La prisión

“Hasta los pájaros están encadenados al cielo” Bob Dylan

 

Desde la calle se escuchaba los alaridos de los músicos tocar, las guitarras eléctricas y el redoblante de la batería. Solo había una sola persona que no estaba escuchando la música en aquel bar de mala muerte, pues sus nervios le requerían demasiada tensión para estar oyendo a las demás bandas. Él sabía que cuando el grupo de twist que ahora estaba tocando y nombraran al siguiente artista para subir al escenario, él se iba a parar.

Aunque en ese momento no era reconocido por nadie de los presentes, ese hombre tímido era Muddy Waters, uno de los genios de la música. Dentro de algunos años, cuando las bandas inglesas fueran a tocar en el continente americano y todas ellas señalaran como fuente de inspiración a ese hombre, aquel negro iba a ser consagrado como un genio sin precedentes.

Pero ahora, mientras esperaba su turno para subir al escenario, no era más que un alfeñique, una persona sumida en la timidez propia de un estudiante en su primer día de clase. Era, además, un hombre con dos problemas insolubles entre sí: ser negro y querer ir al baño. Y que conste que esto era todo un dilema en aquella época.

Por aquel entonces, los baños de Estados Unidos estaban divididos en dos: para el uso de personas negros y para el uso de personas blancas, y ninguna de las dos “razas” podía pisar el baño del otro sin armar un alboroto racial. De modo que cada uno tenía que utilizar los sanitarios de acuerdo a su color de piel. El único inconveniente para Muddy era la ausencia de baños para personas de color en aquel antro, algo que ya lo empezaba a impacientar un poco, pues necesitaba desde hace rato un lugar para aliviar sus necesidades.

Por suerte para él, tomó nota que no había ninguna mujer en el bar y que era factible entrar y salir del baño de damas sin hacerle percatar a nadie su viveza. Cuestión que dejó la guitarra en la pared y entró al sanitario femenino con una agilidad de antílope. Tenía la seguridad que nadie se iba a percatar de su inocente transgresión y que iba a poder volver a su banquillo sin despertar ninguna sospecha.

Y así sucedió: entro al baño, bajó el cierre de su pantalón y empezó a descargar sus necesidades sin esperar ni un segundo. Lo hizo hasta que dos hombres, que lo sorprendieron por la espalda, lo tomaron desde los brazos y lo sacaron arrastrando del baño como si fuera una bolsa de papas.

La banda de twist paró de tocar y todos los presentes voltearon entre sí para encontrar la razón por la cual había sucedido el abrupto. Recién pudieron encontrarle explicación al suceso cuando divisaron al negro con los pantalones bajos y siendo arrastrado por el pasillo bar. Los presentes estallaron de risa al contemplar como el pobre músico lloraba ante la vergüenza de tener sus genitales expuestos al público. Nadie de los presente se quedó sin reírse de su desgracia.

Los guardias lo hicieran cruzar la puerta principal, lo tiraron al suelo de la calle y le dijeron:

—Termina de hacer tus necesidades y luego podes volver a tocar. Te estás jugando la paga—

El blusero lagrimeó por el vergonzoso suceso que acababa de vivir. Luego se levantó y buscó un callejón para limpiarse un poco. Volvió al bar diez minutos después, cuando el dueño del local ya había asumido perdida de su actuación. Pasó por la entrada del local sin pedirle permiso a nadie. Alzó su guitarra. Miró al escenario con una seguridad de media verónica y empezó a tocar sin avisarles a sus músicos de apoyo qué tema tocar.

Lo curioso no fue el hecho en sí o cual canción interpretó en aquel momento. La particular es que Muddy lloró mientras cantaba “yo soy un hombre libre”. Un negro dejo con la boca boquiabierta a un puñado de blancos al cantar que él era un hombre sin ataduras.

A mí me gusta pensar que con esta pequeña anécdota Muddy Waters nos mostró que la libertad no se encuentra en la ausencia de cárcel; sino, muy al contrario, está en tener el valor de romper los grilletes con los que nacimos.