La medida del hombre

Las sábanas estaban tan frías… La cama parecía el casco desnudo de un bote. Dura, fría… Giré mi cabeza y la volví a mirar. Su cara de paz, sus labios tenuemente abiertos, sus párpados pesados clausurando el verdor de sus ojos… Volví a mirar ese dormitorio extraño, ajeno. “¿Cómo pude traerla a este lugar?”, pensé. Se reactivó un motor y el sonido del agua corriendo en alguna máquina cercana me martillaba en el pecho. No tenía derecho de haberla traído a ella, justamente a ella, a esta toldería espantosa. Otra vez se trababa el motor, tosía turcas y resortes, y volvía a funcionar sistemáticamente.

En el furor de la entrada, en la borrachera de los besos y los abrazos torpes, la caída pesada de los dos sobre la cama, no había podido ver con detenimiento el cuarto. Maggie dormía. Dormía y me daba paz. ¡Su cara era siempre linda, suave…! Me levanté despacio y empecé a recorrer ese reducto. Pisé cositas… ¿arena? Qué se yo, ojalá sea arena, pensé. Seguí recorriendolo con mis ojos pintados de la luz de los carteles de la autpista. Una silla blanca de plástico de jardín, una mesa de fórmica a un costado de la cama, con una lámpara de cerámica con forma de ángel, un cuadro con un paisaje japonés, torcido, un poco torcido… Ya había visto el baño. No dije nada cuando entré, y Maggie tampoco. Pero lo de Maggie era más meritorio porque ella lo había mirado con sus ojos verdes, con su sonrisa de nieve. Y no dijo nada.

Me acerqué a la silla, revolví nuestras ropas y encontré mi pantalón. Revisé mi billetera y me quedaban diez pesos. Me iba a tener que ayudar con el taxi, porque no me alcanzaba hasta su casa. Miré a la ventana y me volví a chocar con el letrero de esa propaganda de aceite de auto, inmensa y fuertemente iluminada. Volví a la cama. Antes de meterme me sacudí los pies. No era arena… Me sacudí más. Volví a sumergirme en esas sábanas frías con olor a humedad y a viejo. Volví a mirar a Maggie y otra vez me dio paz. Para ella tal vez sería una anécdota divertida. Para mí era el límite que me daba la cuerda atada a mi pie. No podía darle más que esto. Sentí que la cuerda atada al pie de Maggie era mucho más larga, y todos tiramos de la cuerda. Todos…

 

¿Por qué sentía de pronto esa inseguridad, ese miedo? ¿Me estaría enamorando? ¿O la belleza de Maggie me volvía a mostrar que el hombre se mide frente a una mujer cuanto más excepcional esta sea? Los autos en la autopista están haciendo más ruido. Creo que hay más… Creo que está amaneciendo…