La noche del cazador

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Cuando en la Argentina comenzó a manifestarse un masivo respaldo político a la figura del por entonces coronel Juan Domingo Perón, la Embajada de los Estados Unidos en Buenos Aires puso en marcha una operación propagandística para vincular al ascendente militar con el derrotado régimen nazi. Pasadas las elecciones de 1946, que lo llevaron a la presidencia de la Nación, el latiguillo acusatorio se mantuvo vigente, motivado casi siempre por la presencia de algunos colaboradores activos del Tercer Reich en nuestro país, bajo el amparo del régimen peronista.

Actualmente, la versión del “Perón nazi” está seriamente cuestionada por la historiografía avanzada –aprovechemos para decir que Uki Goñi, entre otros, no forma parte de ella– , y los investigadores especializados vienen prestando mayor atención al accionar de los propios vencedores de la Segunda Guerra en el salvataje de prófugos. Y a la estrecha colaboración prestada por el Vaticano a este objetivo. Más concretamente, al reciclado de todos estos elementos militares, técnicos o de inteligencia, que serían utilizados en la inminente guerra que preparaban tales países, liderados por los Estados Unidos, contra la Unión Soviética.

De modo tal que, muy posiblemente, algunos gobiernos sudamericanos debieron aceptar la llegada de estos aborrecibles criminales de guerra para congraciarse –especialmente aquellos que se habían mantenido neutrales– con los Estados Unidos y sus socios europeos. Los mismos cuyas diplomacias tratarán de pro nazis a los resignados anfitriones, mientras incorporaban en sus organismos estatales algunos cuadros calificados del Tercer Reich.

Los nazis de al lado

Sobre este último punto, es notable el material documental que aporta el libro –aún no traducido al español– The Nazis Next Door, del periodista del diario New York Times, Eric Lichtblau, donde se demuestra que, en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, la CIA y otras agencias gubernamentales de Estados Unidos emplearon al menos un millar de nazis como espías e informantes durante la Guerra Fría. Situación que se habría mantenido hasta entrada la década de 1990.

La investigación afirma, también, que los antiguos colaboradores de Adolf Hitler fueron protegidos oficialmente, tanto de la deportación como de sus perseguidores. Lichtblau basa sus conclusiones en documentos y entrevistas recientemente desclasificados, alegando que el FBI y la CIA habían contratado deliberadamente a funcionarios del Tercer Reich quienes, algunas veces, fueron recompensados con la ciudadanía estadounidense.

Un caso ejemplar: Aleksandras Lileikis

En el apogeo de la Guerra Fría, durante la década de 1950, líderes como J. Edgar Hoover en el FBI y Allen Dulles en la CIA, reclutaron nazis como “activos” agentes secretos antisoviéticos. Por ejemplo, la CIA incorporó como espía a un ex oficial de las SS, aún cuando estaba confirmada su culpabilidad en “crímenes de guerra”. Se trata de Aleksandras Lileikis, un oficial nazi implicado en la muerte de 60.000 judíos en Lituania.

Hacia 1994, un abogado de la CIA presionó a los fiscales de su país para que abandonaran la investigación sobre este ex-espía. Eli Rosenbaum, abogado de la unidad caza nazis del Departamento de Justicia, consiguió un arreglo: no figurarían en la documentación que se presentaría ante la Justicia, los crímenes perpetrados por Lileikis. Finalmente, este brutal homicida fue deportado, pero vivió tranquilamente durante casi 40 años.

Otro ejemplo: Otto von Bolschwing

Algunos espías de los Estados Unidos habían trabajado en los más altos niveles del Tercer Reich. Entre ellos, un oficial de las SS, Otto von Bolschwing, quien fue mentor y principal asesor de Adolf Eichmann, arquitecto de la “solución final”. También escribió algunos manuales sobre “la forma más efectiva de aterrorizar a los judíos”.

Este “literato” fue contratado como espía en Europa y se trasladó junto a su familia a Nueva York en 1954. La medida fue vista como una “recompensa por su servicio leal en la posguerra y en vista de la inocuidad de sus actividades en el partido (nazi)”, según muestran los registros desclasificados de la CIA.

Su hijo, Gus von Bolschwing –ahora de 75 años–, que descubrió muchos años después los lazos de su padre a los nazis, dijo en una entrevista que “no debería haber sucedido; nunca debería haber sido admitido en los Estados Unidos. No fue consistente con nuestros valores como país”.

Cuando los agentes israelíes capturaron a Adolf Eichmann en Argentina en 1960, Otto von Bolschwing fue a la CIA en busca de ayuda –tal como revelan varios memorandos–, pues le preocupaba que luego pudieran ir por él. También se encontraron constancias de que los funcionarios de la agencia estaban preocupados, porque “la publicidad resultante puede resultar embarazoso para los EE.UU”, citando literalmente a un oficial de la CIA.

Otto von Bolschwing vivió libremente antes de que los fiscales descubrieran su papel durante la guerra y le procesaran. Estuvo de acuerdo en renunciar a su ciudadanía en 1981, muriendo meses más tarde.

La historia sale a la luz

La evidencia de los vínculos del gobierno norteamericano con los espías nazis comenzó a emerger públicamente en la década de 1970, pero los funcionarios trataron de ocultar esos lazos, por lo menos durante medio siglo después de la guerra.

En 1980, funcionarios del FBI se negaron a aportar datos a cazadores de nazis del Departamento de Justicia, quienes decían saber que unos 16 sospechosos vivían en los Estados Unidos. Obviamente, esos 16 hombres habían trabajado como informantes del FBI y, en ese momento, cinco de ellos todavía estaban activos.

“En total, el ejército estadounidense, la CIA, el FBI y otras agencias, usaron al menos 1.000 ex-nazis y colaboradores, como espías e informantes después de la Guerra”. Esto afirma Richard Breitman, investigador y docente de Yale y Harvard. Cabe destacar que este notable estudioso de la Shoá –también autor de The Architect of Genocide: Himmler and The Final Solution– actuó como director del equipo oficial que desclasificó los registros a los que nos estamos refiriendo.

“El recuento completo de los nazis convertidos en espías norteamericanos es probablemente mucho más alta”, dijo Norman Goda, un historiador de la Universidad de la Florida, que también se desempeñó en el equipo de desclasificación. “Las agencias de Estados Unidos, directa o indirectamente, contrataron funcionarios policiales que estaban manifiestamente vinculados a numerosos crímenes de guerra”, dijo.

Silencio funcional

John Fox, historiador jefe de la CIA, dijo: “En retrospectiva, está claro que Hoover y, por extensión el FBI, era miope al desestimar las pruebas de los vínculos entre los recientes inmigrantes, alemanes o de Europa del Este, con los crímenes de guerra nazis. Hay que recordar, sin embargo, que se estaba en la cima de las tensiones de la Guerra Fría”. (La CIA, oficialmente, se negó a hacer comentarios para el libro).

El libro de Eric Lichtblau demuestra que los espías nazis llevaron a cabo una serie de importantes tareas en las décadas de 1950 y 1960. En Maryland, el ejército entrenó para la guerra paramilitar a varios oficiales nazis, como respuesta a una posible invasión de Rusia. En Connecticut, la CIA utilizó una guardia de ex nazis para estudiar sellos de significados ocultos, oriundos del bloque soviético. En Virginia, un importante asesor de Hitler dio informes clasificados sobre asuntos soviéticos y, en Alemania, ex oficiales de las SS se infiltraron en la zona rusa para la detección del tendido de cables de vigilancia y el seguimiento de los trenes.

El New York Times, por su parte, informó que ninguno de los espías mencionados en el libro están vivos hoy en día. Seguramente se llevaron mucho más información de la que llegaremos a saber.