El Quijote contra los libros de autoayuda

 

Para a escribir un libro es necesario tener ciertos valores morales. No importa que sean buenos o malos principios, ya que la moral se maneja con cierta autonomía ante la ética; puedo ser una mala persona sin dejar de corresponder a mis códigos personales. Pero hay unos pocos principios que son imprescindibles para cualquier artista.

Uno de valores indispensables es poder hacer la dicotomía entre el destino y la suerte, asumir que cada uno tiene una diferencia sustancial con el otro. Lo digo porque antes el destino se peleaba con la suerte en una especia de batalla campal, y era ese mismo enfrentamiento el responsable de toda la tensión literaria.

Doy un ejemplo: antes, el caballero andante soportaba los peores infortunios para lograr su cometido; incluso cuando el viento le jugaba en contra, seguía intentando. El chiste de la historia estaba en sobreponerse a su suerte y llegar a su destino.

Así fue durante mucho tiempo, cuando los libros hablaban de algo más profundo que acostarse en la vida y dejarse llevar por la dicha. De tal modo que todos los grandes libros se escribieron bajo esta máxima. Hasta que, más o menos a mediados del siglo pasado, los valores se transformaron en otro cosa.

En algún momento, comenzamos a concebir al destino y a la suerte como dos caras de una misma moneda, dos bobos amigos que se golpean en la cabeza mientras caminan de la mano. Empezamos a creer que “todo lo que tiene que suceder, sucederá”.

Perdimos la tensión del relato de los dos amantes separados por el odio de sus castas familiares. Todo eso quedó hundido en el zócalo de la biblioteca. Ahora, los protagonistas de cualquier historia moderna, intentan separarse por razones que ni ellos mismos entienden muy bien, otras veces por ser histéricos como italianos o por el miedo de obrar contra sus reglas familiares. Pero, incluso cuando sus boberías no encuentran lugar en el diccionario, nunca logran impedir que el destino los terminé juntando al final como si fuesen dos marionetas en una obra de teatro mal escrita.

Las estanterías de las librerías quedaron repletas de autores como Paulo Coelho y sus derivados. Y que conste que no estoy en contra de esos escritores, pero creo que si alguien le robara la billetera a cualquiera de estas personas, tendría más de cien años de perdón.

Las novelas de ahora solo tienen personajes atolondrados, protagonistas que solo están bien predispuestos a chuparse el dedo gordo del pie en el trascurso de toda la historia. De esos personajes que se recuestan en la hamaca, le dan una pitada al cigarro y exclaman “que sea lo que Dios quiera”, cuando antes le decíamos a Dios lo que él tiene que querer.

Toda la literatura cambio; por consiguiente, nosotros también. Pero intentemos volver a pensar que nuestras vidas solo es buena en la medida que se parezca a la buena literatura. Nada tiene sentido de otra forma.