El Papelito

Había madurado en minutos, en segundos. En un instante había crecido lo que ni la adolescencia ni una adultez larga e imperturbable habían logrado. Su cara estaba suelta, blanda, floja. Sus cejas caídas, levantadas, tristes, sus ojos bien abiertos aunque su mandíbula ya no abría grande su boca como al comienzo. Era la expresión del que lo perdió todo, del que perdió todo en un instante, en pocos segundos sin llegar a entender qué clase de huracán, que tipo de maremoto había transformado ese paraíso en un pantano sucio y muerto.

De pronto apareció su brazo, el de ella, que lo corrió hacia un costado y entonces pasó ese brazo y ella detrás. Y recién ahí la volvió a mirar. No comprendía cómo podía tener tanta energía para correrlo, para pasar con tanta decisión, para volver del baño con sus cremas, sus valijitas, para volver a entrar al baño, para salir con más cosas… No había nada de valor en el baño. Ni en la cocina, ni en ninguna parte de la casa. Lo único que valía la pena había sido arrasado en un instante, en poquísimos segundos. Trataba de recordar aquella secuencia pero de nuevo el brazo de ella aparecía y lo movía para otro lado y ella pasaba a la cocina, volvía de la cocina, pasaba al balcón, salía del balcón, pasaba al dormitorio y todo así.

Sintió una brisa fría que le puso la piel de gallina, aunque hacía calor, un calor de mayo, y miró la ventana abierta. Por ahí entraba el frío y eso lo movilizó hacia esa ventana para cerrarla, pero volvió a aparecer el brazo que lo movió y se encontró sentado en un sillón que estaba frío, y que tampoco tenía ningún valor. Y la miró, la volvió a mirar a ella metiendo las cosas en una bolsa grande. Una bolsa ridícula. ¿Dónde estaban sus…? Ahí, en la puerta estaban estacionadas las tres valijas. Su pelo lacio y negro bailaba como bailaría una cascada si se pudiese sacudir su cauce con la gracia con que ella movía su cabeza. Era muy linda. Bah… no, no era tan linda pero a él le encantaba. O le gustaba mucho, en realidad. Sí. Levantó su cabeza y se encontró con la cara de ella que también lo miró. No, le encantaba. No le gustaba mucho, le encantaba. Ella le mostró sus ojos oscuros y vivos, siempre vivos. Y sintió un nudo en la garganta. En unos segundos había destrozado todo, había pulverizado la vida de ella, los sueños de ella, los hijos que nunca tuvieron de ella, los proyectos de ella… Ella bajó la mirada y volvió a intentar que un saco entre en la bolsa.

Esta vez sintió el frío en sus pómulos y supo que otra vez lloraba. Ella… ella tenía una carita tan linda, lo que más le gustaba de ella es que era una chica de barrio, simple, pero al mismo tiempo era activa, despierta, motivada… Bah, lo era. Él no había dejado ninguna posibilidad de nada. Ella se fue y él aprovechó para fugar su mirada por la ventana hacia una nube. Ya nada sería igual. Y todo por unos segundos, por un instante tan tonto…

Trató de recordarlo. Los dos en el auto, su campera en las faldas de ella, él cambiando la música de la radio, el semáforo verde, él doblando, ella metiendo su mano en la campera, buscando… ¿qué buscaba? Un pendrive. Buscaba un pendrive para poner música en el auto. Sí, metió la mano en su campera para eso. Él doblaba. Ella encontró un papelito, un teléfono…

— Vamos, gordo —le dijo ella acomodando la bolsa grande con las valijas— . Nos tenemos que ir.

… “¿Tenés una mina?”, le preguntó ella entre risas mientras abría el papelito. Él trató de mirar qué tenía en sus manos, qué era ese papelito… Qué mierda era ese papelito…

— Gordo, vení. Vamos.

…y se lo sacó de la mano y lo miró. No le gustó eso, pero es que sintió que ese papelito… Y lo reconoció, era un teléfono del laburo. Y ella gritó, pero gritó tan fuerte que la miró, la miró a ella. Parecía como si estuviera sobreactuando una escena de celos, pero él sabía que no estaba comprendiendo del todo lo que estaba pasando. Y ahí se sintió el golpe, y después esa percusión espantosa sobre el capot del auto, y recién ahí frenó y reaccionó a mirar, cuando la cara del tipo quedó estampada en el parabrisas. Esa cara, la cara del Cacú Martínez en un baño de sangre en su parabrisas. Y el silencio. El de él y el de ella. El Cacú, el jefe del narcotráfico de la zona seguía estático con su cara reventada en el parabrisas. Afuera todo parecía mudo, ajeno. Eran las seis de la tarde. Ella le movió el brazo y vieron a uno de sus soldados salir corriendo. Él se bajó, agarró el cadáver con sus dos manos de la campera y lo tiró al pavimento. Se volvió a subir y arrancó el auto con el parabrisas surcando chorritos ascendentes de sangre que bañaban el techo a medida que más rápido huían.

No se dio cuenta de que ella lo había hecho bajar tomándolo del brazo y ahora salían de su casa. Se quedaron un segundo, tal vez dos, mirando la cruz colorada que habían cruzado en la puerta. La vieron cuando la cerraron, cuando salían. Era la confirmación de que tenían que llegar a Ezeiza con lo puesto y cuanto antes. Eran las siete menos veinte, el auto aparentemente ya no tenía sangre. Ella había pasado una manguera. Ella… que era tan simple…

— Gordo, dale, vamos. Subite, manejo yo.

Él miró por la ventana hacia atrás, pero no miraba su casa. Y el auto se fue.