El encargo

El viaje había sido desgastante. Salió de Mendoza hasta Catamarca pasando por cada cliente. De Catamarca fue hasta Santa Fé y cuando estaba por volver lo llamaron de la empresa para que visitase un último cliente en Tucumán, así que se tuvo que volver cientos de kilómetros hacia el Oeste. Luego de diez días de andar y andar por fin estaba volviendo a su hogar.

Transitando la ruta 40 con rumbo a San Juan sonó su teléfono… era su jefe. No podía desaprovechar el viaje, debía ir a visitar a ese potencial cliente perdido en la montaña. Tenía que desviarse por la provincial 49 hasta Jachal, para luego subir hacia en norte por la provincial 456 hasta el final de la misma, ahí había una pequeña minera en la que lo esperaban. Un viaje relativamente corto, pero denso.

Era temprano, si todo salía bien debía llegar a destino a medio día, estar una hora de reunión y “franeleo” comercial, y por fin podría volver. Llegando a última hora de la tarde a su casa.

Pasó el pueblo por el centro y recorrió todo el camino pavimentado de la provincial 456, hasta que se hizo de tierra. Luego comenzó a ver campo, desierto y montañas, pasó media hora manejando y vio solamente un auto conducir en dirección contraria a la de él. Perdió completamente la señal de su celular. A medio día llegó a “Minedrill”, algo le llamó la atención.

La puerta de entrada a la empresa estaba abierta, la vaya de seguridad levantada. El día nublado y gris le daba un manto penumbroso al lugar que generaba cierta intranquilidad. Parecía una película de terror. En la garita del guardia no se veía a nadie. Entro despacio con su auto hecho polvo. Detuvo la marcha entre maquinaria pesada y una especie de oficina hecha con un contenedor. Al bajarse un silencio atroz aturdía sus oídos. El sonido de un cartel golpeando contra una chapa, movido por el viento, era lo único que hacía de banda sonora. Una sensación extraña corrió por su cuerpo, volvió a mirar el celular… nada. Muerto.

Parado al lado del auto aplaudió, como se solía llamar a los almaceneros en las despensas de su barrio. Nada. Luego silbó, a ver si alguien lo escuchaba. Nada tampoco. Entonces decidió caminar hasta el contenedor en el que claramente se leía la palabra “administración”.

Golpeó la puerta y se quedó esperando, intranquilo, observando el paisaje desolado a su alrededor. No había actividad alguna, ni siquiera sonidos lejanos de máquinas trabajando. Una garua incipiente comenzó a caer luego de un trueno lejano. Esperó un momento y volvió a golpear, esta vez lo siguió de un “hola” dubitativo. Con los golpes de la tercera vez se dio cuenta de que nadie lo estaba escuchando, quizás no tenían recepcionista, pensó. Tomó el picaporte, la puerta estaba sin llaves. La abrió lentamente, repitiendo nuevamente el “¿hola?” seguido de un “buen día”. Nadie contestó. Cuando logró abrir la puerta de par en par para ingresar una imagen escalofriante lo golpeó. El paisaje era atroz. Dentro habían tres cuerpos desparramados. Uno estaba aún sentado en el escritorio de entrada, con la cabeza hacía abajo y un agujero en la frente del que manaba un charco de sangre que se esparcía libremente por la superficie de la madera. Sentado contra la pared yacía el cadáver de un tipo pelado y robusto, con varios orificios esparcidos por el cuerpo, aún con sus ojos abiertos, perdidos en la nada. Hacia el final de la sala había un hombre alto y delgado, todo vestido de gris, de costado, también perforado por todos lados. Cerca de su cuerpo había un arma, presumió que debía de haber sido el tipo de la garita. Su corazón comenzó a latir estrepitosamente. Suspiró y miró a su alrededor, pidió ayuda a gritos, nadie respondió. Se acercó a los tres cuerpos, constatando que estaban muertos. Salió corriendo desesperado hacia el auto, debía volver hasta el pueblo.

La lluvia se intensificó, salió levantando polvo del lugar, a toda prisa. La adrenalina le nublaba la vista, el limpiaparabrisas se agitaba en el vidrio, las manos le temblaban apretadas contra el volante. Iba gritando “dios mío, dios mío”, aterrado mientras miraba a cada instante su celular con ánimos de que vuelva la maldita señal. Luego de conducir varios kilómetros desaceleró un poco, recordando que venía una curva peligrosa y que no andaba en un vehículo apto para altas velocidades en tierra. Tomó la curva a unos treinta o cuarenta kilómetros por hora, entonces vio en la ruta los dibujos frenéticos de una frenada desesperada. Los siguió con la vista hasta una masa deforme de chapas humeantes. Era el Audi blanco que se había cruzado yendo hacia la minera. Había tomado la curva a toda velocidad, perdido el control del auto y luego de varios tumbos terminado estrellado contra una piedra gigante, quedando dado vuelta, con las ruedas hacia arriba. No podía creer que esto le estuviese pasando. Volvió a mirar el celular, sin señal. Sin detener la marcha del motor se bajó a a ayudar, por instinto. Nadie más había en la zona, el accidente acababa de pasar. A varios metros del auto pudo ver al conductor, recostado en la puerta, con la cara llena de cortes, empapada en sangre, que teñía todo su cuerpo. Se paró frente a él y pudo observar que aún respiraba dificultoso, se acercó lentamente a auxiliar al maltrecho hombre. Entonces el tipo le hizo señas con la mano que retiró de su costado izquierdo, como para que se detuviese, dejando al descubierto un agujero profundo, del cual corría sangre a borbotones. Rápidamente se dio cuenta de que tenía similares heridas esparcidas por tres lugares de su pecho…

– Déjeme ayudarlo – dijo

– ¿Cómo te llamas? – preguntó el hombre jadeando.

– ¿Qué? – respondió sorprendido.

– Que como te llamas flaco…

– Ramiro, venga que lo llevo hasta el pueblo.

– ¡Para, para!… ¿Ramiro cuánto?

– Ramiro Gimenez, déjeme ayudarlo.

– Ramiro escuchame bien… abrí el baúl del auto, hay un bolso negro, llevatelo.

– Ya lo busco, ahora déjeme que lo ayude, ¡esta muy lastimado!

– Flaco, ¿vos sos pelotudo? Hace lo que te digo, llevate ese bolso antes de que venga la cana… cuando llegues al pueblo mandame una ambulancia.

– ¿Qué tiene el bolso?

– Mirá… – dijo respirando cada vez peor – vos haceme ese favor. Llevate el bolso, yo te voy a ubicar y lo voy a buscar… te voy a pagar, por favor… llevátelo antes de que nos vea alguien más.

Fue hasta el baúl que estaba entreabierto por el golpe. Dentro estaba un bolso bastante grande, lo sacó a los tirones, era pesado. Lo puso en el piso y lo abrió. Dentro estaba repleto de billetes, billetes de dólar. Fajos y más fajos. También habían dos bolsas transparentes. No hizo falta que las abriese para darse cuenta de que no eran precisamente de cal. Corrió las bolsas para ver el fondo. Había un revolver negro. Guardó todo y volvió hasta el cuerpo.

– Yo no me voy a llevar eso…

– Ramiro – dijo el tipo mientras vomitaba sangre – no pasa nada. Es guita y merca. Escondelo entre tus cosas y andate tranquilo. Por favor… dejátelo unos días, yo te voy a ubicar y te voy a pagar bien. Si viene la cana y lo encuentra me van a encanutar… no puedo terminar preso, no otra vez. Por favor te lo pido… andate y pedime ayuda que me muero, carajo.

Cargó el bolso y salió escarbando, la lluvia había hecho barro, sus huellas de ida y vuelta marcaban todo el camino. Un estado de desesperación lo atacó mientras apretaba el acelerador.

Llegando al pueblo de Jachal las dudas lo acosaron. Si se presentaba en la policía o en el hospital lo iban a interrogar. Llevaba guita, falopa y un arma. Había sido prácticamente testigo de un tiroteo, ¿cómo iba a zafar de esa? Tomó su celular. Señal a pleno. Tenía que pensar. No podía cometer un solo error y quedar pegado en tremenda situación. Si paraba a avisar lo iban a reconocer. Si llamaba desde su celular podrían rastrear el número y fácilmente dar con él, ¿porque iba a hacer una llamada anónima? ¿y si blanqueaba todo? Eso iba a hacer. Detuvo el auto en una banquina. Abrió el bolso nuevamente. Agarró varios fajos de billetes, tomó todos los que pudo con sus manos, eran todos de billetes de cien dólares. Cada uno debía representar diez mil dólares. Tenía en sus manos no menos de cien mil dólares. Volvió a mirar dentro del bolso y aún quedaba muchos más de los que tenía en las manos. Contó con la mirada. Veinte, veinticinco, treinta fajos, perdió la cuenta. Debían haber unos quinientos mil dólares. Multiplicó por el cambio y su rostro de desfiguró. Ni trabajando triple turno todos los días de su vida iba a poder juntar la mitad de ese dinero. Pensó en sus tres hijos, en su esposa, en su hipoteca, sus miles de deudas, su trabajo esclavizante, el cansancio de su mujer. Pensó en cuantas veces había filosofado sobre cómo se le iba la vida de las manos. Cerró el bolso y condujo hasta el primer kiosco que encontró. Dentro compró un chip de la misma compañía que su teléfono. Volvió hasta su auto, realizó rápidamente el cambio e hizo una llamada a la policía de exactamente veintitrés segundos… “ha habido un tiroteo en Minedrill, hay tres muertos. En dirección a la empresa un Audi blanco ha sufrido un accidente, hay un tipo moribundo ahí, necesita una ambulancia” y cortó. Sacó el chip, lo partió, y varios kilómetros más adelante tiró sus partes por separado.

En vez de bajar hacia Mendoza, condujo nuevamente hacia el norte, hasta la intersección con la ruta nacional 76 en La Rioja. De ahí se volvió sorteando caminos alternativos para no atravesar nuevamente San Juan, con ánimos de pasar por San Luis e ingresar a Mendoza por el Este. Entrando a San Luis se detuvo en el medio de la nada, en su GPS marcó las coordenadas exactas y las apuntó en su celular. Sacó del bolso la droga y el revolver. Lo metió dentro de una mochila de él. Luego de mirar durante varios minutos hacia todos lados, sin divisar un alma, caminó a unos trescientos metros de la ruta, hacia una arboleda salvaje que pasaba desapercibida. Inmerso en la maraña de yuyos buscó un árbol de referencia y cavó una pequeña fosa a su lado, metiendo su mochila dentro y tapándola con piedras y tierra.

La ansiedad lo mantuvo alterado todo el viaje, el cuál pasó fugaz entre sus nervios, su adrenalina y las noticias de la radio. Su corazón palpitaba entre las palabras que rescataba de los diversos locutores… “tiroteo”, “ajuste de cuentas”, “masacre”, “empresa fantasma”, “líder narco fallecido”, “política”, “policía”, “gendarmería”, “Minedrill”, “Audi Blanco”, “quinto implicado desaparecido”, “llamada misteriosa”… “no rastreada”, “incertidumbre”.

Su jefe lo llamó desesperado. Ramiro le contó que estaba bien y que con sorpresa se estaba despachando de la noticia. Le dijo que el había estado reunido una hora antes del tiroteo. Ambos agradecieron la suerte de Ramiro. Apenas cortó una sonrisa se dibujó en su rostro… adjudicó su actuación al miedo de ser descubierto.

Llegó a su casa de madrugada, mientras cenaba con su esposa y veía las noticias sobre el tiroteo en San Juan. Algunos decían Minedrill lavaba guita de un cártel, no había pagado sus deudas y se habían ajustado algunas cuentas, otros que en el mismo Minedrill se cocinaba cocaína, otros que no se trataba de drogas sino de un simple atraco que había terminado trágicamente. Incluso algunos hablaron de un crimen pasional. Como todo en nuestro país la noticia al poco tiempo pasó de moda y se fue diluyendo en las pasillos y vericuetos del sistema judicial.

Ramiro le contó a su esposa con lujo de detalle lo ocurrido. Pero fue cuando le mostró el botín que logró convencerla de que lo mejor era no inmiscuirse. El mismo ascendía a novecientos setenta y tres mil dólares. Le habló sobre el futuro, sobre sus hijos, sobre el sacrificio que venían haciendo para tener una vida digna. Ella lo aceptó con dudas, pero lo aceptó al fin. Era demasiado dinero.

Con el pasar de los días fue pensando más claramente su plan. Repartió la guita en diez bancos distintos. Poco a poco fue saldando deudas, comprando tímidamente algunos bienes y despegándose de su actual trabajo. Con muy poco ingenio podría vivir el resto de su vida sin trabajar y dejarle un futuro a sus hijos.

Pasaron varios meses, el crimen quedó resuelto. Cuatro muertos. Ajuste de cuentas. Nadie habló de guita ni drogas, solamente del arma desaparecida, detalle menor.

Una mañana de verano, mientras Ramiro desayunaba con su esposa plácidamente en la galería de su casa, sonó su celular… “número privado”. Acostumbrado a que proveedores o los albañiles de su empresa constructora lo llamaran atendió relajado. Solamente escuchó “vengo por el bolso” y cortaron…