Caso Lidia Rosseau

Sacudió el polvo de la gran repisa. Recorrió las obras con su dedo índice, con su mirada pensativa, su mente ágil y lúcida, “Ya no se hacen estas ilustres cubiertas en cuero” pensó Lidia, esa presentación que a las obras les daba un carácter, distinción, notoriedad, luz propia… se detuvo en las letras doradas de la enciclopedia, luego, tomó el Martín Fierro, lo olfateó, acarició los bajorrelieves de la tapa, volvió a guardarlo en su lugar. Momento después, se paraba a contemplar el todo de su biblioteca sumergida en divagues, posando su vista a un lado de los estantes, sobre una replica enmarcada de El hombre de Vitruvio; pensaba en el carácter pasajero, efímero y poco romántico que había tomado el conocimiento en los últimos tiempos, estrictamente informatizado: esquivos bits, imágenes fugaces, cálculo y precisión en el motor delas búsquedas más que ansias y motivación, falta de educación lectora, de indagación verdadera, un clic, un pantallazo, una hoja.

—Es largo mirá… ¡Son como quince páginas! Mejor Googleá de nuevo, —le había oído decir hacía pocas tardes a un amigo de su nieto mientras hacían los deberes. Diecisiete años… pensaba Lidia, alzaba sus cejas y meneaba suavemente la cabeza. Todos alguna vez en la vida nos habíamos quejado de la cantidad de páginas de un libro, ahora, en tiempos acelerados, se quejaban de los resúmenes. Luego, con el correr de la edad, al transformarnos en lectores maduros, aprendíamos que la importancia del contenido y los temas que podían desglosarse de una buena obra justificaban su extensión, tanto así, que algunos libros quedaban chicos, dejaban temas abiertos, ideas inconclusas, y la curiosidad naciente, impetuosa, nos poseía, se corporizaba en nosotros mismos animándonos, haciendo que sin meditarlo demasiado nos moviéramos inmediatamente a tomar otro ejemplar, aún más grande que el primero, para atar esos cabos sueltos, textos del mismo autor, de otro, de otra época, quizá hasta de diferente linea de pensamiento, con una visión empapada de otra realidad; era un asunto apremiante confrontar ideas e información, analizarlas para formar la propia opinión con sustento teórico en la voz de grandes investigadores, para crecer intelectual y espiritualmente. Era el maná de la propia existencia. Lidia, pensaba en lo difícil que se había vuelto hoy día esa aventura intelectual, ese acto espontáneo del descubrir sin querer queriendo, hilvanando temas y autores, encontrando perlas de cristal de casualidad en ese camino por el que tantas veces había transitado de niña, entre libros, en la biblioteca, en la casa de su abuelo, cuando examinando páginas en búsqueda de la información o el autor que le habían pedido en la escuela tardes enteras sumergida entre hojas, de repente, se topaba con eso, con lo nuevo, algo se le movilizaba adentro y entonces, además de lo que debía, aparecía una necesidad imperiosa que la obligaba a adosar esa lectura a la anterior, apartaba el libro de la pila. Así, pasaba de geografía a historia, de historia a antropología, de allí a arqueología, de esta última a literatura mitológica y, por correlación, a literatura, se movía en universos de folclores seductores como el de los escarabajos egipcios, que se apoderaron del pensamiento de Kafka iluminando sus inquietudes personales, mundos impensados, plagados de extraños y mágicos seres, como los que Homero había visitado en su Odisea, como los que Lovecraft había estudiado y clasificado en profundidad o a los que Ciruelo Cabral continuaba yendo en búsqueda de inspiración para descubrir esas esplendorosas obras desde las entrañas de las rocas, para crear con su puño danzante, con sus mágicos pinceles cuyas férulas, se decía, eran de acero valiryo, verdaderos portales entre mundos. Alucinantes culturas y criaturas se desdibujaban entre líneas imaginarias, viajes etéreos; viajaba a otros tiempos de diferentes melodías, pasando desde finas piezas clásicas interpretadas en piano a danzas tribales bajo excitantes redobles de tambor, tomaba mate escuchando a brillantes mentes acercándole sus  distinguidas, claras u obscuras visiones del mundo, de la vida, de la humanidad. Entre página y página, aprendía que la política y la economía se relacionaban estrechamente con todo lo anterior, con el campo de la historia, con el conocimiento y las creencias, y que sólo eran posibles en el marco de la ecología, de esa gran caja de petri con cierta capacidad de carga que contenía a la biología de la que eramos tan sólo una ínfima y pasajera parte, prima hermana de la ciencia, disciplina que podía fluctuar entre el cielo y el infierno, poderosa, sin límites, cuyas fronteras borrosas se encontraban más allá del bien o del mal, que aplicaba la inteligencia y se vinculaba tanto con las filosofías personales como con la religión o doctrina de cada investigador, con su propia psiquis… psicología, una de las armas más importantes del mundo, capaz de mover montañas… la sensibilidad o frialdad con la que se miraba, vivía y manipulaba la realidad, la que había desvivido a Freud, Adler, Lacan, y muchos otros que buscaron explicar y entender de algún modo la conducta humana, el comportamiento a grandes escalas, el que movía a la sociología y se vinculaba tanto con lingüística, campo sutil de comunión  entre la sensibilidad y la razón. Inteligencia, expresión, pensamiento, conducta, todo estaba relacionado con todo y atravesando ese todo estaba el arte, el modo en el que las almas más sensibles podían subsistir, ese manifiesto, ese tacto del mundo de las mentes más particulares y auténticas. Le agradaba la idea de compartir ese sentimiento de admiración por el todo, por el conocimiento y sus interrogantes inagotables, por la humanidad, esa forma de asir y aprehender el entorno. Recordaba a Herbert Spencer, Darwin, H.Hesse y la incansable búsqueda personal de cada uno, la misma que había movido a E. Sabato de disciplina en disciplina, de la ciencia a la educación, a la militancia, de ahí al incomprendido escritor, al casi ermitaño artista… difícil mundo el de los idealistas, sensible, sufrido, sentido. Pensaba en Dostoyevski, en Van Gogh.  Así, se conformaba poco a poco su intrincado y basto universo de culto personal, esa maraña de lanas de colores, hilo de seda y alambre de púas que había ovillado durante toda su vida y que hoy a sus cincuenta y pico largos años contemplaba a medio metro de la repisa con sentimientos encontrados, un mundo propio poblado de voces diversas que escapaban de las hojas, algunas susurrando, delicadas, otras a los gritos, desesperados, o prepotentes, que erizaban la piel con tan sólo leer el título, con mirar la tapa. Su mente se transportaba al son de la música emanada desde los estantes, deslizándose en el aire según el estado de ánimo con el que la mirara. Se preguntaba si su nieto, si las nuevas generaciones, ante esa ausencia física de asociaciones, encontrarían algún modo de catalizar esas evocaciones, ligando de modo cuasi sensitivo los saberes a las páginas, a recuerdos y momentos: olores y textura del papel acorde al paso de los años, manchas en las hojas, tiempos personales… dudaba si alguna vez podrían llegar a afianzar este tipo de sentimientos, estas divinas percepciones, o si sus vidas estarían atravesadas por no más que frívolos datos y conexiones lógicas.

A veces, Lidia se volvía a su biblioteca interrogándose sobre esta manera de vivir, ¿Sería acaso una mera manía… como la de aquel que llena su cuarto de pisapapeles o de artículos japoneses, una forma de escapar, de impregnar objetos triviales con valores imaginarios, santificarlos en el caos del alma, llenar los espacios vacíos carentes de sentido y refugiarse de algún modo de ese chiquero exterior generalmente tan inaceptable? Quizá. Los polímatas, los letrados… especies en peligro de extinción; a caso raros personajes próximos a catalogarse en el DSM-5, sería proprio llamarle a este tipo de patología: “Síndrome de Alonzo Quijano”, si es que ya no existía. ¡Cómo le hubiese encantado nacer en otras épocas, pertenecer a la generación del veintisiete! Hoy, en estos tiempos donde ponderaba lo tangible, lo servido, decirse erudito era condenarse a portar una cruz, como mínimo el estigma del sabiondo, el feo, del indeseable, y si se tenía un sex-appeal aceptable, era de merecer ser considerado una suerte de pedante atractivo, un engreído extravagante. Difícilmente por conocimientos y trabajo serio uno se hacía loable, pensaba. Aquí, sin dudas, los más inteligentes eran los que cultivaban el exterior, era una cuestión de adaptación, de evolución, de supervivencia, no así los que se sumergían entre palabras, números y símbolos, en arduas investigaciones, leyendo, escribiendo, repensando el universo, el ser, tan inútilmente pensando, como ella.

Finalmente volvía al living con un libro en la mano. Su marido, desparramado en el sillón frente al gran televisor ya era una postal clásica, insoslayable: la corbata desatada, control en mano, dormido, un charco de baba adornando el apoyabrazos y sus asquerosos pies transpirando inmundicia sobre la mesita ratona, migas acá y allá, un salamín chorreando grasa cortado en finas tajadas contaminando el ambiente matutino, típico espécimen de Homo Vulgaris, nunca una charla inteligente. En su predecible elección de contenidos infantilizados, la pantalla podía mostrar tres tipos de imágenes salpicando apenas la lluvia de publicidades de modas y novedosos lanzamientos del mercado: el alienador partido de los fines de semana, el manipulador periodismo amarillista o el tendencioso circo mediático, en este caso, el zapping descontrolado se había detenido en un programa especial de una nueva guerra en oriente cargado de un morbo visual innecesario que realmente traumatizaría a cualquiera. No lo soportaba. Rememoraba el trabajo de Chomsky… Veinte años de tortura, de lealtad, de sumisión al patriarcado, al consumismo, de ver, vivir y sentir la cultura moderna compartiendo la cama con la más burda y fidedigna de todas sus expresiones, su marido. Lidia, fiel a sus principios, acérrima defensora de los mores sociales, aunque no del todo en acuerdo con muchos de ellos, se alejaba de la escena antes de cometer un ilícito, abría la puerta balcón y salía afuera a respirar, a tomar aire, el paisaje reconfortante de montañas colosales, lagos de aguas transparentes, turquesas, y centenarios cohiues le acariciaría los sentidos, la llenaría. Naturaleza, templo digno de eterna admiración. De repente, vendría a su mente como revelación, en respuesta a sus silenciosas letanías, la visita del pasaje de un cuento de Borges:

“(…)Pensé en un laberinto de laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo los astros. Absorto en esas ilusorias imágenes, olvidé mi destino de perseguido. Me sentí, por un tiempo indeterminado, percibidor abstracto del mundo. El vago y vivo campo, la luna, los restos de la tarde, obraron en mí; asimismo el declive que eliminaba cualquier posibilidad de cansancio. La tarde era íntima, infinita. El camino bajaba y se bifurcaba, entre las ya confusas praderas. Una música aguda y como silábica se aproximaba y se alejaba en el vaivén del viento, empañada de hojas y de distancia. Pensé que un hombre puede ser enemigo de otros hombres, de otros momentos de otros hombres, pero no de un país: no de luciérnagas, palabras, jardines, cursos de agua, ponientes (…) ”

 

Ciencias de la educación… su carrera, su vida. Desde que el médico le había dado esa tremenda noticia, desde que se había tomado esa maldita licencia sin retorno, desde ahí podía asegurar que ya había muerto. Estaba cansada, agotada de luchar en todos los aspectos de su vida, de ser una amazona en su profesión, en su pareja, la gota gorda aferrada al marco de la ventana con los dientes, resistiendo, peleando. Miraba el acantilado bajo el balcón. Pensaba en la sociedad, en la vida, en la trascendencia del alma, de las ideas. Pensaba en Favaloro. Pensaba en el uróboros, en ese eterno retorno que posiblemente al concluir la historia la devolvería nuevamente al punto de partida para aprender a fluir por la vida como en teoría había aprendido de Vasudeva, como el agua. Pensaba… y mientras lo hacía, su cuerpo, su pesada carga, se entregaba al caprichoso destino, a la fuerza de gravedad, respondiendo al llamado del abismo del mismo modo en que lo hiciera Alfonsina, que tal vez, quizá, hubiese escuchado el mismo llamado susurrando en el batir de la olas.

Cuando la policía científica llegó al lugar del hecho, antes de rastrillar la zona en búsqueda de evidencias para armar el caso, le hizo unas pocas preguntas de rutina a Roberto, el marido. No encontraron más que el cadáver desfigurado como cuadro para una toma fotográfica perfecta, ideal imagen para la anodina nota periodística que a la mañana siguiente saldría en primera plana junto al alarmante epígrafe: “Atención: las imágenes del artículo pueden dañar la sensibilidad del lector” (el editor, saltaría de la emoción tras el éxito en ventas que le daría esa edición). A pocos metros del cuerpo se encontraba tirado un libro, revolcado y deslucido por la caída: “El amante de Lady Chaterley” de D. H. Lawrence, junto al mismo, en posición de guardia, un raro y asqueroso bicho que el oficial a cargo no había visto jamás en su vida, incatalogable, tornasolado, duro y con dos antenas enormes que parecían estar analizándolo. Evadiendo los pisotones con destreza y desplegando sus helicoptéricas alas, el bicharraco lograría huir hacia el bosque.
—¡Wacala! Decime, ¿Por qué dios tiene que crear criaturas tan abominables? Le diría el oficial a uno de sus compañeros mientras se sacudía el traje entre espasmos, preso del espanto.

El caso se caratuló como suicidio pasional, seguramente desatado por la depresión de la enfermedad terminal en combinación con la falta de correspondencia amorosa. En la cabeza de Roberto sólo había lugar a un pensamiento más allá del dolor de la pérdida: con quién podía haberlo engañado Lidia, por quién se habría matado. Del trabajo de Lidia, de sus inquietudes y aportes, de sus desvelos, de su vida, nadie sabría jamás…

Escrito por Vanesa Stati