Lenin y el liberalismo

Separado de su ilustre pasado rioplatense –en tanto doctrina común del jacobinismo fundador (Moreno, Belgrano, Monteagudo) y de las mentes más avanzadas del siglo XIX (desde Alberdi a la Generación del 80)–, el liberalismo criollo quedó reducido, desde fines de la década de 1960, a la prédica de los organismos financieros multilaterales; al marketing de los inversores extranjeros o al recetario permanente de los economistas que orientaron las últimas dictaduras.

Pero fue su última aparición en las políticas de Estado, como argumento del programa económico de Menem, la que lo convirtió en el villano de la fábula redentora post 2001. Lo cual es bastante paradojal, por cierto, ya que la salida de la convertibilidad (y de la crisis) se debió a las sabias instrumentaciones de un libreto no ajeno a los lineamientos liberales.

Hoy es frecuente, entre progresistas de distinta pertenencia, denostar a los candidatos presidenciales mayoritarios por sus antecedentes o gestos presuntamente liberales. Otro tanto ocurre con medios de difusión, periodistas, intelectuales, escritores, etc. Ser liberal es un estigma para cualquier tipo con expresiones ajenas al reducido catecismo de la revolución gestual del izquierdismo.

También en esto se equivocan. La fobia antiliberal no es un síntoma de madurez ideológica. Y mucho menos de patriotismo. Pues para una sociedad, como la nuestra, que aún tiene pendiente la modernización integral de sus estructuras sociales, muchos de los instrumentos teóricos del liberalismo –especialmente dentro de un programa nacional de acumulación capitalista– son absolutamente necesarios. Y hasta imprescindibles, diría.

Seguramente algo parecido pensó Vladimir Ulianov (Lenin), el más destacado estratega del socialismo mundial de su tiempo y jefe político de la revolución bolchevique de 1917, cuando debió enfrentar las tremendas resonancias que produjo la Gran Guerra –también la contienda civil y varios intentos de invasión extranjera–sobre la economía de los pueblos que nucleaba la expansiva Rusia de los zares.

Como se sabe, la Revolución Rusa fue la primera en identificarse con los enunciados generales de Karl Marx. Lo cual habría sorprendido al propio autor de Das Kapital –fallecido en 1883–, pues consideraba que la dictadura del proletariado, en marcha hacia el socialismo, sólo podía tener lugar en los países del capitalismo avanzado. Especialmente en Inglaterra, pero también en Francia o Alemania. Marx creía que sólo en ellos estaba lo suficientemente madura la contradicción fundamental, entre la propiedad concentrada de los medios de producción y el creciente aumento del producto social, para viabilizar el cambio revolucionario.

Rusia constituía el modelo contrario a tales requisitos históricos. Sus rasgos salientes eran los cien millones de campesinos analfabetos, oprimidos bajo el anacrónico régimen servil y latifundista que imperaba sobre infinitas extensiones territoriales; un proletariado escuálido y diversas nacionalidades irresueltas que convivían, artificialmente, bajo el yugo del centralismo monárquico. En tales condiciones, era de crucial importancia emprender cuanto antes las tareas nacionales y democráticas pendientes.

Pragmático y realista, hacia 1921, Lenin –quien había denominado “enfermedad infantil” al izquierdismo– diseñó la llamada Nueva Política Económica (NEP), buscando establecer el camino del desarrollo en base a una serie de medidas tan decididamente liberales como alejadas de la “planificación socialista”.

Así, por ejemplo, se dispuso poner fin a las incautaciones de granos, que pesaban sobre los agricultores desde 1917, y liberar el comercio rural interior. También se flexibilizaron las relaciones laborales, con diversificación de salarios e incentivos a la producción privada; se contrataron técnicos de otros países y se promovieron las pequeñas y medianas empresas de propiedad privada. Y si bien el Estado mantuvo el control de los transportes o del comercio exterior, nunca se dejó de incentivar la inversión de capitales extranjeros.

Simultáneamente, las medidas oficiales dieron impulso a la emancipación de los pueblos con identidad cultural diferenciada y se implementó la reforma agraria, al estilo de las revoluciones liberales de Europa.

Lenin entendía, además, que de esta forma se reducía el riesgo de agigantar el rol del Estado, lo que evitaría la conformación de una casta burocrática que, tarde o temprano, se impondría como sustituto histórico de la alta burguesía. Lo que efectivamente ocurrió en 1924, tras su muerte, con el ascenso político de Stalin quien, cuatro años más tarde, torció el rumbo del exitoso ciclo de la NEP e impuso la industrialización “socialista” forzosa (además de uno de los regímenes más crueles y autocráticos de la historia contemporánea).

Aunque procede de un marco tan distante como distinto, este ejemplo puede servirnos para advertir los riesgos que entraña la superflua veneración del estatismo, adoptado como antítesis de “lo liberal”, que tantas veces ha ocultado el germen de corrompidas burocracias políticas, cuya única finalidad consiste en convertir los bienes públicos en patrimonio de una selecta camarilla de negocios.

“Insisto, y hay que insistir siempre, en que el problema no es una cuestión teórica, entre la economía liberal y la dirigida”, escribió Jauretche explicando que la cuestión radica en saber si estas concepciones están formuladas desde una decisión soberana o si sólo sirven para justificarla subordinación.(Caracterización que hoy incluiría tanto a las relaciones carnales del menemismo con EE. UU, como al actual romance chino de Cristina).

Estamos en la alborada de un nuevo tiempo. De un tiempo político modelado por el fracaso sucesivo de las ilusiones posmodernas y retro progresistas, que nos invita a retomar el estilo ideológico de los llamados “movimientos nacionales” –cuando la realidad concreta marcaba la evolución de las ideas y no al revés–, y en cuyo marco histórico se desenvolvieron los setenta años cruciales (1880/1950) del devenir argentino.

Acudiendo a esa herencia, como fuente de consulta, no tardará en aparecer un pensamiento liberal genuinamente arraigado.  Para actualizarlo creativamente me permito sugerir el ejemplo de Lenin, quien comprendió que debía revolucionar plenamente su conciencia si quería concientizar no menos plenamente su revolución.  Tal vez por este camino podamos crear, en algunos años, una vanguardia política que esté más atenta a las necesidades de la nación hispanoamericana inconclusa que a las consignas “revolucionarias” de moda.