Apología a la duda

 

No es natural preguntarle a un bebe cual va a ser su deporte favorito en el futuro. Tampoco puedo preguntarle qué tipo de música va a escuchar cuando crezca. De la misma manera, me parece raro que a los dieciochos años, cuando aun conservamos varias inocencias infantiles, nos pregunten cual va a ser el trabajo que pretendemos realizar el resto de nuestras vidas.

El problema de esta pregunta va más allá de la mera cuestión facultativa, pues detrás de toda una estructura académica se esconde una lógica de sociedad. El problema es si está bien lograr realizar, al pie de la letra, lo que a los dieciocho años nos habíamos propuesto. Porque, tanto de un modo académico como personal, nada saludable deviene de certezas tempranas.

Schopenhauer lo dice mejor que yo: “En un joven es una mala señal, tanto en el aspecto intelectual como en el moral, que sepa orientarse muy pronto en los asuntos y manejos humanos, que enseguida se encuentre en ellos como en su propia casa y entre en ella como si ya estuviera preparado. Es un anuncio de vulgaridad. Por el contrario, un comportamiento sorprendido, vacilante, torpe y errado en los citados aspectos indica una naturaleza de índole más noble”.

A lo que se refiere el amigo Schopenhauer –filósofo misógino y antisemita, por cierto– es no valorar la certidumbre por sobre la vacilación. Todo lo contrario. Una inteligencia de primer orden concibe a la duda como la normal respiración de la inteligencia.  

Hoy, muy por el contrario de lo que debería ser, la sociedad sanciona cualquier signo de interrogación. Terminamos creyendo que la duda es familiar directo de la inseguridad o la inmadurez. Cuando en realidad, lo último que vamos a escuchar de un  tonto es un “no lo sé”.

Nos perdemos la oportunidad de una vida más plena, de ser más aventureros. En lo que a mí respecta, las personas más interesantes que he conocido nunca han sabido muy bien qué hacer; son capaces de cambiar cualquier aspecto de sus vidas sin perder nunca la alegría. Son conscientes que hay que cambiar varias veces de rama para subir un árbol.

Es cierto, es difícil aprender a vivir con la incertidumbre; es como una pareja odiosa. Pero una vez que hayamos adoptado una postura más compensativa para con las dudas, recién ahí, cuando ya la tengamos mezclado con la sangre, podemos ser adultos. Recién ahí, podemos darnos cuenta que nunca tuvimos que dejar de ser chicos dubitativos.