Las maneras del deseo

—  …y ella se dejó caer pesada sobre el sillón y después de una especie de rebote lento sobre el almohadón, manoteó la cartera a su lado y metió su mano. Pero cuando lo hizo no parecía buscar algo sino que pareció hundirla, sumergirla dentro de aquella cartera como si dentro estuviese toda llena de miel…
— ¿De miel…? ¿Y eso qué significa?
—  No lo sé, usted es el psicólogo.
— Perdón, me refiero a usted, ¿qué le significa que ella hundiese su mano en una cartera llena de miel?
— No, no es eso, es la sensación. Su mano se zabulló con comodidad, pero pareció entrar con decisión, como haciendo levemente un esfuerzo. Como si ella empujase su mano para que esta penetre dentro de la cartera…
— Perfecto, comprendo. Siga.
— Luego revolvió la mano, yo veía el brazo hasta antes de la muñeca girando sobre la boca amplia de su cartera como si fuese la cuchara del druida que revuelve su poción.
— ¿Usted lo sentía así?
— Sí.
— ¿Por qué sentía la magia en est…?
— No, doctor, no emulaba a la magia, sino al proceso de preparado, a la ermita de cobre que es depositaria de algo misterioso.
— Lo comprendo.
— No estoy seguro de que lo comprenda.
— Sí, lo comprendo. Ella hurgaba en su cartera encerrando el misterio de qué es lo que hacía allí dentro aquella mano.
— ¡Sí! ¡Eso…! Disculpe, pensé que no me había expresado bien.
— Continúe.
— Puede parecer tonto, pero sus cejas dieron un casi imperceptible salto cuando encontraron lo que buscaba allí dentro. Una minúscula mueca, como un ancho de espadas solo advertible para los que teníamos clavadas nuestras miradas sobre sus cejas, sobre sus ojos…
— ¿Había alguien más mirándola?
— No, sólo yo.
— Continúe.
— Sacó su mano y parecía el brazo de una grúa que sacaba una jaula marina de las aguas.
— Otra vez el misterio.
— Sí, otra vez. Su brazo fue saliendo y su mano apareció desnuda, sin guantes, con el paquete de cigarrillos en la mano. Un paquete blanco con…
— ¿Ella tenía guantes? No lo recordaba.
— No, no tenía guantes.
— Y ¿por qué lo aclara?
— Porque usted esperaba que saliera una mano con guante.
Al psicólogo se le cayó la lapicera que recogió con torpeza y miró al paciente con una expresión más atenta.
— ¿Y cómo sabe eso?
— ¿Es así o no?
— Bueno… La verdad que no lo sé, pero me sorprende por dónde está yendo con sus pensamientos, Benitez. ¿Qué importa si lo imagino con o sin guantes?
— Importa que la imagine sin guantes.
— Pero si usted quiere que la imagine sin guantes comience diciendo que la mujer no tenía guantes… Además lo normal es que las mujeres no usan guantes comúnmente salvo en ocasiones.
— Esta era una ocasión.
— ¿Qué sucedía?
— Ella sacaba un cigarrillo.
— Pero, Benitez, una ocasión es algo excepcional, ella probablemente hiciera esto quince veces al día…
— Ocho.
— Bueno, ocho… ¿Cómo sabe que ocho?
— Conozco a las mujeres cuando fuman ocho cigarrillos diarios.
— Pero… Pero ¿cómo puede saber cuántos cigarrillos…? ¿Y si fuma siete?
— Ocho. Reconozco en una mujer cuando fuma tres, ocho y diecisiete cigarrillos. Cuando fuma rubios o negros. Cuando fuma marihuana solo unas veces al mes…
— Benitez, siga con el cuento.
— No es un cuento, es el acontecimiento que…
— Sí, el acontecimiento. Ella sacó el paquete de la cartera.
— Era blanco con una franja colorada, como la camiseta de River. Pero son cigarrillos australianos, no sé la marca, pero tengo entendido que son australianos. En ese momento, mientras veía como sus dedos desenrollaban la cinta roja de la tapa de cartón de la cajita imaginé que podía sentir el aroma seco de sus hierbas picadas en los rolos blancos de papel… y olía a prado al costado de la ruta. A esos predios verdes que tienen algunas industrias limpias, prolijas a la vera de un camino provincial, con árboles, plantas, pero mezclado con los escapes de sus camiones o el gasoil de sus camionetas… así olía su paquete cuando abrió. Todo se llenó de ese círculo de mapa, un prado tibio al resguardo de una siesta de primavera. Sus dedos sacaron un cigarrillo y lo giraron con una seguridad hermosa, con un rito sereno pero elegante. Sus párpados no se movieron, pero sus ojos que miraban para abajo se levantaron en un segundo y sin poder reaccionar quedé clavado por aquellas pupilas grandes y profundas. El aroma de la hierba me mareaba un poco. ¿Tomillo…? ¿Lotus…? Había otros olores además del tabaco. Ella me miraba mientras le daba nalgadas a su cigarro contra el lomo de su libro. El tabaco de la boca se fue hundiendo hasta volverlo menos blonde, más fuertón. Levantó su cilindro, su falo liviano de pasto seco, y lo pasó de punta a punta por su nariz. Lo olía, doctor… Lo olía, se lo juro…
— ¿Olía el cigarrillo?
— Sí. Se pasaba el cigarro por la nariz para viajar conmigo a ese predio en la ruta, a ese claro entre eucaliptus enanos a las puertas de aquella planta industrial don…
— Pero ¿por qué cree que ella tenía en mente aquel lugar?
— Porque si huele el cigarrillo es porque sabe de aromas, y esos aromas son de ese sitio.
— Pero puede sentir el aroma de otra ruta…
— Pero ¿por qué voy a imaginar que es en otra ruta si tengo las mismas opciones para pensar que estamos en el mismo lugar…?
— Bueno, es verdad que no pasa nada, pero las chances de que ella esté imaginando el mismo lugar son ínfimas, incluso hasta puede estar cerca y ni siquiera ser el mismo lug…
— Las posibilidades son las mismas. Uno a uno. Y de hecho coincidíamos. Coincidíamos porque en las oportunidades donde las posibilidades son uno a uno, siempre se cumple. Porque la posibilidad de que acierte en una situación de uno a uno son de uno a uno, lo que me da un setenta y cinco por ciento de posibilidades. Además…
— ¿Además qué?
— Además me lo dijo.
— ¿Se lo dijo?
— Sí. Cuando encendió el cigarrillo la brasa ardió como las quemas de hojas en las tardes oscuras de invierno, y ella usó su boca de fuelle invertido y aspiró, aspiró todas esas hierbas tostadas, tallos resecos diminutos, hojas, cortezas… y mientras lo hacía volvió a levantar sus ojos y los disparó contra los míos, separó su cigarrillo que humeaba como un revolver, y largó una línea recta gris azulada que lo copó todo, invadió todo el ambiente, y en un segundo sentí aquella quema de hierbas en mis narices.
— Y ¿cuándo le dijo que ella también estaba en aquel lugar al costado de…?
— Ahí. Me lo dijo así. Me largó el humo y los dos supimos que estábamos en aquel predio. Cuando llegó la ola cálida de su aroma no pude evitar imaginarla sin ese saco oscuro, con su camisa semitransparente desabrochada…
— Benítez, vamos a dejarlo acá. Lo espero el martes que viene.
— ¿De verdad no quiere saber lo que pasó?
— ¿Lo que pasó…?
— Muy bien…, hasta el martes, doctor.

Apenas se cerró la puerta, detrás de la cortina apareció un hombre.
— Pero ¡Cómo lo sacaste justo en el momento en que se ponía bueno!
— Nos vemos el martes que viene, Galarza.
— Pero… Pero este tipo… ¡yo me tengo que hacer amigo de este tipo! ¡Su capnolagnia me fascina!
— ¿Capnolagnia? Su parafilia no son las mujeres que fuman. Es narratofílico, goza de contar sus experiencias reales o imaginarias. Esta de los cigarrillos parece buena, pero la de la mujer que quería ser viuda negra y tenía relaciones sobre hamacas de crochet colgadas a grandes alturas fue para un documental.
— ¿Narratofilia…? Pero yo tengo narratofilia…
— Es la misma parafilia, pero vos sos el pasivo, te gusta escuchar las historias.
Galarza se quedó mirando el piso.
— No te preocupes. Ahora viene Crocce, uno que padece Simforofilia, se excita organizando accidentes. Ese sí que necesita una mano.
— Bueno… Bueno, gracias, doctor. Lo veo el martes entonces.
— El martes, Galarza.

Galarza abrió a la puerta y al cruzar el umbral una doblez en la alfombra engancha el zapato y cae de maneta torpe en el palier de entrada. Enseguida unos gemidos hicieron que Galarza mirara a todos lados desde el suelo.
— ¡Crocce, adelante!