La fábrica de hacer chistes

Como cada mañana, encendí la radio para escuchar las noticias. Nada nuevo. Abrí la casilla de email y me encontré con spam y sandeces, entre estas últimas, vi un email del gordo Tulio. Estaban copiados a todos los chicos en los “enviados”, así que me di cuenta de que era una cadena graciosa. Tal cual… el cuerpo del email estaba plagado de chistes, de todos los colores, banderas y estilos. No paré de reírme, intentando memorizar los mejores (al pedo, porque siempre que los tengo que contar, como todo ser humano que carece del don de la memoria de chistes, los olvido y hago papelones vergonzosos).

Abrí Facebook, fui al inicio y me desplacé hacia abajo, mis ojos se posaron en dos o tres chistes que me hicieron llorar de la risa. Entonces pensé… ¡con lo difícil que es hacer humor! ¿Quién inventa los chistes? ¿de dónde salen? Si escribo una pelotudez soberana y me esmero porque tenga mi sello, ¿Cómo alguien que puede inventar algo tan magistral como un chiste lo hace desde el anonimato total? ¿Quién lo crea? ¿Quién los inventa?… así empezó mi búsqueda.

Era de esperar que hiciese lo que hacen todos… abrí Google y comencé a bucear la web. Wikipedia me dio el significado de “chiste” pero no me dijo nada sobre su origen, menos de donde vienen o nacen. Entonces apagué la compu y me sumergí en la realidad. Me traté de comunicar con algún humorista consagrado y nada, tomé café con mis amigos lectores y sabiondos y nada, caminé los pasillos de la biblioteca San Martín en busca de algún libro misterioso y nada… no sabía por dónde empezar a buscar.

Volví a mi casa resignado, doblé la esquina y entre vahos y oscuridad se me apareció una sombra, que poco a poco se fue materializando… mezcla de gordo barbudo y panzón con ojos picantes y nostálgicos, llameantes y encendidos. Me habló con acento cordobés y me dijo: “hoy vas a ir al lugar que estás buscando”. Un olor dulzón me inundó, la vista se me nubló y todo oscureció… comencé a toser y poco a poco me fui desmayando, cayendo en un sueño profundo. Segundos antes de desplomarme en el piso, esta especie de “genio de la botella” me tomó entre sus brazos y me comenzó a elevar por los cielos, entramos a una nube y me quedé medio dormido. Entre cabezazo y cabezazo pude ver cómo me alejaba del suelo, luego la noche estrellada y por fin una especie de local iluminado apostado sobre un colchón de algodón, un letrero de neón dictaba “la fábrica de hacer chistes”… había llegado.

Cuando abrí los ojos estaba dentro de “la fábrica”… pero no se parecía en nada a una industria, sino que era idéntica a un bar. De fondo se escuchaba música… o ruido, no sé, eran temas dispares, tango mezclado con rock, luego folclore, punk… un popurrí de aquellos, por suerte digerible. Estaba todo con luces tenues… olor a noche, olor a humo, olor a gente, a pucho, a piel, a espuma de cerveza, a cabaret. Olor a vida. En tele se veía un partido de fútbol ochentoso, con mechudos de camisetas ajustadas y un video de Queen.

Había una barra estilo americana y detrás un barman alto y regordete, de cejas tupidas, boina civil, camisa a cuadros y anchos antebrazos peludos. Limpiaba un chop con una gamuza y hablaba a los gritos. Dos caballeros esbeltos, de sombrero y esmoquin lo llamaron en un extraño castellano, lo que me hizo pensar que eran ingleses. Por lo que pude escuchar, el barman se llamaba Manolo. Les sirvió wiski entre risas y comentarios cargados de zetas, lo que me hizo pensar que era español.

Había muchísimas mesas, la mayoría ocupadas, salvo dos o tres que estaban a mi lado. Cerca de mí conversaban sentados cuatro religiosos, o por lo menos así lo delataban sus atuendos. Uno era canoso y delgado, estaba vestido con una túnica blanca, como de cura, tenía cara de pícaro y atorrante. A su derecha estaba un rabino, lo reconocí por su kipá, su barba larga y sus patillas lacias. Frente al cura había dos mormones, sosos, de traje, rubios y con unos maletines y a la izquierda un loco pintado de azul, con varios brazos y coronitas de oro, por el delineamiento de sus ojos supuse que era hindú o algo así. Los cinco se cagaban de la risa y manipulaban un libro grande, como una Biblia o un Corán, calculo. El cura señalaba la tapa al rabino al tiempo que las lágrimas le caían de los ojos de tanto reír. El hindú aplaudía a full con los cuatro bracitos y los mormones estaban inmutables, como esperando su turno para hablar.

Bien cerca de la barra estaban sentados dos tipos totalmente borrachos y zaparrastrosos, sucios de pies a cabeza, dos calaveras de antaño. Su mesa estaba atiborrada de botellas y vasos vacíos. Se notaba que venían de una garufa épica. Estaban pasados de vino, rotosos discutiendo atrevidos. El más bajito gastaba al más alto con la hermana y este le retrucaba con la esposa.

A propósito de truco, había cuatro muchachos jugándose uno, un argentino, un brasilero, un italiano y un alemán. Lo deduje por las camisetas de fútbol que llevaban, además que cada uno tenía un accesorio típico. Por algún extraño motivo el argentino se veía más altivo que los demás.

Hacia el otro costado del bar, parados y disfrutando de la noche, había de todo, mucha gente mezclada, veía cuatro morochos dotados, abuelitas tiernas cosiendo al croché, animales que conversaban, tres cornudos correteándose  dos flacos torpes bailando con unas coloradas despampanantes, unos gordos divertidos rapeando, varios gays charlatanes, algunos rubios aburridos, un par de tavestis peleándose, tres o cuatro maestras discutiendo con unos alumnitos, dos políticos observando todo y frotándose las manos, una mujer planchando al lado de un pibito que le gritaba “¡mamá mamá!” y varias cosas que no alcanzaba a escuchar. Pero había un loco que me llamaba la atención en demasía. Era de estatura media, cara colorada, pelo negro y gorrito. Mientras que todos se divertían, él molestaba. Le tiraba papelitos a la gente, les tocaba la espalda al tiempo que se hacía el boludo, gritaba piropos a las curvilíneas damas, detallaba con groserías los atributos de los hombres y reía a carcajadas. No lo paraba nadie… salvo la madre que a los gritos lo hizo callar y lo fajó. Supuse que es su mamá porque el muchacho este ha de llamarse Jaime y ella lo llamó “Jaimito”, onda de cariño, creo.

Atrás mío había un placar, dentro de él estaba alguien, pero le debía dar miedo salir, porque asomaba la cabeza, sacaba la mano y le convidaban cerveza o pedacitos de chori. Parece que estaba en pelotas, le alcancé a ver solo las medias puestas… ¡tenía una cara de susto bárbara!

Entraron cuatro tipos y se sentaron en la barra, cerca de los dos ingleses, los cuatro pidieron cerveza. Uno tenía un ambo y un estetoscopio, el otro un casco amarillo de construcción, el otro estaba de traje, corbata y maletín y el último llevaba varios libros contables, lentes y papeles de la afip. Los cuatro parecían amigos, charlaban, discutían, gesticulaban y escaviaban.

De pronto se apagaron las luces y una banda comenzó a tocar, estaba formada por más de noventa músicos y cada uno, en solitario o en grupo, hacía un estilo diferente al mismo tiempo. Fue en ese momento que una pequeñísima parte del bar me llamó la atención, porque fue la única en donde la luz quedó prendida… la luz de una velita que estaba sobre el escritorio. En el escritorio había sentado un viejo de unos ochenta años, pelado y ojeroso, sereno. Tenía una pluma en la mano de colores vivos que utilizaba para escribir en un enorme bloc de papiros. Levantaba la vista, agudizaba la mirada, se ponía la mano detrás de la oreja a modo de audífono para escuchar mejor y bajaba la mirada para anotar cosas, no sé si lo que veía o lo que escuchaba. El viejo escribía sin parar. Cuando llegaba al final del papiro, lo cortaba en trozos, por párrafo, lo hacía bollitos y se los ponía en el pico a una eterna fila de loros que iban desde su escritorio hacia el más allá. El loro mordía el papelito y el viejo le daba una palmadita en la cabeza, éste salía volando por los aires del bar y se escapaba por una ventanita en el techo hacia el horizonte.

En ese momento se me apareció un tartamudo vestido de mozo y me dijo que me corriera de donde estaba porque era el lugar donde se ponían los famosos, como Tarzán, Súperman o Chuck Norris, a cambio me invitó a tomar un fernet con unos enanos que estaban re empedo. Los miré risueño… el viejo escritor de papiros me observaba fijo. El fernet se acabó y le siguió el ron, luego el wiski y el gin para rematar con speed y vodka trucho. La noche se puso sabrosa cuando entraron las bailarinas y los strippers, todo se fue al carajo, pero les juro que un segundo antes de caer desmallado volví a mirar al viejo que escribía y me seguía mirando… ahí… altivo, con sus zapatotes de payaso.

Esa mañana me levanté confundido, en mi cama, con una resaca de la puta madre, no escuché el despertador… tenía la boca pastosa y pesada, con gusto a ceniza, no entendí que había pasado, mi señora me dijo que me encontró en pedo y dormido en la puerta de la casa. Por suerte era sábado. Me senté en la mesa con una botella de agua y una porción de piza fría, prendí la radio y sintonicé el programa del negro Galdeano que se cuenta unos chistes bárbaros…

… y estaban unos enanos borrachos y en eso uno cayó en el piso, otro en el mostrador, otro en una mesa, y así cayeron todos. Entonces aparece un borracho de tamaño normal y dice: ¡Mierda! ¿Quién desarmó el metegol?