Un día azul

Los zapatos se me llenaban de agua helada cada vez que pisaba la escarcha. Se rompía como huesitos azules y me mojaban las medias y los zapatos. El gamulán tenía mas frío que yo. Mi tío era mas chico de cuerpo y a el le quedaba grande. Se envolvía en el gamulán cuando salía por la terminal a punguear, pero se dejaba un brazo afuera de la manga y como no tenía botones podía sacar la mano cuando quería y atropellar a alguien, como distraído y sacarle la billetera en un segundo, sin que ni el aire se diera cuenta. Era muy rápido mi tío y nunca se sacaba el gamulán, ni siquiera en verano, se lo saco mi tía cuando lo enterraron y me lo dio ami ya que ella tenia todas hijas y a ninguna le iba a quedar bien un gamulán, menos con un agujero en el pecho. Cuando me lo dio me pareció pesado, abrigado y le di gracias a Dios que la policía haya matado a mi tío. Pero cuando fui creciendo me empezó a ajustar y me fui dando cuenta de que no era ni pesado ni abrigado. Hubiera sido mejor que tuviese todos los botones y no solo el del cuello. 

El Suave tenía un ranchito en la orilla del zanjón, al final de la calle Paraná, antes del corralón, justo debajo de la torre de alta tensión. Cuando llegue lo llamé despacito, no le gustaba que le gritaran, aunque era medio sordo. Se sintió eco, como si el ranchito por dentro fuese tan grande como una iglesia. Me dijo que entrara y su voz también hizo eco. 

Detrás de la cortina de plástico verde con flores amarillas, se me pararon los pelos por la corriente estática de la torre, De vez en cuando una chispa amarilla salía de la nada, flotaba entre las cosas como mirando, y explotaba contra el adobe húmedo. No sé porque siempre estaba mojado allá adentro, parecía que el aire era de agua verde. Había un catre con mil frazadas pero sin sabanas ni almohada, un colchón hueco y una lamparita colgando. Cajones de madera vacíos y botellas de vino tiradas por todos lados. Un gauchito Gil cómplice dormía la siesta entre las velas prendidas. 

El Suave se parecía a un indio de una serie de televisión, que no me acuerdo como se llamaba. Nunca me acuerdo los nombres. Estaba sentado en una reposera oxidada, mirando las flores amarillas de la cortina. Era raro verlo en la calle, nunca salía, nunca hablaba con nadie, pero siempre sabia lo que pasaba en el barrio. Él mandaba. En el barrio solo se respiraba lo que el Suave quería que se respirara. El Suave te daba y te sacaba. 

Tenía lo que te imagines, veintidós, treintaidós, nueve mm, los alquilaba por el día, por semana, por hora, por bala. Estaban escondidos por todo el rancho, abajo del catre, detrás del Gauchito Gil, enterrados en el piso de tierra. Siempre me llevaba el mismo, un 22 Taurus, chiquito pero que igual asustaba. Yo sabia que me esperaba, como para salir a jugar. Cuando me lo lleve estaba frío. Siempre después de que me lo ponía en la cintura se calentaba ahí no más, pero esa mañana no. Me hizo acordar al velorio del Oso, que tenia algodones en la nariz y tres tiros en la espalda, con la piel blanca y la misma mosca de ojos azules apoyándose una y otra vez sobre la frente, mientras la madre del Oso lloraba a los gritos y la espantaba con la mano en la que tenia enrollado el rosario y Jesús ya estaba mareado de tanto ir y venir. 

El Oso nunca se pudo quedar quieto, jamás. Era como la mosca, iba y venia, molestando. Cuando la Chevy apareció por la esquina el Oso estaba tomando cerveza en la vereda del almacén. Fiado, porque sino se volvía loco y quería romper todo y el viejo Suárez se tenia que esconder en la cocina mientras el Oso le revolvía el negocio y lo insultaba y se llevaba la poca plata y la poca mercadería que había. Entonces se le fiaba algo que de todas formas nunca iba a pagar. Llevaba como cinco porrones, sentado solo sin que nadie se animara a entrar al negocio para no cruzarse con el. La Chevy, con las luces apagadas y una sombra manejando, se acerco despacio. El viejo Suárez le grito al Oso que se tirara al piso. No porque lo quisiera salvar, sino porque lo odiaba y sabía que tenía cirrosis, hepatitis y HIV y lo quería ver vivir para que se muriera despacito. Pero corrió. Si se hubiera tirado en la acequia hubiera sido un aviso, pero corrió y se había tomado cinco porrones y había fumado como tres porros y trastabillo y le metieron tres tiros en la espalda y quiso seguir corriendo y se murió todavía corriendo. Se dio cuenta en la esquina de los Turcos y cayo. El Suave te daba y te sacaba. 

Al revolver le faltaba poco para tener un algodón en el cañón y una mosca de ojos azules revoloteándole. 

Cuando baje por Paraná vi en el zanjon con el agua podrida congelada, una rata azul. Parecía muerta, pero salió corriendo entre la basura y se metió entre la cabeza pelada de una muñeca y unas bolsas de plástico. El 22 latía despacito, cada vez hacia más frío. No sabía como ponerlo, entre la remera y la camiseta, después entre el buzo y el gamulan. Pero no había caso, cada vez se ponía mas frío. Bajé por Paraná hasta Derqui y entre por el pasillo que va hasta los monoblock. 

El Bola vivía en un último piso del bloque 3, con las ventanas llenas de malvones y siempre escuchando cumbia, meta cumbia. Se escuchaba mucho antes de llegar, se escucha todo el día, a toda hora. Ningún vecino se animaba a decirle algo al Bola, un gringo grandote, con el pelo entre negro y rubio y los ojos casi celestes. No se porque le decían Bola. Tomaba merca todo el día. Decía que la merca tenía olor a culo y se reía, pero se reía raro, con la dureza de la merca, para adentro, mostrando los dientes como un gato y moqueando, perdiéndose entre los azulejos del baño. Se pasaba horas peinándose el pelo con limón, bien para atrás, mientras se miraba tres veces en el espejo roto. 

La traía la hermana del Bola desde Salta, en colectivo. Conocía a un gendarme que la aguantaba y la cuidaba. Estaba enamorado. La hermana del Bola se lo gritaba a todo el mundo, porque en la casa del Bola había que gritar para escucharse, meta cumbia. Se reía del gendarme y sus bigotes. Se reía del gendarme y sus ganas de dejar a su mujer y sus tres hijos y casarse con ella. Se reía al verse vestida de blanco y se tomaba un saque, mientras repetía el nombre del tipo entre risitas. Le ponía merca en la punta del pintalabios rojo y se los pintaba despacito mientras le asomaba la lengua y se volvía a reír. Se tragaba condones llenos de merca, y después los cagaba en una olla mientras el Bola los iba contando, porque ninguno confiaba en el otro, a pesar de que se amaban. 

Era temprano todavía para ir a algún lado, así que pedí permiso para darme un saque. En la casa del Bola había que pedir permiso para todo, para sentarse, para gritar, para tomar, para escuchar. La hermana me vendió una bolsita de 50. Le busque una punta sana a la cédula y saqué una montañita, para eso si que no me temblaba el pulso. Y era verdad, tenia olor a culo. Me la imagine a la hermana del Bola cagando, mientras el gendarme la miraba con amor, pero no me importo y seguí tomando. Sin hablar, sin mirar nada, nada más que tomando, de un lado de la nariz y después del otro, después jugaba y me tomaba dos saques de cada lado y después dos de un lado, tres del otro y después una mas del otro lado, siempre parejo. Me tome la bolsa entera, y me compré otra bolsa de 50, fiada, por señas le hice entender que le pagaba a la vuelta. La cumbia estaba muy fuerte y se me había trabado la mandíbula. 

De a poquito las cosas se fueron volviendo de hielo. El cielo de la ventana; los dientes del Bola, el peine y el limón; la lengua y el pintalabios de la hermana. La cumbia siguió sonando, pero en silencio. Se había congelado. Se escuchaba cuando la punta de la cédula raspaba el fondo de la bolsita y las piedritas de merca se desbarrancaban por un agujero negro de nylon espacial. Cuando no quedo ni una piedrita chupe la bolsa. Y me sentí un pez azul en un mar helado durante un rato largo, nadando solo, sin sol y sin ver el fondo. 

Se me había echo tarde. Cuando salí, en la ventana entre los malvones rojos, había un malvón azul. 

Fui por Yugoslavia, hasta la escuela y baje por la calle del paredón blanco. Pase a buscar al Riqui para que me acompañara. Fui con el Riqui un par de veces y me trajo suerte. En un quiosco y a una vieja. En el quiosco se quedo afuera, mirando por si venia alguien, mientras yo le vaciaba la registradora. Con la vieja se zarpó, pero se la perdone porque estaba llena de plata. Me dio lástima la vieja mientras el Riqui la arrastraba de la cartera y le gritaba que era una vieja de mierda y le pegaba un par de patadas, pero no se daba cuenta que se le había enredado la correa y la vieja gritaba porque no se podía soltar hasta que se corto el cuero y salimos corriendo y la vieja se quedo gritando en el piso. 

Me atendió la madre del Riqui, una viejita chiquita, que parecía que había que tener cuidado para no pisarla, siempre hablando con los gatos en la cocina. El Riqui no estaba pero estaba el Tuna, el hermano. Me quede un rato esperando que se levantara, mientras la viejita hablaba pero sin hablarme a mí, ni a los gatos. Le hablaba al esposo que trabajaba en la municipalidad y un día lo atropello el camión recolector marcha atrás. Le decía que lo perdonaba, que ya sabia que era por el vino, mientras se pasaba la mano despacio por la cara como si todavía le doliese. Un gato amarillo la miraba atentamente, sin perderse una palabra, mientras los otros se repartían por la cocina fría a pesar de las hornallas prendidas. 

Estaba medio loco el Tuna. Un día era veterano de la guerra de Malvinas y había matado como a tres gurkas y al otro día te decía que trabajaba de voluntario con los bomberos o que tenía un terreno en la sexta sección y que estaba construyendo una casa con pileta. A veces me parece que tenía varias personas metidas en el cuerpo y que a veces salía una y después otra y así. 

El Tuna tenía buen faso, no era paraguayo ni misionero, pura mierda que tiene amoniaco y meada para que los perros no la encuentren. Tenia fasito de el, que lo plantaba en el patio de la casa y se lo cuidaba la madre con el amor de la ignorancia. Se veía por la medianera como asomaban las matas, con los cogollos colgando. Los transaba en un minimarket de la calle Tirasso. Se sentaba tranquilito, con un porrón. Nunca los tenia encima, los escondía debajo de una piedra adentro de la acequia. Cuando llegabas te invitaba a sentarse y te servia un poco de cerveza. Despacito para ver si no había nadie, levantaba la piedra y te daba un fasito grueso como un dedo. Me quede esperando que me invitara a fumar para que se me fuera un poco la dureza. Lo único es que había que aguantar al Tuna que se ponía a hablar. Mientras sacaba la pipa de agua me contó la historia de cuando se había cogido en Córdoba a una puta renga que resulto ser la hija del dueño de un frigorífico, que estaba medio loca y se escapaba para patinar. El faso se juntaba con la merca y se rechazaban y se aliaban contra mí y empezaban a nacer los diablitos en mi cabeza. El humo hacia figuras entre el Tuna y yo, así que escuchaba al humo para no escuchar al Tuna. Lo oía salir por la ventana y moverse por el patio, raspando las enredaderas y escondiéndose detrás de unas botellas vacías. Cuando salí era casi el mediodía y la madre del Tuna estaba barriendo la misma baldosa hacia rato. La viejita se rompió en mil pedazos azules y los gatos los lamieron en el piso. No me acuerdo en que termino la historia de la puta renga. 

Mientras caminaba me parecía que estaba siempre en el mismo lugar. Me pegué unos saques sin pararme, uno de cada lado y vi que me quedaba poco. Nada. Iba a tener que pasar de vuelta por el Bola meta cumbia y pintalabios. Me dio mala espina que no estuviera el Riqui, encima el Taurus en la cintura se había congelado definitivamente y se estaba poniendo un poquito azul. 

Pase por la plaza de la fragata y vi los juegos, el tobogán, las maromas y un solo columpio y me dieron ganas de ver a la nena. Aunque la madre no me dejaba, yo iba a verla igual. No iba muy seguido, pero una vez le lleve un oso de peluche y la madre empezó que con oso de peluche no hacia nada, leche había que llevar me dijo. Leche pedía, si la conocí raneando en el túnel de la Terminal, cerca del hospital. Me causo gracia que tuviera pegamento como un bigote, un bigote verde. Metía la boca en la bolsita para aspirar y el bigote se le hacia mas grande y la bolsa de plástico parecía un corazón verde que latía asustado. Después quedo embarazada y se recató, consiguió trabajo en el supermercado de la Paso de los Andes de cajera y empezó a salir con el del fiat. Se hacían la familia con el del 128. Lo había visto dos veces, siempre con camisa blanca y pantalones pinzados. Un llavero con un montón de llaves, como si tuviera tantas puertas para abrir. El pelo prolijo y el bigote fino, bigote de milico de civil. Siempre sonriendo. Trabajaba con ella en el supermercado y se hacia el dueño y era un cabron muerto de hambre.

Me fui para la guardería en donde está la nena.

Cuando doblé por la esquina vi el 128 amarillo estacionado. Seguro iban al cine y al parque y a mi no me dejaban verla. Seguro que le compraba caramelos y yo no podía verla. Seguro que la esperaba al final del tobogán y yo no podía verla. El padre era yo, no importaba que no me viera, que no me conociera tanto, era mi sangre, era la cara de mi mamá. Me había tatuado el nombre de la madre y de la nena en la muñeca, así los podía ver siempre, como si viese la hora. 

La madre estaba subiendo al auto a la nena con guardapolvos azul, mientras el otro las miraba y se reía y los bigotes de milico se le movían. Parado con su camisa blanca y su obra social, como si yo no tuviera frío y no usase el gamulan de mi tío que tenía un agujero en el pecho. Apenas me vieron llegar se asustaron, pero hicieron como si no estuviera ahí. A dos metros estaba y no me miraban. Entonces le pegué. 

Como no se la vio venir se sorprendió y se cayó, entonces la madre quiso defenderlo y la agarre del pelo. Le quise pegar y se cruzo una maestra de la guardería. El anillo con una piedra azul que tengo de recuerdo de cuando vivía en Bahía Blanca hizo un ruido raro cuando le pego en la cara. La maestra cayó de rodillas. El del 128 se quiso levantar y le pegué una patada en la cara y se puso a llorar y a gritar que no le hiciera nada. 

Me dio risa porque parecía un payaso con toda la cara blanca del susto y la nariz rota y sangrando y la camisa blanca con lunares rojos. Me hizo acordar a un cuadro que había en la casa de mi abuela de un payaso llorando con una flor en la mano. El payaso estaba calladito y miraba. En mi cabeza tenia diablitos azules que se comían al payasito que estaba callado y miraba. 

Cada vez me dio más risa, no podía parar de reírme. Y riéndome la insultaba a la madre, la quería matar y le pegue la cabeza contra la pared, y me reía. Y le pegaba con la culata del 22 y me reía. No me dejaban ver a la nena y me reía. 

La maestra gritaba, no se como hacia para gritar tanto sin respirar. Se llegaban a ver los gritos, eran como hilitos de aluminio azul que se movían en el aire y se enroscaban en los árboles y se me metían en las zapatillas y se me enroscaban en los dedos de los pies. La madre de la nena me pareció que escupía gusanos, pero eran dientes y sangre, no se porque la sangre era azul. El del 128 se escapó, nunca supe donde se metió. La maestra seguía gritando, así que tuve que dar un par de saltos para sacudirme los hilitos que se me enroscaban en los dedos de los pies. La quise buscar a la nena, para decirle que le había comprado el cuaderno para las actividades, aunque nunca se lo compre. Era para decirle algo, pero cuando me vio se tapó la cara con las manos, como la vez que ella también se tapaba la cara y yo decía adonde esta la nena y ella se reía, pero ahora lloraba. Le dije que bajara el vidrio, pero se apretó la cara más fuerte. La madre se me tiró a los pies, y me manchó de azul los zapatos y las medias. 

Enfrente salió de no se donde, un pelado con un delantal que me amenazaba con un cuchillo, y ahí corrí, no por el pelado, sino porque seguro llegaba la policía. Y llego cuando estaba corriendo. Me gritaron algo que no entendí, pero vi que las palabras eran azules. Le tire dos veces, pero las balas no salieron. Mientras corría mire al revolver y me di cuenta de que tenía un algodón en el caño y una mosca de ojos azules revoloteándole. 

A lo lejos vi que me corrían dos policías y sentí un disparo con sonido azul. Al principio no sentí nada y seguí corriendo, pero como que fui desapareciendo de a poco. Primero las piernas, después yo. Como si me derritiera. Y mientras me iba derritiendo me mire el pecho y pude ver que adentro estaba azul. 

Ahora no se donde estoy, pero todavía sigo corriendo.

 

Escrito por Adrián Monetti