— Hola.
Todo muy complicado. ¿Cómo manejar aquella relación con padres viejos, hijos, trabajos diametralmente opuestos, países y lenguas extranjeras? Simplemente yo no estaba a la altura. La seguí con la mirada hasta que se perdió entre la multitud de pasajeros. Erguida y con un porte soberbio, me pareció… sí, la misma Queen Elizabeth, ella, la última mujer. Inútil buscar otras, no habrían soportado apenas la comparación.

Y me quedaría solo para siempre… Tal vez era mejor así. Sólo cuando estuve dentro del ascensor, sollocé.
Era un día de mediados de noviembre.
Ese invierno sería oscuro y frío.

Por Italo Persegani

(*) La historia original fue escrita en julio de 2014, y la historia es varios años anterior. El tema de los inmigrantes no había alcanzado la sensibilidad de la actualidad.

Italo Persegani es un milanés de sesenta años que trabaja en una multinacional en París y que un día sintió la necesidad de escribir todos los días algo. Hoy ya escribe más espaciado pero sus historias son de una simpleza impecable y muy agradable. Su blog se llama Il Guazzabuglio.