Barajar y dar de nuevo

“La tradición de las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos –escribió Marx–. Y cuando éstos aparentan dedicarse a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto; en estas épocas de crisis revolucionaria es, precisamente, cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal“.

Algo en este conocido párrafo del XVII Brumario debe ser cierto, pues a mis 54 años no recuerdo uno solo de los procesos políticos vividos que no estuviese surcado por las temáticas ideológicas, discursivas o historiográficas de los años 70.

El menemismo, por ejemplo, llegó a caballo de cierta estética revisionista a lo Rimoldi Fraga (Menem todavía usaba patillas como Facundo Quiroga) y se sostuvo, más tarde, cuando las verdaderas cartas estaban echadas, en la retórica del desarrollismo tardío. Una doctrina que, bajo el culto a las inversiones extranjeras, escondía la inserción dependiente de la sociedad argentina a los nuevos dictámenes del capitalismo central.

Nada nuevo, por cierto, para quien haya estudiado las gestiones económicas que se sucedieron tras la muerte de Perón. Pues desde esta doctrina, netamente setentista (aunque ya esbozada por Krieger Vasena algunos años antes), se instrumentaron los cambios –entre 1976 y 1982–que habrían de derrumbar el perfil industrial sustitutivo de la economía argentina, sin que hasta hoy haya surgido uno alternativo.

 

Setentismo de derecha

Hay un personaje que, sin tanta prensa, protagonizó el periplo en cuestión y constituye un dato preciso de la continuidad doctrinal desarrollista: Ricardo Zinn. Fue el cerebro del plan económico de Celestino Rodrigo –derrotado por las movilizaciones obreras de 1975– , instalado allí por el felizmente desaparecido Consejo Empresario Argentino, que orientaba José Martínez de Hoz,ilustre personaje a quien Zinn acompañó al Palacio de Hacienda, desde 1976, como asesor y desde las filas del Grupo Azcuénaga. Más tarde, aparecerá en los 90 orientando la faena privatista (al punto que falleció en 1995, junto a José Estenssoro, a quien instruía en la privatización de YPF, en un sospechoso accidente aéreo).

Como se ve, desde el prisma que permite el paso del tiempo, no es difícil asimilar la trayectoria de Zinn al génesis y despliegue del esquema económico que estalló,en pedazos, recién en 2001. Tan fuerte era el revival de los primeros 70 bajo el menemismo, que quienes nos oponíamos al desguace lo hacíamos desde una posición “estatista”. Como si ésta o la “privatista” fueran, en sí mismas, posiciones políticas acabadas (clásica discursividad setentista) y no simples instrumentos, que podían servir tanto al desarrollo autocentrado de tipo nacional, como al despojo de las riquezas autóctonas (de hecho, Martínez de Hoz había “nacionalizado”, poco antes, la Compañía Italo Argentina de Electricidad).

 

Setentismo de izquierda

Creo que no hace falta profundizar –más de lo que ya se hizo– sobre la dialéctica del terrorismo de Estado y la vigencia de los Derechos Humanos, como eje temático de los gobiernos de signo “progresista”, tanto de Alfonsín (¿se acuerdan de la muletilla del “pacto sindical militar”?) como de Néstor y Cristina Kirchner.

Si a esto le sumamos los reciclados del pejotismo bonarerense, la denostación del vandorismo sindical, el sociologismo de la “Cafieradora” y luego del Frente Grande, los cantautores y artistas “comprometidos”, el indigenismo, la resurrección caricaturesca del socialismo nacional y sus pensadores o el antimilitarismo, llegamos a la conclusión que nada del todo nuevo apareció en la cultura política argentina (especialmente en el progresismo de distintos tintes), desde los 70 hasta hoy.

 

¿Hay alguna explicación?

Seguramente no hay una sola. Desde el punto de vista de la política económica, se diría que el eje del último medio siglo ha estado situado en la reconversión del modelo surgido en la posguerra. Un modelo inconveniente para los requerimientos de quienes lideraron internacionalmente el período, especialmente por la proyección continental que cobró bajo el peronismo clásico. Pero un modelo, también, demasiado arraigado entre las clases populares para ser borrado sin más.

Este dilema insuperable, que condenó al fracaso los distintos intentos (militares o civiles) de la llamada Revolución Libertadora, se trasladó al plano cultural y político en la forma de un enfrentamiento de la juventud de clase media urbana –que descubría, por aquellos años, la política y el peronismo– con el proyecto de sus padres. Enfrentamiento que alcanzó niveles trágicos (primero parricida, luego filicida) y cuyo efecto traumático ha cristalizado a la sociedad argentina en las modalidades y contenidos de la infausta década.

Y es esta cristalización histórica la que todavía nos impide construir un proyecto de nación medianamente consensuado.

 

Polarización crónica

Somos una clase media atravesada por las indefiniciones. Y para colmo de males, convertimos tales indefiniciones en controversias insalvables. Tanto en lo que concierne a las organizaciones sindicales, como en la definición del rol que deben cumplir los empresarios nacionales o las (auténticas) inversiones extranjeras. Tampoco atinamos a diseñar una agenda actualizada para las fuerzas armadas, ni una estrategia para la recuperación de la soberanía. Mucho menos podemos decir cuál es hoy nuestra política exterior, ni sabemos como reconstruir la destruida matriz energética.

En lugar de eso, hemos pasado los últimos 40 años discutiendo los posicionamientos ideológicos, parados en un mundo que ya no existe. Lo cual se pudo comprobar, de la manera más evidente, cuando aparecieron los productores rurales de mediano formato (un sector crecido por efecto de la economía sojera) en la protesta de 2008. En aquel momento, fueron descalificados, por la militancia oficialista, confundiéndolos con una figura clásica del setentismo: la oligarquía vacuna, desaparecida históricamente desde hacía décadas.

 

La luz del túnel

Hay varios indicios para pensar que el setentismo está llegando a su fin.Fundamentalmente, porque hoy son numéricamente más gravitantes los argentinos que se formaron en otro momento histórico. De hecho, el nuevo presidente de la Nación –sea Massa, Scioli, o Macri– ya no reportará en su curriculum actuación política alguna en los 70. También por el agotamiento de las farmacopeas puestas en juego desde el fin de la Dictadura.

O inventamos o erramos“, sugería Simón Rodríguez. Tal vez haya llegado el momento de tomar el consejo y sacarnos de encima un trágico fracaso generacional convertido hasta hoy en tema de culto.