Donde no pasa nada

…entonces acepté que estaba arriba de ese tren. Un poco aturdido me senté en un asiento vacío y miré el paisaje volverse hacia el pasado, hacia el mismo lugar del que yo escapaba. Eucaliptus, robles, arbustos, vacas, pájaros… Todos parecían decirme que huían del lugar al que yo viajaba. El tren era para mí un cohete, una nave que atravesaba todas las barreras que no había logrado superar hasta ese entonces. Pero creo que ya no tenía miedo. Cada tanto miraba un poco de reojo, un poco inclinando la cabeza para ver si veía algo llegar por la puerta del vagón, por la puerta de adelante. Y cada tanto desbordes aromáticos y fríos rompían la luz de la mañana dentro del vagón, esa luz blanca del otoño, y picaba los rayos de luz con puntitos, con esas cositas que flotan en el aire todas las mañanas. Y miraba la puerta pero nada. La puerta de adelante miraba. Todo tranquilo.

El tren, su sonido, su movimiento son como una hamaca mecánica que adormecen los sentidos, tal vez por eso me distraje. Me distraje con un molino lejano que, aunque cerca del tren los árboles y arbustos escapaban rapidísimo, el molino parecía mirarme sereno y confiado a dos o tres kilómetros de distancia. A más cerca del tren menos se distinguían aquellos protagonistas de la ventana, sin embargo el molino me miró un rato largo pasando lentamente de adelante hacia atrás. Cuando el molino abandonó el cuadro de la ventana miré la puerta del vagón, la de adelante, y estaba abierta. Sentí mi piel erizarse, me había distraído, sin embargo la imagen del molino mirándome desde lejos me daba alguna paz. No tenía ganas de seguir retrocediendo de vagón en vagón, si total sabía que llegaría al último vagón antes de alcanzar la estación.

Miré de reojo varias veces la puerta mientras abanicaba el pasillo al vaivén del movimiento del tren y empezé a sospechar de que se había abierto accidentalmente. A veces, en los trenes, las puertas se abren accidentalmente. Ya no quería volver a sentir miedo, estaba cansado del cuerpo tenso, del corazón palpitando, de la transpiración… y por un momento, por un mínimo instante, pensé en qué sucedería si recortase un breve tramo del tiempo, como si cortase el celuloide de una vieja película de un punto a otro sacando esa escena de contexto, y la imaginé absurda. Ningún tramo de ninguna película da miedo ni risa si saco un tramo descontextualizado. Porque en realidad el miedo es una serie de amenazas anteriores que nos persiguen en un momento determinado y presente donde, precisamente, no pasa nada. Si pasase algo no tendríamos miedo, sino que simplemente estaríamos muertos o lastimados. O a salvo.

Sonreí. No porque quisiese, sino porque tuve ganas de provocar esa descontextualización del presente e imaginar mi propia historia como un recorte de una película desconocida. Recién ahí advertí que estaba agachado, sentado en el asiento de la ventana con la espalda doblada intentando bajar la cabeza del horizonte cromado de las cabeceras de los asientos. Y lentamente fui izando mi torso con una nueva y aún débil confianza. Y volví a sonreír aunque esta vez sí había alivio en mis pómulos. La puerta se batía al ritmo del movimiento del vagón, y sentí que ese era precisamente el momento adecuado para levantarme e irme de ahí, pero irme hacia adelante, hacia la puerta abierta. Sin pararme erguido del todo me puse de pie y miré el piso del pasillo. No había nada. Me asomé en él pero en lugar de enfilar hacia el vagón de adelante me fui hacia la puerta del fondo, lo hice por los chorritos de la sangre que llegaban de adelante. Caminé con más apuro, con más ansiedad, hasta que llegué a la puerta del fondo del vagón, pasé y la volví a cerrar. Ya no tenía problemas para entender que de…