Cómo destruir al feminismo de una vez y por todas

El feminismo nació con buenas intenciones pero creció con mala alimentación. Empezó con el anhelo de construir una sociedad más igualitaria entre el hombre y la mujer, tanto en el aspecto jurídico como económico, de forma que ambos géneros pudieran tener las mismas posibilidades materiales dentro de una sociedad.

El movimiento tuvo una de las principales intelectuales del siglo veinte, Simone de Beauvoir, quien definió dos concepciones diferentes dentro del feminismo: el igualísimo y el separatismo. La primera posición señalaba la intrínseca equidad de ambos géneros. La segundo, un poco más sutil, hablaba sobre diferencias congénitas entre unos y otros, las cuales había que tener en cuenta para lograr una igualdad real entre ambos sexos.

Ambas teorías intentaban llegar a un escenario idílico donde hombres y mujeres no estén sometidos a cumplir un rol social por el simple hecho de haber nacido con determinado sexo, pero las dos posturas proponían caminos diferentes para consolidar el objetivo.

Simone de Beauvoir, preocupada por el aspecto práctico del asunto, tomó posición por la primera teoría. Ella creía que las instituciones estatales mantenían una estructura armada con valores propios del género masculino y que solo era posible consolidar la igualdad de géneros a través de amoldar a las mujeres a dichos valores. Y no estaba tan equivocada. En aquella época, los únicos valores propios de la mujeres eran los de cocinar y planchar, lo cual daba cierta lógica al pensamiento. Por consiguiente, la mayoría de los países del mundo terminaron optando por esta postura.

Gracias al igualísimo, pudimos tener algunos logros reales para con las mujeres: es frecuente verlas debatir en los parlamentos nacionales, se han disminuidos las sanciones sociales si alguna quiere tener una vida liberal, nadie va a cuestionar su salud mental si no quieren formar una familia, etc.

“Lo hemo logrado”, dirán algunos, “las mujeres están en camino de ser igual que los hombres”. Y sí, así es, cada día se parecen más a nosotros: se pelean en los boliches, como nosotros; se emborrachan hasta desmayarse en la calle, como nosotros; se insultan y se escupen, como nosotros; dan grandes discursos cuando mandan soldados a la guerra, como nosotros. Sintámonos orgullosos, hemos trasformados a la mujer en un macho castrado.

Por supuesto, como también pasó con la sociedad en general, los feministas también cambiaron. Los simpatizantes de esta ideología se han despojado de su nobleza originaria y han pasado a caracterizarse por tener cierto visible resentimiento social. Quien no ha vistos a estas mujeres llorar en los programas de televisión porque, según estas, las películas de Disney le impidieron tener un noviazgo saludable en su adultez. Creen tener una superioridad moral por el simple hecho de no tener las piernas depiladas. Pero eso sí, gritan a los cuatros vientos cuando el hombre no paga la cuenta de la cena él solo. Todos sabemos de memoria como son.

El problema de hoy en día, creo yo, es seguir dejándonos gobernar por un pensamiento  concebido para una sociedad de hace sesenta años. Todo ha cambiado desde ese entonces, y no considero nada práctico seguir hablando como si nada hubiera pasado desde entonces. En Argentina, por tomar un ejemplo, la mayoría de las personas recibidas de la facultad son mujeres, por lo tanto hablar de desigualdad de géneros desde el lado estatal es un anacronismo un tanto ridículo. El poder real está en manos de los hombres, nadie lo va a negar; pero el poder institucional está dado a favor de la igualdad, por consiguiente solo es cuestión de tiempo para consolidar las demás injusticias.

Creo que, hoy en día, necesitamos volver a pensar la sociedad, pues ya no es solo un problema de una parte de la población, sino que es la sociedad en sí la que necesita ser reformulada en su totalidad. Hemos agotado el igualísimo y ahora podríamos aprovechar el momento de cambio de paradigma para replantearnos cómo queremos vivir de acá en adelante.

Necesitamos repensar si queremos seguir incitando a las mujeres a comportarse como hombres en lugar de intentar construir una sociedad donde los valores femeninos —la delicadeza, la dulzura o el altruismo— no sean catalogados como valores débiles, propios de personas sin la firmeza necesaria para lograr tener éxito en el mundo actual. Tenemos una oportunidad de cambiar todo de nuevo. Podemos reconstruir una sociedad nueva, y no sumar personas a un mundo viejo. Podemos hacer una sociedad donde los hombres tengamos que aprender de las mujeres, y no viceversa.