La máquina de los sueños (o “El fin del mundo”)

El rumor comenzó a llegar por internet. Lógicamente primero explotó en redes sociales y medios online, pero cuando la noticia llegó al papel se terminó de forjar el mito y se volvió realidad: habían inventado la máquina de los sueños, un invento absurdo y banal, pero que despertaba la atención de la gente.

Los hacedores eran dos eminencias suizas de la ciencia y la química del hospital Universitario de Zúrich. Llevaban treinta años en el proyecto y por fin se había hecho concreto y real. El invento era estéticamente sencillo, práctico, cómodo y hasta sensual. La complejidad estaba en lo invisible a los ojos.

El casco era ergonómico y se adaptaba con comodidad a la cabeza del usuario, cubriendo los ojos y parte de la nariz por la parte frontal, los oídos por los laterales y llegando a la nuca por la parte de atrás, evidentemente cubría casi todos los sentidos. La magia la hacían ondas emitidas por el casco hacia la parte trasera del cerebro, donde se producen los sueños. El invento era maravilloso, la persona tenía que dormir pensando en lo que quería soñar y a los veinte minutos de conciliado el sueño, ingresaba a su mundo fantástico. Se conectaba a cualquier enchufe y en dos horas estaba completamente cargado.

Lo que sucedía era tan real y perfecto que incluso advertían sobre los sueños eróticos o de acción, ya que la persona se levantaba con todos los síntomas post sexo o post paliza. Lógicamente esto a nadie le interesó ya que éste era el motivo principal por el cuál la gente lo comenzó a comprar. El principio del fin fue ponerle un precio módico, acorde a casi cualquier persona.

La fábrica suiza no dio abasto para satisfacer la creciente demanda, cuando la moda se hizo histeria tuvieron que abrir sedes en varios países y hasta vender la franquicia. El mundo estaba desenfrenado y desesperado por tener su “máquina de los sueños”, como vulgarmente se llamaba a la “Drömaskin”. En pocos meses se generó un negocio millonario, superando a la industria automotriz y de telefonía celular. No había límite de edad para el uso del aparato onírico.

Los foros de internet explotaron, los más jóvenes e ignorantes pasaban horas averiguando por lugares paradisíacos donde viajar, modelos con las que tener sexo y todo tipo de lujos que darse. Al cabo de unos meses varios sectores económicos comenzaron a sentir el impacto del invento.

Quienes primero se derrumbaron fueron las regiones y países relacionados con el turismo, por una cuestión lógica era mucho más barato soñar que viajar. En tan solo seis meses la máquina de los sueños había logrado varias mejoras, llegando a penetrar aún más el subconsciente. Había permanentes actualizaciones disponibles vía internet. Bastaba ver algunas fotos del lugar soñado y el cerebro se encargaba de imaginar el resto.

La industria automotriz de alta gama fue la segunda en caer, los únicos autos que se vendían eran los útiles para ir desde un lugar a otro, por ejemplo al trabajo. Era mejor soñarse en una frenética carrera de Lamborguini’s que gastar fortunas en un auto real. Poco a poco todos los bienes de lujo, fabricados para un pequeño sector, fueron soñados por todos y por ende dejados de consumir en la realidad. Todos los sectores sufrieron el impacto aceleradamente, sumiendo al mundo en un caos económico. Ataques terroristas a las fábricas Drömaskin daban fe de esto.

Pasaron los meses y las noches comenzaron a volverse solitarias, los jóvenes preferían tener charlas oníricas con sus ídolos o sexo con famosos antes de juntarse con amigos corrientes, los viejos vivir en sus años de gloria y los niños pasar los días inmersos en mundos fantásticos. Los bares se vaciaron, ya que había sucesos mucho más interesantes que vivir en sueños. Los poetas de cafetín se esfumaron, para internarse en sus sueños y vivir con sus propios ojos las epopeyas históricas y políticas del mundo.

Al cabo de dos años las relaciones comenzaron a ser algo extraño, carecía de sentido juntarse con gente cercana, cuando podíamos elegir uno a uno nuestros invitados. La fuerza laboral comenzó a decaer, solamente era necesario trabajar para comer, ya que todo lo demás lo podía generar la máquina… de una manera tan real, todos los días, gratis, hasta diez horas por día.

Pasados cuatro o cinco años la vida de la gente había cambiado por completo, todo se resumía a soñar la mayor cantidad de tiempo posible, lo que implicaba necesariamente estar dormido. Por ese hecho aumentó el consumo de somníferos, se volvieron la droga nociva del momento. Quienes no los consumían, gastaban enormes cantidades de energía trabajando sus físicos, para poder cansarse y soñar más tiempo. El alcohol y las drogas alucinógenas quedaron obsoletas, incluso tenían efectos contradictorios con la máquina, ya que generaban sueños confusos e indeseados además de malestar físico. Se vendían más pastillas para dormir que carne y verduras. Las siestas volvieron desérticas las calles, las noches eran la nada misma, la tierra parecía un área devastada al caer el sol, un campo yermo de humanos, como si un virus hubiese infectado el mundo.

Los cárteles legendarios cayeron estrepitosamente y tuvieron que virar su negocio hacia nuevos horizontes. Invirtieron en drogas sintéticas que solamente aumentaran la necesidad de dormir en las personas, pero nunca lograron volver a generar la dependencia de las drogas convencionales. Los volúmenes inconmensurables de dinero que antaño generaban dejaron de financiar gobiernos corruptos y emprendimientos turbios, el mundo entendió la influencia que había tenido la droga durante los últimos tiempos. Poco a poco el espíritu emprendedor, innato en el ser humano, comenzó a diluirse en sueños, como un recuerdo nostálgico de un pasado primitivo.

La gente dejó de relacionarse, la tasa de natalidad había descendido espantosamente. Las nuevas personas tenían un concepto de la vida completamente distinto, sus ambiciones corrían por otro lado… o prácticamente ni siquiera caminaban, por decirlo de un modo poético. A nadie le interesaba tener que sufrir los escasos pormenores naturales de tener que encarar una familia, si podía sentir precisamente lo que era tener una en sueños y disfrutar únicamente de los momentos felices. Algunos políticos, pensadores y filósofos de “la vieja era” (como se llamaba a la época previa a la máquina de los sueños) se rasgaron sus vestiduras por ser escuchados, proclamando que se avecinaba el fin del mundo si el ser humano no frenaba la adicción a soñar. Los religiosos ortodoxos, que no habían caído aún en la seducción de la Drömaskin, la etiquetaban como el diantre del Diablo, como el invento de Satán. En sus templos vacíos profesaban el desuso de la misma.

Pasados diez años la gente siquiera salía de sus casas, apenas a buscar algo que tomar y comer, en algún lugar dónde comprarlo o robarlo. No había más comercio, no había más Estado, no había más seguridad, ni gente, ni horas pico, ni ricos, ni pobres, las instituciones estaban vacías. Todos los sistemas habían colapsado, algunos empresarios y dirigentes iluminados lograban mantener el mínimo de sus empleados para prestar lo básico, por una cuestión moral y ética ambos bandos continuaban trabajando resignados.

La Tierra había tenido un respiro brutal, la naturaleza crecía y se precipitaba con toda su fuerza y libertad por doquier, sin la mano del hombre que la moldee o tiranice. Las plantas forraban el cemento, carcomían poco a poco lo que el hombre había construido, los animales pululaban y retomaban su territorio histórico, reclamando lo que desde siempre les había pertenecido. El aire se había tornado tan puro que irritaba los pulmones.

El tiempo siguió pasando, ya no sucedía nada en el mundo, no habían noticias, no habían programas, no había editoriales, ni imprenta, ni fábricas, ni universidades, nada, todo se soñaba, la vida del hombre se limitaba a despertar, consumir algo que lo mantenga vivo y esperar desesperado el momento de poder volver a dormir, a ser en sus sueños aquella persona que siempre quiso, que siempre deseó, que siempre añoró. Los jóvenes soñaban la vida que los viejos le contaban. La decadencia mundial llevaba a muchos a soñarse como antes de darse a conocer la máquina de los sueños, con todos aquellos problemas de esa lejana época. El número de habitantes había reducido drásticamente, la tasa de natalidad era nula y los hombres morían en sus camas sin que nadie lo notase, soñando algo hermoso seguramente. Los pocos jóvenes se habían criado con la misma costumbre, carecían de la capacidad de generar contactos, eran analfabetos, ya que no había institutos donde se educasen y vivían para imaginar lo que sus padres les contaban para poder soñar. Algunos hasta se animaban a salir, la mayoría se quitaba la vida de modos intrascendentes.

Entonces un día, varias décadas después de inventada la Drömaskin lo peor sucedió…

Juan se despertó, se sacó el casco que todavía estaba conectado a la máquina de hacer sueños. Le dio unos golpecitos pero la máquina no funcionaba. Se levantó y salió al palier, un vecino que él desconocía por completo y que aún tenía en sus manos el casco de la máquina le preguntó si sabía qué había pasado con la electricidad. Bajaron por las escaleras esquivando ratas y yuyos crecidos en el hormigón reventado por la falta de mantenimiento de años, y salieron los dos a la calle. Todos estaban fuera de sus casas, con los cascos en la mano… inútiles, sin carga, algunos lloraban, otros dudaban de qué estaba pasando, sus ropas eran apretadas, chicas, viejas, hasta los cascos de las máquinas de hacer sueños parecían antiguos, a pesar de ser el producto más usado en toda la humanidad. Los animales caminaban impunes entre las personas y en la esquina se pudo ver a unos zorros avalanzándose sobre dos chicas. Sintieron un rugido estrepitoso desde forraje detrás de las casas. Todos corrieron, Juan también. Corrieron, corrieron, y sin pensarlo se metieron entre los árboles, y ya no se vieron más con el vecino, ya no vio más a nadie. Sentía gente corriendo y gritando espantada. Todos estaban solos. Y apareció un oso de atrás de un árbol, y no había nadie más con Juan, y el oso levantó la mano y se la arrojó sobre la cara…

NDA: Gracias Marcos Valencia por darme una mano con el final.