El Chupete Azul

bebe-chupon-chupeteCuando tenía aproximadamente cinco o seis años era una persona rebelde, desafiante con la autoridad. Era una especie de mini Hell Angels, como “Buscando mi destino” (qué triste final tiene esa película, al nivel de la muerte de la mamá de Bambi). Era un pendejo insoportable. Liero y mal aprendido, y sobre todo boca sucia. Un día, en el paroxismo de mi contumacia, cometí el acto más  audazmente reprobable que un humano pueda cometer.

A esa edad aún usaba chupete, uno azul. Mi madre, la Rosita, lo había escondido con la  esperanza vana de que abandonara tan terrible adicción, y lo había escondido sobre la heladera, una Saccol tropical que te pegaba cada patada de corriente que ni te cuento. Ese día fatídico me levanté y busqué mi chupete azul, pero no estaba, en ningún lado. Entonces se lo reclamé a la Rosita; ella, con toda la autoridad que le investía su posición de ser mi progenitora, me dijo que no me lo iba a dar, que ya era grande. Entonces, sin tapujos, le dije: Mamá, sos una culiada.

Yo no tenía noción del significado del adjetivo, pero sí sabía que era un desafío grande. La Rosita me miró con ojos desmezurados, mientras que mi abuela Cruz, la que tenía Alzheimer, dijo para sus adentros: Este niño es la piel de Judas. Mi madre se sacó la ojota, no de esas modernas, de goma, livianas, ergonómicas, dignas de ser usadas en la Estación Espacial, sino una con suela de  corcho, tosca, pesada, y me la dio en las nalgas. No satisfecha con eso, busco el jabón Federal en barra y me lavó la boca con él.  Aún así mi rebeldía no fue mancillada o menoscabada, se acrecentó.

En los Autos de Fé,  la “Santa”(¿Santa?) Inquisición usaba la hoguera, la picota, el garrote vil, las jaulas colgantes; en el interín usaba el Toro, la Pera, el Serrucho, el Aplastapulgares, las Garras de Gato, el Péndulo (bella y siniestramente descripto por E. A. Poe en “El pozo y el péndulo”), el Potro de los Tormentos, la Cabra y vaya a saber cuántos engendros más, buscando una confesión.

Se podría conjeturar que con el paso de los años, el transcurrir de los siglos, se aprende de los propios errores, se comprende que el camino elegido no es el correcto. Pues no es así, para nada lo es. Todo sigue igual, el convencer por la coacción, la amenaza del Castigo Eterno, la discriminación si uno no está de acuerdo, si no sigue el Dogma Arcaico a rajatabla.

Es un cliché,  una frase hecha pero tan cierta: La violencia engendra violencia.

Ahora Ctrl+C y Ctrl+V; copio y pego; transcribo un pequeño párrafo que muestra el concepto, la idea, extraido de la nota publicada en el mdzol.com y titulada El papa Francisco, a favor de darles un chirlo a los hijos:

(…) El pontífice hizo esa afirmación esta semana durante su audiencia general semanal, la cual estuvo dedicada al papel de los padres en la familia.

Francisco esbozó los rasgos de un buen padre: uno que perdona pero es capaz de “corregir con firmeza”, al tiempo que no desalienta al niño.

“En una ocasión, escuché decir a un padre en una reunión con parejas casadas: ‘En ocasiones tengo que pegarle un poco a mis hijos, pero nunca en la cara para no humillarlos”’, relató Francisco.

“¡Qué hermoso!”, dijo el Papa. “¡Él conoce el sentido de la dignidad! Él tiene que castigarlos pero lo hace en forma justa, y sigue adelante” (…)

¿Hermoso? ¿Sentido de la dignidad? ¿Qué dignidad puede haber en un golpe, una cachetada, un tirón de orejas? ¿Es hermosa la violencia? Para mí, la distancia entre eso y el abuso infantil es casi nimia. Lo hermoso de la dignidad está en lograr que se reflexione sobre el acto cometido a través de otros medios que no sean la violencia.

En un mundo en donde se necesita que los líderes hablen de paz, de discernimiento, de conciliación, es inconcebible, aberrante, que un líder como el Papa profese la violencia como solución, como instrumento de educación. Ojo, que yo rezo todas las noches agradeciendo un día más de salud y bienestar para mis seres queridos.

El Amor no se expresa con golpes, la autoridad no se demuestra con tiranía, menos con un niño cuya percepción del mundo es muy diferente a la nuestra. No nos podemos valer del terror para enseñar. Involucionar y pegar cachetadas a diestra y siniestra cuando falte la paciencia y no se sepa cómo parar a un diablito disfrazado de niño, está mal.

Vale decir que siento amor por la Rosita, y que Dios la tenga en su Gloria y no la deje volver. Su acto es solo el reflejo de uno que ella seguramente sufrió de parte de mi abuela Cruz, la que tenía Alzheimer, que ella también debe haber padecido, y así sucesivamente. Formando una cadena de cachetadas a lo largo del árbol genealógico.

Mi madre, la Rosita, me lavó la boca con jabón, y me dio un ojotazo que me dejó marcada la suela. Ahora le tengo miedo a los jabones en barra y a las ojotas con suela de corcho, pero sigo pensando que fue una culiada por haberme escondido el chupete azul.