La casa de mi abuela

Viví dos veces con mi abuela materna. La primera vez fue cuando tenía cinco años de edad, por lo cual mis primeros recuerdos quedaron impregnados en aquella casa. De aquella época no recuerdo más que imágenes inconexas, deformadas por la natural astucia de la memoria; solo me es nítido una anécdota en particular.

Yo estaba sentado en el suelo de mi pieza, pintando mí libro de superhéroes con una concentración de cirujano, cuando mi abuela, mi “Mami Yoli”, me llamó desde su cuarto. Fui a su pieza y la encontré tirada en su cama, mirando con devoción el televisor. Sin darme tiempo para preguntarle qué quería, ella hizo una seña para que me acostara a su lado.

— ¿Qué es eso, Mami Yoli? — le pregunté mientras me subía a su cama y miraba de reojo el televisor.

—Eso es una media verónica. Mirá, que delicadeza, no se mueve de más. Hay que reducir los movimientos al mínimo, ese es el truco—

— ¿Y eso?—

—Ahí se está preparando para el final—  

—No entiendo—

—Él puede terminar todo ahora, pero no quiere, sabe esperar. Lo quiere hacer bien. Lo importante es la elegancia, y él entiende de eso—.

Estábamos viendo una corrida de toro en vivo y en directo, mientras ella me explicaba el protocolo del torero como si fuera Víctor Hugo relatando el gol de Maradona a los ingleses, casi hasta las lágrimas.

Es tosco mostrarle a un niño tanta violencia concentrada, no es deseable ni siquiera para un adulto, pero, aun así, entiendo a mi abuela: era su primer nieto y como era de familia española, las corridas de toro tenían un significado especial para ella.

Dejando de lado la cuestión de la moralidad de esta antigua tradición española, pues esta nota está lejos de ser una reflexión ética, siempre me pareció raro que mi abuela, siendo Argentina, quisiera perpetuar en mí una costumbre extranjera. También me parecía raro ver, por aquella época, como los padres de mis amigos obligaban a sus hijos a aprender italiano solamente porque sus abuelos habían nacido en aquel país del mediterráneo. Me tarde algunos años en comprender el porqué de este comportamiento, tan de nuestro país.

Hacer sobrevivir una tradición es salvaguardar el dolor de nuestros antepasados al emigrar a estas tierras. Porque ellos, la gran mayoría de nuestros abuelos y abuelas, no quisieron irse de sus países de nacimiento; las dictaduras y las crisis económicas los obligaron a irse. Y digo esto porque me parece saludable pensar que, cualquiera argentino con un apellido europeo que esté leyendo esta nota, pudo haber tenido un abuelo muerto en algunas de las costas de Turquía, siendo apenas un niño. Espero haberme hecho entender.