El náufrago

Fue una tormenta impresionante, el mar azotó contra el barco, un rayo incendió la popa… al cabo de dos horas las llamas se confundían con el viento y la lluvia, todo era un infierno húmedo. Entonces se escuchó ese crujido, como un desgarro entre chispas y rayos, atronador, haciéndose eco en la inmensidad… y todo comenzó a descender, mar abajo. Luego de una agonizante noche de espanto y confusión en un pequeño botecito de goma, terminé exhausto de bruces en la arena de una pequeña isla. La tormenta siguió castigando mis espaldas, pero el cansancio me permitió solamente gatear hasta la arena y desmayarme hasta el otro día.

La isla estaba desierta, no había más que palmeras y arena, en menos de una hora la recorrí por completo, no había nadie, solo rastros del naufragio. Estaba solo yo y la nada, en el medio de un desierto de agua, en la más pequeña y lejana tierra de ultramar. Busqué desesperado entre el follaje salvaje de árboles y manglares, grité a los cuatro vientos rogando que alguien escuchase mi voz. Me zambullí en el mar intentando encontrar rastro alguno bajo el agua… como si algo pudiese estar vivo más que peces.

El pánico me sumió en un estado de angustia y depresión, el miedo me invadía a cada instante, los recuerdos me ahogaban, era presa del terror y la soledad, todo era confusión y mi desesperación se transformaba en llanto y desolación.

Decidí ordenarme un poco, debía salir de ese lugar, pero también debía subsistir primero. Recordé tantas historias sobre náufragos y supervivencia, tantas horas viendo actores solos en páramos salvajes y de nada me sirvieron. La desesperación inundaba mi razón y nada me salía bien de un solo intento.

Hacía fogatas a diario en varios puntos de la isla, por si algún barco pasaba cerca. Había dejado mensajes de auxilio en la arena con piedras que delineaban un “SOS”, por si pasaba algún avión. A piedrazos cazaba algunos pájaros que sorprendía por la retaguardia. Debo confesar que comía cosas que jamás hubiese probado, desde raíces y hojas, hasta bichos y cualquier animal posible. Atroces dolores de estómago me hacían dar cuenta que podía y que no. Construí un sitio con buen reparo para intentar descansar y cubrirme del sol en las horas más pesadas.

Pasaba horas mirando hacia el infinito mar y el eterno cielo, en la espera de un avión o barco cercano, ni siquiera ínfimos puntos negros divisaban mis ojos, ¿que ruta era que estaba tan desértica?

Al cabo de unas semanas había perdido noción del tiempo, pero una vez relativamente bien establecido, comencé a planificar la construcción de una balsa para poder tratar de volver a tierra firme. Todas mis energías estaban concentradas en huir. La soledad tremenda de ese lugar y el fuego de mis recuerdos y mis pendientes en mi hogar me motivaban a trabajar incansablemente en la construcción de mi salvación, mientras agudicé mi experiencia como cazador, tejiendo redes y lanzas punzantes.

Con el paso de los días la desesperación comenzó a crecer. Con el paso de las semanas los recuerdos de la civilización me atormentaban, con el paso de los meses la desesperación había llegado al límite de mi cordura, cada vez que probaba la balsa a los pocos metros se hundía, no había chances de que soportara una de las tantas tormentas que día tras día azotaban la zona.

Como si mi suerte fuese poca, los recuerdos de ella me afiebraban, me enloquecían, perdía la conciencia de pensarla, de recordarla. ¿En que estará? ¿Con quien estará? ¿Hasta donde habrán llegado sus esfuerzos por buscarme? Una mezcla de celos, angustia, tristesa y nostalgia me quitaban la energía diaria, pero esa intensidad de añoranza, con el paso del tiempo comenzó a cesar.

Entonces algo en mí comenzó a cicatrizarse…. decidí hacerme amigo del miedo, lo invité a compartir el día conmigo, lo hice tangible, físico, visible. Lo traje a buscar alimento y le conté de mi vida. Muchas veces me vi solo hablando como un loco… pero después me daba cuenta de que él estaba ahí, como siempre y todo se reconfortaba un poco. El miedo se transformó en mi compañero, es mi escucha, y yo me convertí en le guía de mi propio miedo. Ambos estábamos solos en esta desventura.

De a poco, me fui olvidando de aquel lugar al que la gente llama “civilización”, de mi vida urbana, de aquel lugar plagado de traición, de vicios mundanos, de infidelidades y podredumbre, salvo por ella, mis días eran grises allá, iguales, estructurados y pasajeros… comencé a ver a ese lugar como lejano realmente, como una cárcel de monstruos y desdichas.

¿Cuál era la verdadera libertad? Estaba en mi tierra, bajo mis leyes y políticas, me rendía cuentas solo y me inventaba a mí mismo día tras día. En esa isla era único, era auténtico, podía ser quien siempre quise, podía hacer lo que se me antojaba y que nadie me diga si estaba bien o mal lo que hacía, mi compañero, el miedo, asentía cualquiera de mis actos, reía y lloraba conmigo, disfrutaba de todo mi accionar. Me cocinaba a mi gusto, me acostaba y levantaba a la hora que mandaba mi cuerpo, andaba con la ropa que podía o desnudo sin sorprender a ningún alma ajena. Tenía todo mi mundo y mi cuerpo bajo control. Sin quererlo, me di cuenta de que estaba feliz con mi amigo y mi esquizofrenia tan particular.

Pasado unos meses, las fogatas se extinguieron y resumieron a solamente una, que me calmaba el frío. Los mensajes de auxilio fueron borrados, dejando un desparpajo de piedra y huellas, solo me limitaba a escribir versos en la arena, que día tras día el mar borraba. Me había encontrado y era feliz. El montón de maderas recolectado y las improvisadas sogas para unirlos y hacer aquella magnánima balsa sirvieron durante varios meses como alimento para mis fogatas, cambié de lugar mi especie de habitación, ocultándola en los adentros de la isla, lejos de toda presencia.

Una tarde, no muy lejano ví un barco… me quedé un instante perplejo y huí despavorido a apagar el fuego de la fogata que había hecho horas atrás. Para mi suerte, el barco pasó desapercibido, sin siquiera notar que había una isla desconocida cerca de él.

Jamás volvió a pasar… fui feliz el resto de mis días, solamente me invadía una extraña sensación cuando la recordaba, “no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”, pensaba, me acordaba de algún canto y reía melancólico entre extraños que ni yo mismo ya reconocía…