París

Llegó con decisión hasta el pie del Viejo roble y me miró con su cara redonda. Llevaba sus brazos como si cargara en ellas dos valijas. Me saludó y me dijo que tenía un secreto. Yo le hice un gesto con la cabeza, en manera de saludo, y le sonreí. Siempre me dieron ternura los chicos Down, los que llevan ese síndrome, aunque este no era chico tenía esa inocencia y esa alegría del niñez en su cara.

Me volvió a decir que tenía un secreto y miré para los costados para ver si estaba con alguien que lo cuidara, pero la gente que andaba por ahí estaba abstraída de él.
–¿Qué secreto tenés?
–No lo puedo decir –me dijo.
Y me reí.
–Me voy a París –me dijo sin que yo le preguntara.
–¿Ese es tu secreto?
–Sí.
–Que tengas suerte entonces.
–Gracias –dijo, y dando la vuelta comenzó a trepar el árbol.
–Pensé que París era más lejos –le dije mientras seguía atornillando las tablas del banco.
–París está del otro lado del mar. Estoy subiendo a la plataforma de vuelo. Soy un pájaro –me dijo–. Y vos ¿qué estás haciendo?
–Yo arreglo los bancos de las plazas, hoy me tocó arreglarlos acá, en Bruselas.
–Esto no es Bruselas –me dijo–. Es Almagro, es Buenos Aires.

Me sorprendió lo seguro con que confirmó el barrio, no estaba desorientado. Eso lo hizo más simpático. Lo volví a mirar tratando de agarrar una rama que estaba un poco más alto que su cabeza pero como cada vez que intentaba sujetarla doblaba sus rodillas, no llegaba.
–¿Te ayudo a subir?
–No, gracias –me dijo dejándose caer al piso y dándose vuelta–, sé hacerlo sólo.

Lo volví a ver intentándolo varias veces hasta que por fin se sujetó con las dos manos de la rama y quedó a veinte centímetros del suelo. Me admiró su perseverancia. Aproveché que estaba concentrado trepando a la supuesta plataforma de vuelo y continué con el banco. Antes de terminar oí su voz, más lejana, que me llamaba.
–¡Ey! ¡Tú!
Me reí con el “tú” probablemente robado a algún personaje de la televisión, y lo miré. Estaba en las ramas más altas del viejo roble, y me preocupé.
–¡Oíme, bajate de ahí!
Me miró contento, y me dijo con sus dos manos custodiando su boca: “¡Me voy a París!”
–¡Pará! ¡Escuchame, eso no es una plataforma de vuelo! ¡Es un árbol!
–¡Sí, un árbol de donde salen volando los pájaros que van a París!

No supe cómo de pronto me encontré envuelto en una historia tan intensa, el chico Down se estaba por tirar del árbol y no saldría sano de aquello, pero miraba para los costados y no encontraba a nadie que pareciera estar buscándolo.
–¡Bajate! Ehh… ¡Chico! ¡Bajate del árbol, chico!
Sonreía. Desde abajo se lo veía imponente, parecía parte de esa rama a pesar de que se movía con cuidado. Volví a bajar la mirada para ver si alguna persona lo estuviese buscando, y cuando subí nuevamente la mirada… estaba parado, en cuclillas, con sus brazos pegados al cuerpo lo mismo que una paloma, sobre una rama más delgada y más cercana a la copa del árbol. Su piel resplandecía con la luz del sol. Parecía estar más cerca del cielo.

Ya no me animé a gritarle. Cualquier distracción lo haría caer de allí como una bolsa de papas. Era tarde para cualquier solución, no podría bajar de ahí jamás, ni con ayuda. Ya era increíble que se mantuviese haciendo equilibrio sobre esa rama. Aunque mirándolo con más atención, no hacía equilibrio, sino que se mantenía en perfecta armonía sin ningún balanceo. Movía la cabeza mecánicamente para un lado y para otro como un pájaro que busca una semilla por alguna parte. Ya no me miraba. Ni se reía.

Nuevamente busqué abajo del árbol si alguno aparecería corriendo gritando un nombre, Eduardo, Rogelio, Martín, con los brazos abiertos, desesperado ante una tragedia irremediable, pero el batir de unas ramas, un escándalo de hojas sacudiéndose me hicieron buscar en el aire su cuerpo cayendo. Pero nada cayó.

Busqué en la copa del árbol y nada. No había nada. Ni nadie. Las ramas se movían un poco, pero nada que el viento no pudiese hacer. Volví a mirar el suelo. Volví a mirar las ramas. Buscaba un cuerpo, un cuerpo quieto, colgado. Mientras más tiempo me llevaba el encontrarlo más espeluznante me imaginaba que sería lo que encontraría. Me acerqué al roble y lo comencé a rodear desde abajo. Las ramas tupidas no me dejaban ver con claridad el interior de lo más alto, de la copa. Volví a buscar en el parque para ver si alguien estuviera mirando el cuerpo colgado, o si algún grupo de personas estuviese rodeando un posible cuerpo, pero nada.

Me alejé del roble mirando hacia su copa y decidí marcharme. Agarré mis herramientas mirando el árbol, aterrado a esta altura más por el miedo de haber imaginado aquello que por el probable accidente, y me fui caminando hacia el lado opuesto al árbol. Ahora ya no lo quería ver más. Tal vez era un buen momento para visitar a un psiquiatra.

Casi llegando a la calle, a casi cincuenta metros del viejo roble, el chico down bajaba de un eucaliptus. Bajaba con dificultad, tardaba mucho en apoyar un pie en una rama para animarse a bajar, pero ya estaba casi en el piso y mi sorpresa fue tal que le grité y lo fui a ayudar a bajar.

Me costó convencerlo de que suelte la última rama porque lo estaba sujetando con mis brazos, y una vez en el suelo le pregunté qué había hecho, qué había pasado.
–Apenas salí me di cuenta de que era mejor salir después de tomar el té. En Londres toman té, en París… en París no sé.

Giré y miré el viejo roble. Había cincuenta metros.
–¿Te acordás de dónde saliste?
–Sí, de la plataforma de vuelo.
–¿Dónde?
–De allá –me dijo señalando el roble.
–¿Cómo te llamás? –le pregunté; yo estaba tan desorientado como nervioso.
–Eduardo.
–Eduardo… –suspiré, no podía mantener ninguna conversación con él que no me confundiera más–, Eduardo, no vuelvas a subirte al árbol, te vas a matar.

Eduardo me miró y sonrió.
–Me voy a tomar el té. No voy a Londres, voy a París –dijo.

Volví a mirar el roble. Me sentía confundido. No sé si me preocupaba que Eduardo volase, o saber que era imposible hacerlo sin una bandada. Busqué en su copa pero no había nadie. No lo dejaría partir solo. Y volví mis pasos hacia aquella natural plataforma de vuelo.