Bartolo, el perro que no come… y está solo

Yo pienso que habrá sido un auto que se detuvo en el cruce y lo escupió con el peor de los despechos. Pero puede haber sido de cachorro nomás, que Bartolo, un día, llegó al Cruce Fulton.

Bartolo es un perro que hasta los cuzcos se ofenden si lo coloco en esa categoría. No es feucho; es espantoso. A primer golpe de vista uno sabe que no es una oveja. Punto. Habita una región que consiste en el potrero esquinero de Cerrillada y el cruce y toda la extensión de la ruta, desde el cruce hasta la curva que va a Tandil. Patria de Bartolo, se lo ve yendo y viniendo. Cruzando y volviendo. Husmea la basura perpetua de las esquinas del cruce, y aparece, como saliendo de la oficina para fumar, entre los arbolitos de la curva.

La primera vez que lo ví…, o que nos vimos, fue esperando a Leo y su Río Paraná. Ahora me doy cuenta de que nunca hablé de este tema con Leo. Leo debe conocer su historia, su nombre, su tragedia… Pero la primera vez que nos vimos, era una mañana espléndida, de un sol alegre, cuando mientras esperaba al colectivo, otro auto se apersonó en el cruce. Bajaron dos señoras que hablaban, y presumo que el murmullo constante de su conversación le dio a Bartolo la idea de que andarían nuevas cotorras por la zona. La cuestión es que, de entre los pajonales de la banquina, apareció, lejano, un perro. Las señoras hasta ese momento me miraban de soslayo. Pero en cuanto lo vi a Bartolo me agaché en la ruta y lo empecé a llamar con un silbido. Me emocionaba saber que tenía un nuevo compañero en la zona.

Muchas veces amanecí en Las Cruces con uno o dos perros “nuevos”, que al día siguiente ya no estaban más. Perros que abandonan en el cruce y que se juntan con otros y luego se pasan la vida tranco a tranco, comiendo, cazando y andando. Y creí que este sería otro perro más. No sabía que era Bartolo.

Las señoras, al tercer llamado mío al perro, volvieron a entrar al auto (imagino que habrán prendido el motor y puesto primera). Pero Bartolo no reaccionaba. Me miraba como diciendo: “¿Es otra joda? ¿Hacés que me llamás y es mentira?”. Al rato empezó a alejarse, pero deteniéndose cada cinco o diez metros para mirarme, simulando observar a sus amigos los chimangos.

Con el tiempo Bartolo hizo varias apariciones esporádicas, y en esas nuevas muestras lo pude ver mejor. No era una oveja. No. ¿Acaso es realmente un perro? Patas cortas, cuerpo de tubo de gas, negro, pelo crespo pelado en algunas partes, cara indefinible y sin cola.

Cuando subí a la camioneta de Lavayén, lo estaba viendo a Bartolo que estaba en Cerrillada. Se la pasaba mirando un chajá inmenso que volaba un poco y se detenía cerca de él. Bartolo lo miraba, como siempre, como mira todo. La ultima vez que lo vi, estaba en el medio de la ruta oliendo algo. Yo pensaba en qué habrían tirado ahí que aún quedaba el aroma del alimento, o lo que fuera, pero a Bartolo no se le pasaba un aroma del tipo nutriente, y no se movía de la línea blanca entrecortada del pavimento. La escena llegó a su pico de tensión cuando el camión que venía lejano de Ayacucho, llegó y no bajó la velocidad en las vías del cruce siguiendo, rugiente y poderoso, hacia el lugar del aroma nutritivo en donde Bartolo, impávido, estaba dedicado. El camión estaba a diez, siete, cuatro metros de Bartolo y a este aún no se le movía ninguno de los rulos de su enfermo pelaje.

Cuando creí que Bartolo había, por fin, apelado a un suicidio instintivo, a una desviación silvestre de las bestias salvajes que no comen y están solas, dio la vuelta, sereno, natural, y el camionazo pasó a su lado acabando con cualquier aroma rico que hubiera podido haber ahí. Cuando pasó el camión al lado de Bartolo, este estaba a menos de un metro del camión.

Es que Bartolo es el anfitrión de la ruta cuando pasan, descorteses, los conductores apurados, indiferentes al dueño de casa que desde hace años los espera. Ya no lo inquieta la posibilidad del silbido simpático, ni de la mano sobre el lomo. Sabe que no hay cortesía en el cruce para un animal que unicamente se puede definir como que no es una oveja. Su ocupación es mirar a sus amigos, los chimangos, los chajaces…

Todos sabemos que una mañana va a salir el sol en el cruce, van a volar los patos del San Francisco, van a llegar los chajaces a Cerrillada, van a cruzarse indiferentes los camiones por la setenta y cuatro, va a pasar Leo con su mutual de caminantes, y nadie va a notar que, por detrás de un pajonal, al sol fuerte de la mañana, esta vez serán los ratones los que se alimenten de ese animal recostado, de patas cortas, de cuerpo de tubo de gas, que no es una oveja.