Si algo ha cambiado, eso es nosotros

No son pocos los amigos y compañeros de melomanía generacional que comentan su incomodidad con las nuevas modalidades del rock argentino. Algunos porque las composiciones, desde lo estrictamente musical, son demasiado complacientes. Otros, la mayoría, porque ninguna letra producida en los últimos diez años resiste la menor comparación con la poesía de Spinetta (especialmente la versión Almendra, Pescado, etc.), Miguel Abuelo, Mirtha Defilpo o Emilio del Guercio (Almendra, Aquelarre).

De todos, el más recalcitrante soy yo. Reconozco escuchar litúrgicamente, cada mañana, una o dos canciones de Artaud o Pescado 2. O a Color Humano, Litto Nebbia Trío y Carola (creo que soy el único que la escucha en todo el planeta), que se han constituido en mis hábitos personales más perdurables.

Soy un troglodita del rock nacional. Pero los músicos jóvenes no tienen la culpa. Por eso intento buscar algunas razones, para que mis amigos y yo dejemos de abominar lo que sólo requiere algo de comprensión.

En primer lugar, si el rock ha cambiado, el país y nosotros también. Cuando nos juntábamos a escuchar discos –lo poco que conseguíamos, en una Mendoza muy lejana de las disquerías porteñas–, estábamos resistiendo, al mismo tiempo, el sentido común dominante. Si alguien revisa no sólo las letras de las canciones sino, también, las publicaciones o la literatura que rodeaba a la cofradía rockera, confirmará que este sentimiento de inconformidad estaba en todo lo que hacíamos.

Pero esto ha cambiado rotundamente. Hoy el rock de raíz setentista u ochentista es una enorme usina de dinero y propaganda –digo propaganda y no publicidad, porque se configura como discurso de penetración política– y la mayor parte de quienes oscilamos entre los 40 y 65 años, nos hemos vuelto mucho más conservadores. Y para colmo de males, nos volvimos conservadores para seguir siendo progresistas, que es la fórmula mágica que nos ofrece el kirchnerismo.

Dicho de otra forma, estamos dispuestos a sostener empresarios y funcionarios enriquecidos de manera colosal, en pocos años, a cambio de que el Estado destine parte sus recursos a sostener la ilusión de haber llevado nuestras consignas al poder. No es algo que no se entienda, después de tanto soportar posmodernismos, neoliberalismos y toda clase de tilinguismos. Pero convengamos que las referencias ideológicas son, al menos, insuficientes para haber renunciado a la crítica y entregarnos a un Gobierno que, solamente, dice de vez en cuando lo que queremos escuchar.

El rock y los rockeros, en pocas palabras, hemos dejado de conformar una contracultura (y esto se trasluce en la música y la poesía, claro está) y no queremos aceptarlo, porque sería lo mismo que resignarnos a dejar de ser la reserva crítica y cuestionadora de la sociedad. Mantenemos una artificiosa vigencia en el plano de la imagen o el discurso, sin riesgos ni cuestionamientos incómodos, a fin de tranquilizar la misma conciencia que antes buscábamos excitar.

Y existen hoy tantas cuestiones como antes sobre qué interrogarnos. Incluso en el rock, ya que, así como los empresarios y funcionarios, hay músicos que se han enriquecido rápidamente y en proporción inusitada, aunque de forma –espero– más honorable. La revista Forbes Argentina publicó hace un tiempo un listado de los diez músicos argentinos con mayor fortuna personal. Y el primero de ellos es el Indio Solari, cuyo patrimonio asciende a los 13 millones de dólares.

Otro caso contundente es el de Gustavo Santaolalla, quien lleva un cuarto de siglo radicado en Los Angeles; es ciudadano norteamericano y afirma sin tapujos que “los gobiernos son como empresas” o “mando a mis hijos a las mejores escuelas, que cuestan fortunas”. También Fito Páez, quien llegó a cobrar cien mil dólares, por un recital, de arcas oficiales. Todos ellos, no pierden oportunidad de manifestar su adhesión a la Presidente.

Pero no por eso quiero poner en duda la legitimidad de sus ingresos o relativizar la idoneidad profesional de ninguno de ellos, pero está claro que la nueva situación de algunos de los que intentaron encarnar nuestra rebelión generacional, ha cambiado sustancialmente. Son casos aislados, es cierto, pero representativos.

Por su parte, los pibes y músicos más jóvenes, están hoy en otra búsqueda. Su aullido de protesta, si existe, está fuera de nuestro umbral perceptual. Por eso nos suena mal. Y si nos generan algún rechazo, es porque aparecen ante nuestros ojos como la constatación de que tenemos fecha de vencimiento.

Pero aceptar con realismo y coraje cada tiempo histórico que nos toca vivir, hace mucha mayor justicia con nuestra formación rockera que apegarnos al patético simulacro de supervivencia del setentismo y ochentismo oficial (y oficialista) con que pretenden anestesiarnos.

Tanto en la música como en la política, es tiempo de recobrar la lucidez de otros tiempos. Esa es la fuerza que cultivamos en la época dorada y es lo que podemos convertir en fructífera herencia, rompiendo los cristales de una vitrina que nos convierte en venerables objetos de museo.