Progresismo de Indias

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Al repasar los ciclos históricos de la sociedad argentina, no es muy difícil verificar que la capacidad de simulacro aparece como el rasgo eminente en la práctica política de los núcleos universitarios, profesionales o tecnocráticos de las clases medias.

Simulacros de distinta tonalidad ideológica –anarquistas románticos, comunistas revolucionarios o peronistas de izquierda–, generalmente motivados por una temeridad surgida de las rebeliones familiares y casi siempre idealizados como “momentos heroicos”, ya no de su propia trayectoria como grupo social, sino de la “historia nacional y las luchas populares”. (En el canal televisivo de matriz universitaria Encuentro, pueden encontrarse varios ejemplos de esta práctica auto celebratoria).

Por ello, en el último período institucional, donde tales grupos alcanzaron no pocas áreas sensibles de Gobierno, mostraron toda su impotencia para emprender prácticas, viables y concretas, de política nacional y autonomía económica. En lugar de eso, pusieron en marcha la fenomenal puesta en escena de sus fantasías ideológicas juveniles mientras, entre bambalinas, otorgaban las más amplias concesiones a los núcleos financieros dominantes.

Clases medias y revolución nacional

Esto no ocurre azarosamente, sino por causas estructurales. En las formaciones sociales de la periferia mundial, es casi imposible que tales sectores tengan un programa de gobierno propio. Esencialmente, porque la pequeña burguesía periférica –sostenida mayormente en la administración, las profesiones liberales o el cuentapropismo– no es una clase o subclase con base material propia (como sí ocurre con las clases medias en los países capitalistas centrales, que se desarrollaron sobre procesos productivos de pequeña y mediana escala), lo cual determina su carácter centrífugo y una conciencia permeable a intereses e ideas completamente ajenos.

Por ello, desde las primeras décadas del siglo XX, las experiencias revolucionarias genuinas en Iberoamérica no dependieron de las vanguardias ideológicas universitarias o profesionales, sino de los grupos más avanzados de la débil burguesía industrial –especialmente del Ejército, en tanto responsable y hacedor de las fabricaciones militares–, que intentaron el camino del desarrollo auto centrado aprovechando las cíclicas crisis del capitalismo mundial. Estos procesos fueron acompañados por las pocas organizaciones de carácter nacional que generó la clase media crítica, los sectores dinámicos del interior sumergido y los trabajadores asalariados.

Como parte del ciclo de emergentes políticos de programa nacional burgués, que la crisis terminal del capitalismo clásico despertó en Iberoamérica, el movimiento castrense surgido en 1943 destacó por la claridad de sus objetivos –que no eran, precisamente, ideológicos–, sostenidos en la tradición industrialista de las armas de Ingeniería e Infantería, que formaron el GOU y luego el partido político (en sentido estricto) del presidente Perón. (La tradicionalmente señorial arma de Caballería se mantuvo al margen y luego encabezó las conspiraciones de 1951 y 1955).

Estos militares ligados a la producción petrolera, a la siderurgia o a las industrias de guerra, representaban las aspiraciones de una burguesía nativa que, al igual que el proletariado –conformado por la inmigración de las provincias interiores, atraída por la nueva industria sustitutiva–, carecían de representación política. Entre estos oficiales había nacionalistas de todo pelaje, liberales roquistas y radicales de Yrigoyen; pero tenían en común la pasión patriótica de un ejército, de raíz sanmartiniana y montonera, al que el General Julio Argentino Roca había dotado de una organización moderna y profesional.

Metarregulación progresista

Más de dos décadas después, los siete años y medio de dictadura –instaurada en 1976 por la fracción castrense opuesta, históricamente, a los militares patriotas– crearon una bisagra cronológica entre los últimos estertores del proceso industrializador y el inicio en 1983 del nuevo ciclo institucional, sujeto desde el primer día a la economía financiera y los mercados.

Un ciclo de signo nítidamente pequeño burgués periférico que, desde Alfonsín a Cristina, ha mantenido sus principales lineamientos, a pesar de las ocasionales diferencias semánticas que mostró cada mandatario. La característica de la etapa fue el desmantelamiento del “Estado empresario” –construido por el peronismo– y la creación de aquello que el sociólogo portugués, Boaventura de Sousa Santos, denomina el “Estado metarregulador”.

Según este autor, “la metarregulación es un tipo muy distinto de intervención estatal comparada con aquella que presidió el contrato social democrático (…) es una nueva forma de gobierno indirecto, en el cual los actores económicos poderosos detentan un enorme poder de control sobre los recursos vitales esenciales para las personas, sin estar sometidos a ningún tipo de responsabilidad ante la sociedad, y sin importarles si esos recursos son el agua, la energía, las semillas, la seguridad o la salud”. O sea que, de acuerdo a esta caracterización, el Estado se convierte en el instrumento de legitimidad de los reguladores no estatales (corporaciones, grupos financieros, bancos, etc.).

En estas últimas décadas, siguiendo a de Sousa Santos, los núcleos económicos dominantes “perdieron buena parte del poder político gubernamental, pero a cambio vieron aumentado su poder económico. Los países cambiaron sociológica y políticamente hasta el punto de que algunos analistas vieron el surgimiento de un nuevo régimen de acumulación, más nacionalista y estatista: el neodesarrollismo basado en el neoextractivismo (…) que tiene como base la explotación intensiva de los recursos naturales (…) flexible en la distribución social, pero rígido en su estructura de acumulación”.

La nueva administración colonial de izquierda

El kirchnerismo responde a esta definición acabadamente, aún cuando la propaganda oficial pretende despegarlo de sus antecesores. Pues si bien en la etapa anterior –bajo el principado del hoy asimilado Carlos Menem–se consolidó la reprimarización de la economía, tanto Néstor como su esposa la mantuvieron hasta generalizar definitivamente el modelo extractivo exportador. Es decir, no hay diferencia sino continuidad entre la desrregulación neoliberal y la metarregulación progresista; el resto es simulacro.

Incluso en estatizaciones que podríamos juzgar de gran progresividad histórica, como la de YPF, los hechos demostraron que el objetivo fue permitir que algunas empresas trasnacionales pudieran “metarregular”, a través de esta empresa semi pública, las inmensas posibilidades de Vaca Muerta.

Otro aspecto a considerar es la infraestructura estatal creada, en los últimos años, para el mejor desempeño de las corporaciones extractivas o las aplicaciones del INTA o el Conicet en biotecnologías patentadas por Monsanto. O las bases entregadas al ejército chino “para favorecer el intercambio científico”, en condiciones que nada deben envidiarle a los negociados de la Década Infame.

Los datos duros, más allá de todo relato, demuestran que los populismos clientelares y el “socialismo siglo XXI” surgieron en la América criolla como los articuladores de este nuevo orden internacional, basado en el despojo de los recursos alimentarios y naturales, bajo el camuflaje icónico de Bolívar, el Che Guevara o Evita.

Amparados por estos gobiernos, la explotación incontrolada de los hidrocarburos, la minería a cielo abierto, el modelo de agronegocios y los “agrocombustibles” o la conversión en factoría alimentaria del capitalismo corporativo chino, marcan el ritmo de esta nueva división territorial y global del trabajo que disfruta, como las anteriores, del acompañamiento simultáneo de magnates e izquierdistas.

El simulacro, finalmente, se ha trocado en historia viva.