Los amigos de la vida y el pasar de los años

Alrededor de los trece o catorce años tu vida dió un giro fundamental. Pasaste de ser un niño a ser un adolescente, tus viejos pasaron a un segundo plano, tus hermanos a un tercer plano y tus amigos pasaron a ser el motor de tu vida. En cada esquina tenías un amigo nuevo. Estaban los de la primaria, todos altos y boludones, los de la secundaria, todos borrachos y con ganas de comerse al mundo, los del club, los del barrio y los que te hiciste aquel verano en la costa.

No te alcanzaban las horas del día para verlos a todos, te estallaba el teléfono de mensajes, llamadas, juntadas y planes. Dormías muy poco, caminabas muy mucho y salías sin parar. Al ver a tu grupo te sorprendías de lo mucho que compartían, les gustaban las mismas cosas, la misma música, los mismos boliches, las mismas jodas, las mismas minas, los mismos autos, los mismos juegos. Formabas equipos de “hermanos de sangre” en cada cuadra, por los cuales dabas la vida y de los cuales esperabas convencido que recibirías lo mismo.

Entre los 17 y los 19 terminaste la secundaria y tuviste que decidir qué hacer, estudiar o trabajar, los primeros amigos que se alejaron de vos fueron los del club. Algunos eligieron el deporte, otros el trabajo y otros más el estudio. De aquel equipo te quedaron con suerte un par.

Durante el primer año de facultad aparecieron un puñado nuevo de amigos, pero perdiste a los de la secundaria y ya no pegaste onda con todo el curso. Aunque con tus compas de la secundaria se empeñaron en el “que no se corte”, los tiempos, las obligaciones, las novias y la vida los alejaron. De los de la primaria ni hablar. 10 años después quizas te los cruces y no sepas quienes son.

Entre los 18 y los 25 la universidad o el trabajo no son lo mismo que la secundaria, ahora ves que tus compañeros son competitivos y ambiciosos, aquellos que siempre estuvieron a tu lado comienzan a medirte en función de calificaciones, logros laborales y otras baratijas. El “más copado” ya no es el más divertido u organizador, sino al que mejor le va, en términos cuantificables. Poco a poco tus encuentros se resumen en los fines de semana.

Alrededor de los 25 o 27 años o te recibiste o llevas varios años laburando. Ahora es cuando hasta los más entrañables amigos de toda la vida te sorprenden. Se comienzan a medir cosas que no entendes, te loan o desprecian por logros efímeros y banales (o la falta de ellos), surgen aristas extrañas que generan sensaciones de rechazo. Las novias de muchos años o las recientemente esposas comienzan a opinar y a influir en las decisiones personales, por ende grupales. Los tiempos se acortan, las obligaciones crecen y nuevamente los caminos de la vida te alejan de aquellos a los que considerabas tus hermanos.

Y de pronto vos… que te creías el amigo del mundo, que te jactabas de ver que tu viejo se junta con solo dos pelagatos una vez por mes, que estabas seguro se sentirte “hermano” de muchos más que tus hermanos de sangre, estas casi solo. No se han ido, están, pero no como soñaste, no como creías. Entonces te pones a pensar y te cae la ficha… ¿Qué hiciste para seguir manteniendo unidos a tus amigos de chico?, ¿Qué tiempos te diste para darles?, ¿Qué resignaste por ellos para que ellos resignen por vos?, ¿Qué priorizaste en tu vida?

Aparecen nuevas caras, se van otras, vuelven los del pasado, se van los del futuro, pero siempre, siempre, gran parte de la culpa es nuestra. Nos guste o no.

Creo que el pasar de los años (y la estupidez del ser) va poniendo filtros en tu vida, y cada vez es más difícil que quede algo en el filtro, pero eso que va quedando hay que aprender a cuidarlo, porque una vida sin amigos es tan vacía como una vida sin amor.