Deportivo Scioli

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Daniel Scioli quiere ganar el bastón y la banda, de la forma que sea. Aspira a la presidencia como quien busca obtener un trofeo. Es que, a fin de cuentas, sigue siendo un motonauta. En su cosmovisión no existen las consideraciones ideológicas, las proyecciones históricas o los conflictos de clase. Sabe que para llegar a la meta hace falta control, perseverancia y ajustarse al reglamento.

Se ha querido ver en su estilo un toque maquiavélico. Nada más equivocado, pues el genio florentino pensaba en el poder. Scioli sólo piensa en la foto, posando risueño y victorioso junto a Karina en el despacho presidencial de la Rosada. Quiere gobernar. No importa para qué, ni a las órdenes de quién. Chavista, neoliberal, ortodoxo, heterodoxo, combativo o contemplativo: poco importa el perfil del régimen político, mientras le permita subirse al podio de los ganadores.

Por su formación en un deporte de regata individual, está convencido de que la clave de un buen resultado consiste en intuir la dirección hacia donde sopla el viento. No le preocupa el puerto de destino que le hayan asignado, ni lo que deba hacer o soportar para permanecer a bordo.

Tampoco alcanza a ser del todo peronista, a pesar de su rusticidad, porque desconoce los ritos. O los ejecuta de manera demasiado artificiosa. Seguramente porque no cree en ellos. Como la mayoría de sus colegas, dicho sea de paso, de quienes lo separa apenas un histrionismo menos desarrollado.

Habitual futbolero (de futsal), no sería raro que simpatice con las ideas de Bilardo, por la convicción de no arriesgar y por la anti ética del resultadismo (usando un término de la jerga). O con las de Maradona. Salvando la enorme diferencia de talento, Scioli se asemeja al Diego en el desparpajo. Pues ambos lograron acogerse con disimulo, muy exitosamente, a los cambios propagandísticos de cada etapa política.

Con una diferencia: Maradona logró tal objetivo degradándose, en todos los aspectos, pero manteniendo siempre su altanería; Scioli, en cambio, se impuso por el camino contrario, humillándose, pero manteniendo una imagen pública de rectitud personal.

Para los que nutren el Partido del Lugar Común, reclutados desde antaño en lo que Jauretche llamaba el “medio pelo”, es el candidato ideal. Un partido que ostenta, como todo lo que crece de esa raíz, un confuso historial de presuntas derechas e izquierdas.

Entre los más viejos, se cuentan los que alguna vez pontificaron la paz y seguridad dictatoriales, a pesar de los criminales que secuestraban y mataban impunemente. Y entre los más jóvenes, los que ahora soslayan la manipulación de la Justicia, la corrupción o la entrega de la soberanía, en homenaje al progresismo con sensibilidad nacional y popular.

Dos formas de hipocresía, convertidas en discurso hegemónico. Dos imposturas que, aunque aparentemente incompatibles entre sí, suelen aparecer jalonando la historia un mismo personaje público.

Scioli, sin ir más lejos, apoyó en su juventud la salvaje acción contraterrorista del terrorismo de Estado –porque su hermano había sido secuestrado por una banda de ultraizquierda, alega hoy–, pero también participó del culto a esas mismas organizaciones, programado por el marketing oficial entre 2005 y 2013.

Estos mínimos atributos adaptativos parecen alcanzarle para merecer el favor electoral (*) de los lugarcomunistas. Los peronistas camiseteros dirán que votan a Scioli “a pesar de Zanini” y las izquierdas a Zanini “a pesar de Scioli”. De última, se trata de posiciones no menos deportivistas, ni menos vacuas que las del candidato en cuestión.

 

(*) En este punto, se hace necesario aclarar que tales apoyos no le servirían a Scioli ni para empezar, de no contar con el voto de otros estamentos. Entre ellos, los grupos más atrasados o menos favorecidos por el miserable capitalismo argentino.

Un apoyo masivo que no proviene de la mística peronista de las mayorías populares –algo que no puede ser considerado seriamente ni por el niño Zamba del Pakapaka–, ni del reconocimiento a la prodigiosa gestión de la presidente. Tal conducta electoral puede explicarse, en cambio, si se toma en cuenta que las alternativas políticas no alcanzan a ser confiables, ni a despertar expectativas en un remplazo que ponga en riesgo las dádivas del Estado.