Crítica de la razón burocrática

Como se sabe, a partir del Ciclo Lectivo 2015 se inició en Mendoza la demorada implementación de la Ley de Educación Nacional 26.206 que, entre otras cosas, supone la paulatina reducción de horas cátedra dedicadas a la filosofía en la escuela secundaria.

Es decir, la materia seguirá dictándose sólo en una de las diez orientaciones, quedando fuera de las grillas el área de Lógica y Epistemología. En su lugar, se dictarán “otras formas del conocimiento” (SIC) como Formación para la Vida y el Trabajo; Culturas Juveniles y Construcción Social del Pensamiento Científico.

Entiendo que es un desatino de consecuencias mucho más graves y generalizadas de lo que se supone, especialmente porque nos retrotrae a la antigua oposición “revolucionaria” entre educación libre y educación ciudadana.

Esta última concepción entiende la función de la escuela como una adaptación del sujeto a los fines políticos específicos del Estado. O como escribió brillantemente Robert Wilson, “el objetivo de la educación sería matar la curiosidad de los estudiantes, diciéndoles que sólo hay una respuesta. Y que como ya la sabemos, es mejor que no sigan preguntando”.

El antídoto contra esta definición totalizante ha sido siempre la universalidad del pensamiento, que está en la matriz de toda filosofía genuina. Porque al intentar hallar las razones por las que las cosas son lo que son –me apropio de una definición de Darío Stajnzrajber– la filosofía lleva la pregunta hasta su última expresión, a su máxima radicalidad. Sin limitaciones ideológicas, ni cumpliendo con la “Razón de Estado”. Por eso es distinta de otros modos de ejercitar el pensamiento (y no puede ser sustituida por ninguno de ellos).

Retomando la vieja falacia progresoide de la “unanimidad ciudadana”, en los últimos años ciertas corrientes políticas han intentado separar a la filosofía del ámbito educativo por ser “poco funcional”. Así lo plantearon el último gobierno del PSOE en España y los socialdemócratas mexicanos, entre otros. En ambos casos, los funcionarios opinaban que la filosofía es un saber esencialmente impracticable y pretérito, pues “todo en ella sucede a demasiada distancia de nuestra lengua y necesidades inmediatas”.

Pero la filosofía es mucho más que invocar nombres de pensadores célebres del pasado y sintetizar, con algunos leit motivs, sus sistemas de pensamiento (salvo en las divulgaciones televisivas del tipo Fernando Savater o José Pablo Feinmann, al parecer las únicas fuentes teóricas de tales dirigentes).

La filosofía, para ser tal, debe preguntarse no sólo acerca del presente sino, fundamentalmente, desde el presente. Incluso, cuando se lee a los pensadores de otras épocas históricas, la lectura sólo se convierte en un acto filosófico en tanto predomine la actualidad de la lectura y la necesidad de preguntar del lector.

Preguntarse sin medir las consecuencias, he ahí la cuestión de la filosofía. Por eso la aborrecen los regímenes burocráticos. Si pudieran desterrarse definitivamente la duda y la pregunta sistemática, refugiadas en la filosofía, la tentación totalitaria de apropiarse del anillo de la Verdad Absoluta –e­mpleando la metáfora de Tolkien– que subyace en toda forma de poder político, no tardaría en desatarse.

El control del “sentido común” es la clave de la opresión de clase. Por ello, suspender o reducir la práctica de la filosofía en las escuelas, es una forma de complicidad con la perpetuación de las clases dominantes. Cualquiera sean los argumentos formales que se esgriman, el mensaje que impone el silenciamiento de la filosofía es la “respuesta única” (e interesada) de Wilson

Y aunque, actualmente, la calidad de la enseñanza filosófica en la Argentina no sea la óptima –ni mucho menos–, su presencia en los años cruciales de la formación intelectual de las nuevas generaciones resulta imprescindible. Pues se trata de la etapa en que los jóvenes ofrecen su sensibilidad a las ideas y aún son capaces de programarse a sí mismos, superando hábitos, costumbres e ideologías heredadas.

Dicho de otra manera, es el tiempo en que se forma la soberanía intelectual del sujeto, condición indispensable ya no sólo de la filosofía sino, fundamentalmente, del destino de la civilización.