Dos veces ayer

Era un cuarto sucio. Tenía unas dimensiones tan reducidas que a cualquier persona le hubiera parecido un chiste de mal gusto que un arquitecto la pudiera concebir. Había ropa y papeles tirados por doquier, todas las paredes despintadas por la humedad, un intenso aroma a sudor y a vino tinto.

En la pequeña cama de la habitación, ocupando casi la totalidad del espacio físico de aquel departamento, rechinaban los resortes del catre gracias a la fuerza con la que dos bultos de carne se empujaban uno a otro en un desesperado juego de sabanas traspiradas. Ana, la perdedora que había ofrecido jugar, había quedado relegada a quedar tirada boca debajo del colchón, ahogando sus gritos entre los dientes, mientras su amante saltaba sobre ella con la bronca de un fanático que ve quemar en llamas una iglesia. Este se movía arriba de ella consciente de su suerte. Le refregaba su órgano por su piel con la fuerza suficiente para desgarrarle algún músculo, regocijándose con el placer que entraba por entre sus piernas y se desparramaba por su enorme figura. Ella le daba sin resistencia cualquier tipo de chanchada que pidiera, soportando que él le arrebatara cualquier tipo de intimidad que escondía su cuerpo como si fuera un perro rabioso que destroza una esponja, y solo pedía que siguiera y que no se preocupara por su dolor. Lucio estuvo un buen rato disfrutando de su regalo. En cierto punto, ansioso del éxtasis que ya podía ver venir por sus nervios, luego que la continuidad del acto lo llevara a sentir la sensación física de la sangre recorriendo las venas, el hombre pudo imaginar cómo se acercaba el momento en que la presión que iba acumulando le iba a hacer expulsar sus vísceras dentro de ella. Entonces cambio de posición. Enfrentó los dos cuerpos, pecho contra pecho, acostando su cabeza a un costado del de ella y, tapándose los ojos con la almohada, aumentó la velocidad para llegar a la felicidad que el acto le prometía. Solo pensaba llegar a eso; pero a ella no le importaba nada lo que sucediera más allá de su cabeza. Indiferente a la violencia que sufría por dejar que un cuerpo extraño entrara en el suyo, Ana miraba al techo cómo si estuviera viendo más allá de las sucias paredes, feliz por los recuerdos que le suscitan la memoria. Acariciaba la cabeza de Lucio sin que él se percatara de la ternura que le propiciaba, jugaba con sus rulos negros de igual manera que cuando iban al parque y él se dormía en su falda en la época en que les era frecuente hablar del futuro para calentar el presente. Todo era bello para Ana. La concentración en sus recuerdos fue tan profunda que ni siquiera escuchó el desaforado grito que nació a un costado de su oreja, el mismo que no dejó vecino sin despertar, el que provocó que el hombre arriba suyo se fuese apagando lentamente sobre su figura; mas ella, sin moverse un centímetro, soportando el peso del hombre que parecía haberse muerto arriba suyo, siguió acariciándole los rulos negros que tanto le habían gustado la primera vez que lo vio. Nada podía estropearle el momento. Sin habérselo propuesto, la joven contrastó la mugre que se juntaba en cada esquina, a la porquería del hombre que se resbalaba por su muslo, con su imagen que parecía brillar en el contraste de aquel antro de mala muerte. Miraba a Lucio mientras este iba tranquilizando la respiración entre suspiros, y sentía como las frases se deslizaban por su cabeza sin que ninguna se animara a materializarse en su boca. Eran tantas las ganas que tenia de llorar que podía asegurar que otra persona, en algún lugar del mundo, lagrimeaba sin entender por qué.

Todo se había acabado. Una vez que la mecánica del acto llevó al hombre a quedar reducido al profundo sueño que conlleva el ejercicio, Ana lo empujó hacia un lado de la cama, intentando con toda cautela no despertarlo de su descanso. Puso los pies en el suelo y se levantó sin hacer ruido alguno. Fue tan sigilosa como un ladrón experimentado cuando caminó por la pieza y recogió la poca ropa que había dejado colgando en el tendedero. Cuidando sus movimientos para no crear alboroto, guardó sus pertenencias en el bolso de mano que siempre llevaba consigo. Abrió la puerta del departamento, salió al pasillo del edificio y se tomó unos segundos para mirar a su amante dormir como si no hubiera mañana, indiferente de todo lo que pasara más allá de su pesado sueño. Ana lo conocía tanto que podía jurar que solo necesitaba pensar un poco para descubrir con qué estaba soñando. Viendo que sus pensamientos empezaban a alborotarle la cabeza, dio un largo suspiro para sus adentros como para sacárselos de encima, y empujó la perrilla de la puerta para dar por terminada su relación.

No le había dejado rastro de su futuro paradero. Ni siquiera quiso decidir a qué ciudad se mudaría hasta no estar parada frente a la boletería de la estación de trenes; esperó a estar bien lejos del departamento en que vivió varios meses para asegurarse que ninguna palabra se le escapara. -A dónde piensa ir- le preguntó el trabajador de la cabina de pasajes, refunfuñando por el natural disgusto que le provocaba el trabajo nocturno -Qué casualidad, yo le iba a preguntar lo mismo- le respondió Ana con una sonrisa pícara, a la misma vez que sacaba de su bolsillo un puñado de billetes arrugados y los dejaba arriba del mostrador. El trabajador, un tanto extrañado por aquella respuesta, agarró el dinero y se puso a contarlo a regañadientes. No entendió que para ella lo justo era no elegir su nuevo destino. Y es que Ana pensó que lo mejor sería que decidiera el capricho de la suerte, su fiel enemigo, el mismo que la había forzado a cambiarse de cuidad, y ver qué tan buen gusto tiene el destino en materia de geografía.

Una vez que el hombre le dio su boleto de tren se dirigió al andén que le correspondía, haciéndose lugar entre el gentío de personas que corrían en busca de su tren, y se sentó para esperar que se cumpliera la hora de su partida. Juntó las manos y puso su bolso entre sus piernas como si fuera una pequeña niña que espera a su mamá. Alternó su mirada con la gente que pasaba apresurada delante de ella con el enorme reloj que había en unas de las paredes de la estación, nerviosa aun por la incertidumbre sobre si él se iba a presentar. Recién se tranquilizó cuando entró en la recamara de su vagón y se reclinó triunfante en su asiento, viendo por la ventana de su camerino que el tren empezaba a moverse hacia un pueblo que ella misma desconocía. Fue cerrando los ojos con la tranquilidad de que no se había olvidado ningún recuerdo en su antiguo departamento. Solamente dejó la ruidosa presencia de su falta, omitiendo hasta la típica carta de despedida, algo que solo iba a darle a su amante una escena de una película mal escrita. “Suficiente drama va tener cuando se levante para que yo esté jugando a las telenovelas” había pensado al momento de planear su partida. La realidad, por el contrario, fue distinta a lo que había planeado.

El hombre se despertó a la mañana siguiente entre los bostezos de ogro que lo caracterizaban y se fue directo a calentar agua para el mate, sin alarmarse en lo más mínimo por concebirse solo en aquella habitación, sólo preocupado en prender la hornalla y no quemarse los dedos como acostumbraba en cada oportunidad. Todo indicaba que ese día era uno más del montón. Fue a sentarse en la mesa como hacía todas las mañanas y prendió un cigarro con la tranquilidad que corresponde a una rutina sin sobresaltos. Su calma estaba justificada. Intuyó que ella se había ido a comprar tortitas calientes para el desayuno, costumbre que frecuentaba todos los domingos a la mañana, que lo más probable es que en un rato ella abriera la puerta y le regalara una sonrisa cálida de oreja a oreja para alegrarle la mañana, motivos suficientes para esperarla el tiempo que fuese necesario antes de cebar el primer mate. Estuvo esperando varios días a que ella volviera. Al tercer día de la partida de Ana, totalmente consumido por la desesperación de no querer enfrentar la realidad, Lucio tuvo que convencerse a sí mismo que ella no iba a volver y aceptar lo inevitable del asunto, más por una cuestión de salud mental que por amor a la verdad. Sintió, por primera vez, lo que la primera luz de la mañana es la conciencia del borracho.

El muchacho estuvo varios días reflexionando sin salir de su casa, sentado en el suelo y con los brazos sobre las rodillas, las manos sosteniendo la cabeza como si pesara demasiado por todos los pensamientos que retenía. Fumó cigarrillos como si hubiera querido hacerle competencia a un ferrocarril descompuesto. Se pasó las tarde buscando en algún lugar de su recóndita memoria algún acontecimiento que justificara la partida de su amante, ensordecido por el griterío de su propia la conciencia, y terminó deduciendo que fue su egoísmo el causante de su abrupta despedida. No entendió que ella encontró en el roce de la carne una forma de compensar las frases amontonadas en la garganta, una forma más noble de llegar donde el diccionario no alcanza. No supo entender que a falta de palabras pronunciadas, las metáforas son simples sutilezas.

Escrito por Eric Esley