La infancia y el talento

“La única patria decente es la infancia” Fernando Savater

 

Bioy Casares, antes ser el famoso escritor de literatura fantástica, era un niño como casi todos los demás de su época. Disfrutaba de jugar con sus amigos de la escuela. Se enamoraba perdidamente de las compañeras de curso. Leía un libro de literatura cada tanto. Pero, por sobre todas las cosas en el mundo, lo que más le gustaba hacer era ir a la feria y jugar a todos los juegos disponibles para alguien de su edad. Era su diversión favorita. Nunca perdía oportunidad para pedirles a sus padres que lo llevaran cuando había una feria cerca de su localidad. Sus papás, que de vez en cuando tenían tiempo y ganas para llevarlo, le cumplían la petición cada vez tanto. Pero un día en especial, cuando se encontraban demasiados cansados para llevar a su hijo hasta tan lejos, le pidieron al tío que acompañara al chico, pues sabían que nada malo le iba a pasar si iba con un adulto. No pudiera precaver que el joven Casares, iba volver de la feria con alguien más: un perro, el cual había ganado en unos de los muchos concursos que participó.

Quizás a muchas familias no le molesta tener una mascota en su casa, pero para la familia Casares era todo un problema adicional. En otra oportunidad le hubieran ordenado dejar el perro en la calle. Pero al ver a su hijo tan feliz, no le pudieron decir nada, y solamente se dignaron a felicitarlo por su nueva adquisición. Acto seguido, le ordenaron irse a dormir, pues ya era muy tarde para estar levantado.

El niño cumplió con el mandato familiar en su debida forma. Dejó el perro en el patio y subió a su cuarto con el pleno convencimiento que a la mañana siguiente, cuando se despertara, iba a tener todo el día (o toda la vida, quien sabe) para jugar con su nuevo amigo. Y así hubiera sucedido, si no hubiera sido por un pequeño inconveniente.

Cuando se despertó a la mañana siguiente, el joven se levantó de un salto de la cama y salió corriendo a buscar a su perro con las intenciones de pasar el resto del día con él. Lo buscó por todos lados: la cocina, el living, el patio. Pero no importa donde lo rastreara, no lo podía encontrar.

Entre el desconcierto de no poder averiguar dónde se había escondido, decidió preguntarles a sus padres si sabían algo de él:

— ¿Qué perro? — Le respondió su padre con voz desconcertada.

—El perro que me gané ayer en la feria, papá; me viste entrar con él—

—Ayer no fuiste a ninguna feria, te quedaste todo el día en la casa. Lo tuviste que haber soñada ayer—le contestó el padre con una frialdad propia de un político en plena campaña electoral.

Obviamente, los padres le habían mentido y solamente querían que su hijo se olvidara de su perro lo antes posible para no tener estar obligados a tener una mascota en la casa. Quizás la anécdota no parezca tan grande desde lejos, pero esté acontecimiento derivó a que el niño Adolfo Bioy Casare quedara tumbado en su cama durante una semana, padeciendo leves ataques de neurosis, ya que lo había abrumado el sentimiento de irrealidad de aquella situación.

Solo una semana después, el niño escribió su primer cuento como medio para mitigar el dolor de sentirse atrapado en un mundo de sinsentido. Y es que por suerte, el destino tiene un humor un poco complicado pero nunca pierde la gracia.