Mensajes y mensajeros

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Desde los meses previos al retorno de la vigencia constitucional y el desembarco de los partidos políticos, en 1983, se desarrolló una forma de periodismo llamado “de investigación y denuncia” que adoptó, como tema recurrente, el enriquecimiento irregular de los funcionarios.

Arrancando del descubrimiento de los turbios negocios inmobiliarios –abonados con secuestros y homicidios– del almirante Emilio Massera, hasta el develamiento de los robos para la corona, bien podría conformarse una biblioteca íntegra con revistas, diarios y libros escritos para denunciar y documentar los episodios de corrupción protagonizados por los inquilinos del Poder en la Argentina.

En este sentido, vale la pena recordar que casi ninguna investigación de este tipo ha sido desmentida, incluyendo aquellas que sus afectados directos llevaron a Tribunales. Será que, si hay algo que sobra en el Estado, es la vocación de enriquecerse con los bienes de propiedad colectiva.

En mis años de labor mediática, dicha corriente comunicacional fue de influencia generacional decisiva. Incluso en algún tiempo –entre los años 80 y 90, diría– llegamos a pensar que la tarea de reunir pruebas contra los poderosos, suponía mucho más que una práctica profesional y nos ponía en un lugar redentor, casi como sucedáneos de Mariano Moreno o Scalabrini Ortiz.

Dábamos por sentado, además, que los informes publicados en Página 12 o El Periodista –entre otras publicaciones “jugadas”– iban a despertar la conciencia de las masas ululantes que saldrían, presurosas, a reclamar justicia. Hoy, visto el proceso en retrospectiva, entiendo que nos autoasignábamos un heroísmo vano e ilusorio.

Por un lado, me complace que haya sido así; pues, de confirmarse nuestras expectativas, la democracia política habría quedado en manos de una aristocracia intelectual y no de las organizaciones populares. Ahora sé que el periodismo, a lo sumo, ofrece datos y análisis que pueden llegar a colaborar con la dinámica social y política, siempre y cuando una proporción de la gente los acredite como necesarios.

Pero, por el otro, entiendo que este balance trae el mensaje de un fracaso, pues dicha política periodística del periodismo político no pudo superar, siquiera, los propios prejuicios ideológicos que, según compruebo ahora, animaban a muchos de los investigadores más conocidos e idóneos, como Horacio Verbitsky, Gabriela Cerruti o Ernesto Tiffemberg.

Es que, especialmente en los últimos diez años, fue verificándose entre tales comunicadores –y en gran parte de su clientela– que las revelaciones informativas, para figurar en los valores consagrados por el catecismo progresista, deben necesariamente estar orientadas hacia funcionarios y dirigentes de La Derecha. Y lo que es aún peor: hacia funcionarios y dirigentes de derecha que, además, no se encuentren dentro del esquema de poder de La Izquierda.

Debí sospechar que llegaría a ser así, pues ya a principios de los 80 cualquier intento de denunciar las persecuciones ideológicas en el Este europeo o las atroces políticas homofóbicas de la gerontocracia cubana eran, en este mismo sector, siempre sospechosas de “hacerle el juego” a los Estados Unidos. O a “los fachos” que, en el ideario grosero del medio pelo progresista, es lo mismo.

De igual modo, en cualquiera de los que fueron implacables denunciadores del período menemista, es impensable hoy el más mínimo reconocimiento o mención de los inocultables ilícitos de Lázaro Báez, Amado Boudou o Ricardo Echegaray. Ni qué hablar de cuando las pruebas apuntan al enriquecimiento personal de la propia Presidente.

Este contexto me permite valorar, por contraste, la producción periodística de Jorge Lanata. Especialmente ahora, cuando la denostación del Gordo se ha convertido en una insignia de identidad para los biempensantes de izquierda (kirchneristas o no). Pues, precisamente, esta prudencial distancia que lo separa de las complicidades instaladas por el fetichismo ideológico, es su mejor argumento de confiabilidad.

Aún cuando coincida con los parámetros coyunturales del Grupo Clarín y sus apreciaciones personales (nunca dejó de ser él mismo un progre vanidoso y vulgar) dejen, la mayor parte de las veces, tanto que desear. Aún así, insisto, las altas mediciones radiales y televisivas de Lanata son una señal de que todavía importa más la libertad de información o la veracidad de la denuncia, que la calificación ideológica del denunciante y el denunciado.

Ojalá que esta costumbre, tan gorila, dure un tiempo más.