“La importancia de ser mediocre”

Lo observaba mientras con ligeros movimientos dirigía su mirada fuera, más allá de los vidrios de la larga ventana. Daba la impresión de que siguiese el vuelo de algo sobre los techos de Roma. Aquella escena se repetía cada día siempre después del almuerzo mientras esperaba que le viniese servido el café.— ¿Qué hacés, Abuelo? —pregunté.
— Nada. Miro afuera.
— Mirás qué?
…tengo nueve años.
— Afuera… —ciertamente se divertía dándome respuestas cortadas. Sabía hacerme enojar.
— Sí, ya sé que estás mirando afuera, pero ¿por qué no me decís qué cosa mirás?
— No miro nada en especial, sigo las líneas.
— ¿Nada en especial? ¿Y por qué movés la cabeza entonces? ¿Qué líneas?
— ¿Muevo la cabeza?
— Sí, movés la cabeza.
— ¿Ah, sí? No me había dado cuenta.
— Dale, Abuelo, terminala. ¿Me estás tomando el pelo?
— ¿Pero qué decís? ¿Yo tomándote el pelo? ¡Pero por favor…!
— Vamos, Italo, dejá de hacer rabiar a Italo —dice mi Abuela sirviendo el café.
Sí, yo tengo el mismo nombre que mi abuelo.
— ¿Escuchaste lo que dijo tu abuela? Basta de hacerte rabiar.
— ¿Pero qué decís, Abuelo? Yo no me hago rabiar, vos me hacés rabiar porque me tomás el pelo.
— En realidad tu abuela hablaba de vos, dijo “Italo”.
— No, se refería a vos, a Abuelo Italo, no a mí.
— Y entonces ¿por qué dijo Italo y no Abuelo Italo?
— Porque es tu mujer y te llama por tu nombre. Vos tenés mi mismo nombre.
— No, vos tenés mi mismo nombre.

Sabía que la discusión sería llevada hasta el infinito y batí la retirada yéndome a mi cuarto para refugiarme en la lectura de una revista, pero dejé que mi enojo quede expresado con un rabioso “¡Uffa!”
— Tenés ochenta años y te ponés a molestar a un chiquito de nueve años, ¿será posible? —preguntó mi abuela.
Los labios del viejo se estiraron en una sonrisa apenas perceptible.
— “Che ca’!” —dice “¿Y qué?” en dialecto cemonese.

Natale Palli y Gabriele d’Annunzio en un SVA5 en agosto de 1918

En realidad mi abuelo y mi abuela no estaban casados. Mi abuela lo estaba pero con otro, me parece que con un periodista. Se encontraron en un hospital de campaña, mi abuelo se recuperaba de una pierna rota, su SVA se dio vuelta en fase de aterrizaje. Sin contar el mal físico, el enojo mayor de aquel incidente era el no poder participar del vuelo sobre Viena. Ni siquiera la visita de Gabriel d’Annunzio logró consolarlo. El “profeta” se presentó delante de su cama con un ramo de rosas.

Mi Abuela, que como muchas mujeres de la burguesía frecuentaba los hospitales militares para ayudar a los heridos, se topó con la cabecera de ese joven teniente cremones de bigotes tentadores pero de apariencia desconsolada. Debe haber sido un golpe fulminante, eran los dos jóvenes y bellos y la intensidad de sus miradas ahogaron la guerra, el hospital militar, a d’Annunzio y el vuelo a Viena. Terminado el conflicto mi Abuela dejó al marido y, llevando consigo a su hija, se fue a vivir con el bello teniente, ahora licenciado en ingeniería en la Sorbona.

Eran los inicios de los años veinte y una historia de abandono del lecho conyugal y de fuga por alcanzar al propio enamorado no era bien vista por la sociedad italiana. Mis abuelos buscaron coronar su sueño de amor con el nacimiento de un hijo que murió después de unos días. El segundo intento anduvo mejor: nació mi padre que, todavía vivo y sano a la edad de noventa años, se deleita de gruñir como una vieja locomotora a sus nietos. Sus padres debieron estar realmente enamorados para superar todos los prejuicios de aquel tiempo y el destino pareció reconocer y respetar aquel sentimiento corajudo premiando a mi Abuelo en su profesión y procurándole cierta prosperidad que sería el rescate al ostracismo del cual la pareja era objeto. Pero llegó la crisis del treinta y tres y Abuelo Italo, no aceptando su quiebra, pagó todas las deudas de su empresa al edil, vendió las propiedades y volvió a hacerse oficial de aviación militar.

Teniente Italo Persegani

En mi familia nadie me contó de estos eventos, hubo siempre tanta discreción que ni mi padre nos lo ha hablado a sus hijos. Esta bella historia de amor ha sido siempre escondida como si fuese a remover las memorias y yo he venido a conocerla por fuera del ámbito familiar. ¡Qué extraña la vida! Mi padre, el gruñón, me ha siempre callado la historia del encuentro de sus padres como si aquel lindo hecho romántico fuese para él una injuria y yo… yo nunca le pregunté nada, respetando su reserva.

Sí, es extraña la vida. Los eventos juveniles de mis antecesores los conozco a pedazos y residiendo en mi memoria como fragmentos de un viejo fresco con tantas amplias partes incrustadas que la fantasía estuvo obligada a reconstruir las escenas no representadas. Yo, por lo tanto, aunque los conocí viejos y enfermos (mi abuelo concluye su vida con mitad del cuerpo paralizado), me gusta recordarlos así, en un hospital de campaña. Él dentro de las sábanas sucias pero bien afeitado y peinado en espera de ella, la bella dama, que llega en compañía de una niña que arrastra de mala gana un ramo de flores, sonríe al joven oficial y la retina que baja del sombrero le muestra más malicioso el centelleo de sus ojos. Los dos se observan, sus miradas se enlazan y se apretan en un abrazo tan fuerte que los vuelve invencibles.

Sí, mi Abuelo cuando yo nací tenía ya el cuerpo mitad paralizado. Una mañana al despertar, cerca de sus sesenta años de edad, no alcanzó a mover más la parte izquierda del cuerpo. “Isquemia”, le dijeron los médicos. Al día de hoy es posible la recuperación y una cierta rehabilitación, pero en aquellos años te la agarrabas y la tenías, punto. Si para la mayor parte de los humanos un evento semejante puede significar una tragedia, para mi abuelo representó el inicio de un período debió apreciar particularmente. Tal vez es una interpretación mía, pero siempre pensé que lo que más le interesase en la vida fuera el nutrir su mente. Él amaba dejarlo pastar en praderas infinitas que se perdían en la literatura, la física, la matemática, la historia, la economía… Su pensamiento era anárquico pero riguroso y atento en la exploración cuando se adentraba en terrenos desconocidos. El ictus le inhibió la parte izquierda del cuerpo pero no le tocó el cerebro pensante ni los miembros derechos. Además, lo más importante, su condición de ofendido por la enfermedad reclamaba que lo dejasen en paz. 

Aeroplano SVA 10 usados en la Primera Guerra Mundial

Pasaba todo el día en su estudio bien contento de que ninguno lo molestase.
— Pero ¿qué cosa estudiás, Abuelo? —pregunté un día cuando era un chico de once años hurgando entre sus hojas.
— Una solución para el motor perpetuo.
— ¿?¿?¿?
— Nada, solo una utopía de viejos gagás como yo.
— ¡Vos no sos un viejo gagá, Abuelo!
— Lo soy, y si por caso no lo fuera, quiero que todos lo crean, porque así tengo una ventaja…
— ¿Qué ventaja?
— ¡Puedo decir lo que quiero y nadie, principalmente tu abuela, querrá discutir cosas que pueden ser consideradas excentricidades de un viejo como yo!

Efectivamente, a pesar que su larga convivencia comenzó de un modo muy romántico, mis abuelos se peleaban a menudo. Mi abuela, que se aburría en la soledad hogareña, cuando podía armaba polémicas. Él, que no quería conflictos familiares, se atrincheraba todavía más en su antro a estudiar el motor pérpetuo o a escribir cuentos ridículos. Su convivencia senil era la unión de dos soledades que coexistían de manera indisoluble. Ciertamente un extraño ménage en el cual yo, que por unos meses viví con ellos, me complací. La cuestión es que mi abuela (optima cocinera, se llamaba Magdalena pero todos le decíamos Lena) me hacía feliz con su cocina (era un chico regordete) y mi abuelo me hacía descubrir mi faceta soñadora. Por otro lado yo adoraba sus discusiones y me divertía a sus espaldas. Se terminaban siempre con la retirada de mi abuelo que, atravesando el pasillo apoyándose en su bastón, exclamaba con su voz ligeramente alterada: “¡Por Dios, Lena!”. Mi entretenimiento era anticipar mentalmente las tres palabras y alcanzarlas a murmurarlas siempre poco antes que las dijese mi abuelo. “Por Dios” era la manifestación máxima de su enojo y no lo escuché nunca alzar la voz ni usar términos inconvenientes. Las discusiones entre mis abuelos servían para animar el silencio de aquel departamento en el cual por largas horas retumbaban solo los monótonos toqueteos de los péndulos de los relojes.

Pero hubo un conflicto cuyas consecuencias perduraron por varios años y que sólo se interrumpieron con el agravado de la enfermedad de mi abuelo y su partida. El objeto de la querella fue el café de las once de la mañana.

Café Giolitti, local situado frente a la ex-escuela militar Della Finanza.

Honestamente nunca conocí cuál fue el origen de aquella pelea (que creo que era anterior a mi aparición en este mundo) pero el resultado fue que Abuelo Italo, cuando no llovía, a las once en punto se ponía el sombrero (¡siempre un Borsalino!) y se iba a tomar un café al bar de enfrente. En efecto Abuela Lena, por lo que la conocí, fue siempre inamovible en este punto y siempre se negó a preparar el café en aquella hora fatídica.

Mis abuelos vivían en via Nardini, en frente a la escuela militar Della Finanza y el bar más cercano era el Giolitti de plaza Armellini. Abuelo Italo, arrastrando la pierna y con el brazo colgado a una banda negra que le ceñía del cuello, cada día avanzaba lenta e inexorablemente hacia el café. En los meses que estuve en Roma lo acompañé andando a su lado y cada día vivía la aventura de atravesar la plaza sin que ningún auto nos atropellase. Al paso de ese chiquilín con los pantalones cortos acompañado de un señor con Borsalino y severamente tullido los autos milagrosamente se detenían, y yo tenía la impresión de estar al lado de un superhéroe capaz de inmovilizar aquellos monstruos neuróticos de lata. Además, creía que mi abuelo alguien al cual naturalmente se debiese guardar respeto. ¡Había sido piloto de avión de combate, qué va!

Silvano Giolitti

Dentro del bar lo esperaba su amigo Silvano Giolitti, propietario de la cadena de bares de la ciudad y también víctima de una isquemia y paralizado a la mitad. El viejo Giolitti era simpático y bromeaba en romano con mi abuelo que conocía un poco el dialecto porque adoraba a César Pascarella y su “Descubrimiento de América”. El caballero Silvano un día me pregunta:
— ¿Y qué deporte hacés?
— Un poco de todo.
— ¿Y qué cosa te gustaría hacer?
— Pilotear autos.
— ¿Te gustan las carreras?
— Sí, las de fórmula 1.
— Ingeniero Italo, pero usted le ha dicho a su nieto que también nosotros corremos carreras?
Los dos patriarcas se miraron.
— ¿Qué carreras? —pregunté.
— Seguinos.
Se levantaron apoyándose sobre sus bastones y, arrastrando ambos las piernas paralizadas, se encaminaron hacia el patio que se abría detrás del local. Una vez afuera se pararon contra la pared entre los contenedores de botellas y las cajas de cartón.
— ¡A la cuenta de tres, hijo!
Divertido y al mismo tiempo un poco incómodo ejecuté el pedido.
— Preparados…, uno…, dos…, y… ¡tres!
A la distancia recuerdo aquella carrera de entonces, y esos dos vejetes me habrían dado casi pena si no los hubiese visto reírse como locos mientras avanzaban arrastrando sus piernas paralizadas. ¡Se habían vuelto niños, de hecho, tenían mi edad!

— Lo dejaste ganar, te ví, ¿sabés? —amonesté a mi abuelo mientras volvíamos a casa.
El me respondió con un gruñido y agregó:
— Yo tengo el mejor bastón. Y no me pareció justo que vos alentases por mí cuando él no tenía nadie que lo aliente.
En la mesa nos esperaban unos canelones y un estofado de cordero que Abuela Lena llamaba “estío” porque, a su parecer, era más ligero de los invernales pero, en realidad, habría sido considerado un plato pesado en pleno enero también en Valtelina, Lombardía. La anciana mujer, que comía poquísimo, miraba silenciosa a sus hombres saciarse.
— ¿Sabés Abuela qué hizo el Abuelo?
El octogenario me lanzó una mirada que me heló mi entusiasmo y no sé qué inventé pero logré contar una historia insignificante que mi abuela creyó. Mientras mi abuelo esperaba el café dejó que su mirada se dispersase sobre los techos de Roma.
— ¿Estás siguiendo las líneas? —le pregunté mientras hacía una pelotita de migas de pan con los dedos.
— Sí.
— Después, un día ¿me enseñás el juego de las líneas?
— Sí, un día lo haré… pero es un juego de viejos.
— Nos quedamos en silencio cada uno con su pasatiempo, él con las líneas y yo con las pelotitas de miga de pan. De pronto dijo casi distraídamente dejando entonces vagar su mirada más allá de la ventana:
— Tal vez es demasiado temprano para decírtelo… pero nunca se sabe… Tal vez un día sea demasiado tarde… Bueno…, sabé que nosotros somos una familia de mediocres.
Mi interés por las bolitas de pan cesó improvisamente.
— ¿Qué quiere decir “mediocres”?
— Que no somos ni buenísimos, ni incapaces, ni genios, ni estúpidos, ni inteligentes, ni cortos… Estamos siempre en el medio. Mi abuelo era un mediocre, como mi padre, tu padre y yo mismo. No hemos sido capaces de hacer nada que esté realmente fuera de la norma, hemos perdido siempre. Esto de por sí no tiene nada de malo. La humanidad está hecha de gente como nosotros. Lo único importante, recordalo siempre, es que nos debemos esforzar, a pesar de nuestros límites, de hacer siempre lo mejor que podamos. Tratar de ser un mediocre de alto rango, y no es siempre fácil.
— Y yo, Abuelo, ¿también soy un mediocre?
Él no me respondió, me buscó con los ojos, alargó el brazo y me acarició las mejillas. Después volvió a mirar afuera siguiendo las líneas imaginarias, pero su mirada ahora estaba húmeda, compungida.

…y yo ahora estoy acá, sentado en una terrasse de un bistrot parisino bajo un hongo de lata que me protege del frío de esta todavía joven primavera. Querido Abuelo, en esta misma edad mía fuiste golpeado por la isquemia… Miro a la gente caminando delante de mí. Sé que vos esperabas que yo no fuese un mediocre, lo entendí cuando mi padre me contó que a los pies de tu cabecera quisiste un dibujo en un papelito que me habría debido representar. Tal vez la última imagen que te llevaste con vos. Yo ahora tengo sesenta años. Vos hiciste aquel retrato con una tiza colorada. ¿Sabías que todavía tengo aquel dibujo? No se me parece para nada, pero ¡qué me importa! Lamentablemente pienso (y en el umbral de mis sesenta años puedo escribirlo con certeza) de haber respetado la tradición de la familia. Como dijiste vos, no es algo grave. Pero (y esto te lo puedo jurar) hice todo por dar lo mejor de mí… y pienso que continuaré haciéndolo. 

Levanto la mirada y dejo que vague entre los techos de las casas adelante mío… ¡Ya no sabré nunca cómo jugabas con las líneas! Pero, por Dios, ¿cómo hacías para seguirlas?

por Italo Persegani

Italo Persegani es un milanés de sesenta años que trabaja en una multinacional en París y que un día sintió la necesidad de escribir todos los días algo. Hoy ya escribe más espaciado pero sus historias son de una simpleza impecable y muy agradable. Su blog se llama Il Guazzabuglio.